Ancestros, ciudadanos, piezas de museo

Francisco P. Moreno y la articulación del indígena en la construcción nacional argentina (siglo XIX)
MÓNICA QUIJADAConsejo Superior de Investigaciones Científicas - Madrid



Este artículo pretende estudiar la interacción entre los modelos antropológicos desarrollados en Europa en el siglo XIX y ciertas dinámicas de relación interétnica que se produjeron en la Argentina en la segunda mitad de dicha centuria. Me refiero, en concreto, a la articulación física y simbólica del indígena patagónico en los procesos de construcción nacional de ese país. [1]

Para abordar esta temática, es necesario tener en cuenta algunos rasgos que caracterizaron los procesos de construcción nacional, tanto en Argentina como en el conjunto de Hispanoamérica. En primer lugar, es importante señalar que desde un punto de vista conceptual o --si se quiere-- cultural, las sociedades hispanohablantes desarrolladas a partir de la conquista se inscribían plenamente en el mundo occidental, y sus élites percibían a los modelos generados en Europa como parte de su propio acervo cultural. Sin embargo, también es verdad que las estructuras básicas de sus sociedades eran fundacionalmente distintas de las del Viejo Continente, e imponían condicionamientos específicos a la adopción, traducción y adaptación de los modelos europeos.

Una diferencia que interesa particularmente destacar es la característica multietnicidad de la composición demográfica hispanoamericana. Cierto es que en Europa la organización social del Antiguo Régimen se había basado en la convivencia de distintos grupos étnicos unidos en la lealtad a una familia dinástica. Pero en esta parte del mundo la diversidad étnica estaba lejos de medirse, como en América, en términos del color de la piel y de universos simbólicos cerrados y muchas veces mutuamente impenetrables. Esta característica de las poblaciones americanas asumió una importancia fundamental con posterioridad a la independencia, en el marco de los respectivos procesos de construcción de los estados hispanoamericanos que --como fue la norma en el ámbito occidental-- asumieron el paradigma de que las fronteras de los estados debían coincidir con las de las naciones; en otras palabras, que un estado-nación debía ser étnicamente homogéneo.

Junto a este condicionamiento básico que es la multietnicidad, otra característica de especial importancia para comprender las dinámicas de la construcción nacional hispanoamericana es la frecuencia con la que, en un mismo individuo, coincidieron prácticas científicas, o de ensayo teórico, con el ejercicio de responsabilidades políticas y administrativas. Basta recordar casos destacados como los de Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento o Justo Sierra. Esta característica de los nation-buildershispanoamericanos contribuyó a la fluidez con que modelos ideológicos y científicos europeos fueron apropiados, reelaborados y aplicados a las dinámicas sociopolíticas locales. De esa manera, los modelos importados convivieron con modelos heredados, contrastándose o fusionándose con ellos en el marco de un mismo y único proceso.

Entre los desarrollos europeos que interactuaron con modelos locales en los procesos hispanoamericanos de construcción nacional, en la segunda mitad del XIX, figura una de las disciplinas que --junto con la lingüística-- aspiró a la categoría de "ciencia natural": la antropología. Su relevancia deriva, precisamente, de la circunstancia específica antes señalada: la compleja estructura multiétnica de esas sociedades. Sin embargo, mientras que la apropiación y traducción de otros modelos, como los vinculados a la organización política, han sido objeto de atención permanente en los estudios americanistas dedicados al siglo XIX, no sucede lo mismo con el pensamiento antropológico.

Este trabajo pretende contribuir a ese campo aún mal conocido con un estudio de caso. Para ello, me centraré en un personaje muy significativo, claro exponente de esa concurrencia de trabajo científico y responsabilidad política antes aludida. Se trata de Francisco P. Moreno (1852-1919), geógrafo, geólogo, paleontólogo y antropólogo, especialmente conocido por ser el fundador y director del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, el gran explorador y estudioso de la región patagónica, y el protagonista principal del complejo y controvertido peritaje que fijó la frontera entre Argentina y Chile, consolidando definitivamente la incoporación del vasto espacio patagónico a la soberanía del primer país mencionado. Bastante menos conocida es, sin embargo, su actuación como antropólogo, que combinó el estudio del indígena prehistórico con el del indígena contemporáneo, y su articulación en el proceso argentino de construcción nacional. En este contexto se desarrolla la problemática a la que alude el título de este trabajo, es decir, la aplicación simultánea a unos mismos individuos de las categorías de ancestros, ciudadanos y piezas de museo.

Para entender esa compleja problemática es preciso empezar por una breve contextualización. En un trabajo anterior [2]propuse que en los procesos de construcción nacional hispanoamericanos, durante el siglo XIX, las dinámicas de inclusión/exclusión de la diversidad étnica habían sido abordadas a partir de tres conceptualizaciones diferentes, de aparición sucesiva en el tiempo pero no mutuamente excluyentes. Me referiré sólo a las dos primeras fases, ya que la tercera queda fuera de los límites de este estudio.

