Setting the Virgin on Fire


Lázaro Cárdenas, Michoacán Peasants and the Redemption of the Mexican Revolution.

MARJORIE BECKER:  Berkeley: University of California Press, 1995.


El libro de Marjorie Becker es un nuevo intento de comprender a Cárdenas y clasificar la Revolución Mexicana. Se trata de un esfuerzo particularmente difícil, dada la polarización existente en la historiografía que trata estos temas. Su objetivo es intentar salvar las brechas y examinar el período de actividad de Cárdenas como gobernador de Michoacán (1928-1932) y como presidente de la República (1934-1940) desde el punto de vista de la población a la que estaba destinada su política social: campesinos mestizos e indígenas del noroeste michoacano. Para ello propone ópticas culturales y genéricas, la utilización del lenguaje lírico (metáforas, símbolos e imágenes) y un estilo dramático (creando suspenso en el relato, con contrastes agudos, un apogeo fantástico y un final sorpresivo). Asimismo, emplea una metodología de investigación de las culturas (investigación de las conductas manifiestas, los valores, las auto-percepciones y las cosmovisiones, los mensajes latentes y expresos).

La primera de las tres partes que componen el libro analiza las vías de intervención cardenista en las aldeas del noroeste michoacano. La segunda se ocupa del despertar de los campesinos al exponerse al carácter de la intervención y la tercera trata de la reacción de los campesinos ante las intervenciones desde fuera. Entretejidas en el relato, se revelan las mentiras ocultas de cardenismo: su carácter liberal-conservador aprendido de Plutarco Elías Calles, su deslumbramiento ante la fuerza, su soberbia y profundísimo odio hacia la religión, su intento de imponer a la sociedad michoacana una integración "desde arriba".

Los resultados de la investigación no son convincentes. En una etapa temprana, el libro de Becker se convierte en una acusación contra Cárdenas, el cardenismo y la historiografía "oficial" de la Revolución, que convirtió al líder en un mesías e hizo caso omiso de la función cumplida por las masas, por el hombre común y corriente, supuestamente carente de conciencia revolucionaria. Becker sostiene que Cárdenas era, a lo sumo, un falso mesías, y que los campesinos no sólo tenían una conciencia propia y cultural, sino que fueron ellos quienes, al fin de cuentas, salvaron a la Revolución.

Cárdenas se refleja en este libro como miope en todo lo que se refiere a la cultura campesina-indígena. En lugar de reclutar a los campesinos como asociados en el proceso de reforma, dando lugar a sus reivindicaciones, apela, en cambio, al más bajo de los denominadores comunes, llamado "transformación del campo". Su significado práctico era la conversión de la conciencia propia y tradicional de los campesinos por una criolla y secular. Para ello, Cárdenas movilizó un gran número de maestros, instructores agrícolas, caciques, estudiantes y funcionarios, que convirtieron el campo en un gran aula, perpetuando la condición agraria y la distancia del campesinado respecto de las arenas en que se adoptaban las decisiones políticas. Asimismo utilizaron la reforma agraria comunal (ejidal), opuesta a las tendencias individualistas de los campesinos, fomentaron un sistema educativo anticlerical e hicieron caso omiso del derecho de las mujeres a tomar parte en la acción social. Cárdenas se ufanaba de su democracia, pero en realidad no era otra cosa que un ejercicio democrático de imperialismo cultural, que adoptó la leyenda del campo "oscuro y monótono" o del "universo analfabeto", al que "le ha llegado su hora". Estos enfoques le impidieron a Cárdenas considerar los problemas agrarios desde una perspectiva correcta y acabó anulando la posibilidad de que el sector campesino pudiera movilizarse por sí mismo para solucionar sus propios problemas.

La miopía de los campesinos al comienzo de su vinculación con el cardenismo, que era muy popular (¿no se debía ello, acaso, a su sincera preocupación por los campesinos y su sensibilidad a la cuestión indígena?), se fue volatilizando como consecuencia de la mano dura aplicada por los caciques cardenistas y las profundas distorsiones en la política social. Los indígenas desarrollaron una conciencia propia que les sirvió como "último refugio contra la explotación y la incomprensión", adhiriéndose al movimiento nacional sinárquico y amenazando así la Pax Cardenista, aquel modelo de reforma social y construcción del país posrevolucionario. Cárdenas, que observaba aterrado cómo se desintegraba su proyecto, reaccionó con un nuevo intento de acercarse a los campesinos indígenas, esta vez en forma más adecuada y delicada, enfoque que se derivaba de su creciente reconocimiento de sus bases subjetivas. Por entonces comprendió también que la redención de la Revolución sería imposible y que no debía ocurrir en un entorno anticlerical y monocultural.