La primera de esas fases, que he denominado "nación cívica", correspondería al período de hegemonía del pensamiento liberal, durante la primera mitad del siglo. Se fundamenta en la idea de que la acción educadora de las instituciones liberales y republicanas llevaría por sí misma a la desaparición gradual de la heterogeneidad de la población, sobre el modelo utilitarista del ciudadano industrioso vinculado al conjunto de la ciudadanía a partir de la fidelidad al Estado Civil. La segunda conceptualización, que he denominado "nación civilizada", corresponde al momento en que se perdió la fe absoluta en la fuerza educadora de las instituciones, y en que tomó primacía la idea de que "civilizar" implicaba eliminar, sea por extinción física, sea por asimilación forzada, todos los elementos que opusieran obstáculos al proceso civilizatorio. Esta segunda fase coincide con el momento de mayor influencia de las ideas raciales y antropológicas elaboradas en Europa. Corresponde, aproximadamente, a la segunda mitad del siglo XIX y, tanto temporal como conceptualmente, en ella se integran los procesos a los que voy a referirme.

Ancestros

Entre los años de 1878 y 1885 se llevó a cabo en la Argentina la fase decisiva de la llamada Conquista del Desierto, acción militar y política que implicó la reducción de las poblaciones indígenas de la región pampeana y patagónica, el fin de su forma tradicional de vida y la afirmación de la soberanía argentina sobre ese vasto espacio, frente a similares aspiraciones por parte de Chile. El término de "conquista" aplicado a esa operación no es ni casual, ni irrelevante. Si la primera conquista, la realizada por la corona de España, había incorporado los territorios del extremo sur de América al ámbito geopolítico de Occidente, esta segunda conquista venía a cerrar simbólicamente el círculo iniciado por aquella acción. Es decir, por su intermedio la porción más extrema del subcontinente, apenas transitada aún por elementos de origen europeo, había de quedar culturalmente integrada en el ámbito de la "civilización" occidental. Y utilizo aquí el término "civilización" con toda la carga culturalmente jerárquica que este concepto asumía en el siglo XIX.

 

Esas tribus indias contra las cuales se organizó la Conquista del Desierto eran asociadas, en la época, al concepto de "naciones bárbaras" o --en la terminología hispánica del período colonial-- de "pueblos gentiles o idólatras", nítidamente diferenciados de las poblaciones indígenas nucleares evangelizadas y sujetas al gobierno común de la corona de Castilla primero y de las nuevas unidades republicanas después. Dicho de otra manera, desde la perspectiva de la sociedad mayori, una visión monolítica (que no ha sido cuestionada hasta fechas relativamente recientes), [3] asociaba a los pobladores autóctonos de la Patagonia con los conceptos interrelacionados de "salvajes" o "razas inferiores". Es decir, con una conceptualización que fue fundamental para el desarrollo del pensamiento antropológico europeo en el siglo XIX.

El interés en Europa por el estudio sistemático de estos grupos humanos, clasificados como "salvajes" o "razas inferiores", fue resumido por uno de los más grandes antropólogos de la época, el inglés John Lubbock, en su influyente libro sobre Los orígenes de la civilización, publicado en Londres en 1870. Ese interés, según Lubbock, era doble. Por un lado, las exigencias propias de la política imperial hacían necesario conocer "la historia, las necesidades, los hábitos" de las "razas sometidas", así como "sus debilidades y prejuicios", para el mejor gobierno de los territorios ultramarinos. Por otro lado, esos conocimientos debían servir para dilucidar una de las cuestiones más fascinantes que ocupaba las mentes científicas de la época: la reconstrucción, por analogía, de las condiciones sociales de la humanidad en los primeros estadios de su evolución, y el interrogante último del origen del hombre. [4]

En esta segunda motivación definida por Lubbock se inscribe la primera serie de contribuciones de Francisco Moreno a la que voy a referirme. Se trata de un conjunto de trabajos publicados entre 1874 y 1880, principalmente en la Revue d’Anthropologiey el Bulletin de la Société d’Anthropologie, ambos de París, y en los Anales de la Sociedad Científica Argentina. En ellos Francisco Moreno presentaba los resultados de sus primeras exploraciones patagónicas, atrayendo la atención de la ciencia europea.

Aparte de testimonios prehistóricos de tipo cultural --entre los que destacaba un estudio sobre antiguos cementerios y zonas habitacionales indígenas-- [5] fueron los restos fósiles humanos, particularmente cráneos pertenecientes a grupos indígenas extintos, los que despertaron mayor interés entre científicos como los grandes maestros franceses Paul Broca y Armand de Quatrefages, o el padre de la antropología física alemana, Rudolf Virchow. Las razones eran múltiples. Primero, porque la forma y capacidad de los cráneos más antiguos era muy distinta a la de los indígenas contemporáneos, lo que tenía una doble implicación. En primer lugar, ponía definitivamente en cuestión la unidad del tipo humano americano --sostenida principalmente por la escuela estadounidense de George Samuel Morton-- y sustentaba la multiplicidad de las razas en América. Tesis propuesta por el propio Moreno, que recibió el apoyo entusiasta de los antropólogos antes citados. [6]