Becker no concede a Cárdenas ningún punto de gracia. La cristalización de la conciencia campesina indígena no se desprendía de la aspiración cardenista de promover una conciencia de este tipo con diversas acciones como la reforma agraria, el fomento del cooperativismo, la reforma educativa, la planificación económica, la creación de un mercado interno y el trazado de caminos y carreteras a zonas que estaban desconectadas. Ni siquiera computa a su favor el esfuerzo concentrado en la cuestión indígena, mediante reformas específicas (restitución de los bosques a los tarascos, julio de 1931), la creación del Departamento de Asuntos Indígenas - DAI (1936), el proyecto tarasco de 1939 de educación bilingüe y la organización de congresos especiales en dicho marco. Destaca en particular el Primer Congreso Indigenista Interamericano (Pátzcuaro, 1940), de gran importancia al poner la cuestión indígena sobre el tapete continental y desarrollar enfoques integrativos avanzados que no se basaban en una desindigenación y en una aculturación de los indígenas. Becker reduce, injustamente, el valor de todas estas acciones. Cárdenas, afirma, aprendió a relacionarse a los indígenas no por su propia voluntad, sino después de que éstos lo forzaron tras haber aprendido los códigos del nuevo discurso retórico, mezclado con un falso idealismo revolucionario, silogismos legalistas y fraseología igualitaria destinada a conquistar su corazón.

Becker no ha diferenciado con minuciosidad entre sus posturas personales y los resultados de su investigación. La impresión que genera es que las conclusiones dictaron el rumbo de la pesquisa, y no en forma inversa. El método cultural no ayudó sino a reducir aún más la investigación objetiva: ni las líneas políticas cardenistas, ni la legislación ni los debates del Congreso local fueron revisados; no se presentaron datos cuantitativos y comparativos de la acción del gobierno; tampoco se esbozaron tipologías necesarias en diversas áreas, como, por ejemplo, el grupo cardenista que sirve como referencia principal de la autora en su libro y que ha quedado amorfa y estereotipada.

No se discute que en la historia documental haya muchos problemas, como sostiene Becker con justicia, pero mucho más problemática es la historia oral, que intenta desenterrar recuerdos personales difusos de hechos acaecidos hace 50 o 60 años, tales como el caso del embarazoso baile de mujeres sobre el altar de la iglesia de Ario Santa Mónica o la quema de iconos y la imagen de La Purísima en el lugar.

A pesar de sus limitaciones, el libro consigue echar luz sobre algunas de las cuestiones más difíciles de la Revolución: las dificultades del régimen para enfrentarse a la profunda pobreza del campo y a la fuerte estructura latifundista; las posturas anti-clericales del gobierno en los años veinte y treinta, el intento del régimen revolucionario de modelar una nueva conciencia colectiva, haciendo caso omiso o incluso negando la existente; la búsqueda estéril de una ideología revolucionaria mexicana, que no fuera socialista ni liberal en el sentido clásico; la brecha entre la retóricade justicia social y la dura realidad en el sector agrario; la brecha entre la estructura democrática formal y una realidad insuficientemente democrática; el haber restado importancia a las culturas indígenas, particularmente aquellas que se encontraban en las zonas marginales de la República, entre otras. De hecho, Becker señala las graves fallas en el camino que transitó México revolucionario hacia un régimen de justicia social.

Pese a cierta imparcialidad del libro, el intento mismo de desafiar ciertas indulgentes de la historiografía antigua, que dominó la escena hasta la década del setenta, es un hecho positivo. Su crítica convierte la polémica historiográfica sobre la figura de Cárdenas y la índole de la Revolución en más compleja y, por consiguiente, más interesante y actual.

 

Eitan Ginzberg Universidad de Tel Aviv

 





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