En segundo lugar, porque varios de los cráneos de la colección de Moreno mostraban analogías y semejanzas con los antiquísimos fósiles de Neanderthal y Cromagnon. Como éstos, esos cráneos de grupos extintos presentaban una acentuada dolicocefalia, mientras que los patagones actuales eran braquicéfalos. Y es relevante recordar aquí que, precisamente en 1873, Paul Broca había rechazado los argumentos del sabio sueco Retzius sobre la dolicocefalia progresiva de las poblaciones --es decir, a mayor dolicocefalia mayor cercanía en el tiempo-- demostrando que, por el contrario, los más antiguos cráneos conocidos eran dolicocéfalos, como los de Neanderthal y Cromagnon. [7] De tal forma, los descubrimientos de Moreno venían a reforzar la tesis del sabio francés. Pero además, y en tercer lugar, la colección del argentino aportaba pruebas sobre la existencia en suelo americano de fósiles humanos que podían ser tan antiguos como los más primitivos encontrados hasta entonces en Europa. Pierre Topinard, principal discípulo y heredero intelectual de Broca, afirmó en una carta dirigida a Moreno y fechada en 1877: "No veo asomar en el campo de la Antropología nada más interesante que este gran descubrimiento". [8]

Para entender la importancia científica que tuvo el hallazgo del patagón antiguo y el entusiasmo que suscitó, conviene recordar que el hombre de Neanderthal, encontrado en 1857, no fue reconocido como un tipo humano hasta finales de la década de 1860; que el descubrimiento del hombre fósil de Cromagnon se remontaba apenas a 1868 y que para el hallazgo de los restos aún más antiguos del que sería denominado Pithecanthropus erectus, hubo que esperar hasta 1890. Es pertinente recordar también que a ese mismo período corresponde la aparición de algunas de las obras que fueron seminales para el estudio del origen del hombre y de las culturas primitivas, como La evidencia geológica de la antigüedad del hombre, de Charles Lyell, publicada por primera vez en 1863; el texto ya citado de John Lubbock, de 1870; o los de Darwin (El origen del hombre y la selección con relación al sexo) y Edward Tylor (Culturas primitivas), ambos de 1871.

Con respecto a la predisposición generalizada que existía hacia las aportaciones de Moreno, conviene también tener en cuenta que desde la cuarta década del siglo XIX --en particular, desde el viaje de Charles Darwin en el navío Beagle (1831-1836)-- el extremo austral del continente americano venía asumiendo un interés creciente para el mundo científico occidental. Era precisamente en las regiones extremas e inexploradas del globo donde la ciencia esperaba hallar respuestas a los grandes interrogantes que planteaba el seguimiento de las sucesivas eras geológicas, así como la incógnita del origen de la vida orgánica; y la Patagonia era en este sentido un reservorio ideal para el estudio científico. El propio Darwin había destacado la riqueza en restos fósiles de las tierras pampeanas y patagónicas y su relevancia para desvelar los misterios "del origen y la extinción de los seres vivos"; y era también Darwin quien había identificado a los habitantes de la Tierra del Fuego --junto con los indígenas australianos-- como "fósiles vivientes", representantes de los más primitivos estadios de la evolución humana. [9]

Tal era el marco de descubrimientos vertiginosos y controvertidas teorías en el que Moreno presentó su colección de cráneos y las conclusiones iniciales de sus análisis antropométricos. Ahora bien, para el sabio argentino la consecuencia última de sus hallazgos apuntaba en una dirección que, sutilmente, dejó que anticiparan los propios antropólogos franceses. En una sesión de la Société d’Anthropologie de París, Pierre Topinard señaló la sorprendente frecuencia con la que el tipo Neanderthal aparecía en la colección sudamericana de Moreno. "Los autores de Crania Ethnica, [10] comentó Topinard, han tenido gran trabajo en reunir algunos casos en Europa; helo ahí frecuente en Patagonia. Es como para preguntarse si el Neanderthal no sería accidental en Europa, en el tiempo cuaternario, y si su patria real no sería la América del sur austral". [11] Paul Broca, basado en el álbum de Moreno, había comentado ya un año antes la posibilidad de que "la luz sobre los orígenes" no hubiera de encontrarse en el viejo mundo, sino en el nuevo. [12]

A partir de la teoría evolucionista, en su versión darwinista, que se había afianzado precisamente en esta década de los años setenta del siglo XIX, [13] las características y abundancia de los antiguos restos fósiles patagónicos cuidadosamente aportados por Moreno hacían posible pensar --como se ve-- en un origen americano de la humanidad. Faltaba, sin embargo, construir una propuesta explícita y científicamente válida, esfuerzo al que se abocó Francisco Moreno entre 1880 y 1882. [14]

La clave fundamental le fue proporcionada por dos cráneos prehistóricos que había encontrado en la región patagónica del Río Negro. Su análisis antropométrico --que presentó personalmente en París, aplicando el estilo más depurado de la escuela de Broca-- demostraba que pertenecían a un tipo humano no sólo parecido al Neanderthal, sino también al hombre fósil de Lagoa Santa, Brasil (cuyos restos habían sido hallados por el holandés Lund entre 1835 y 1844) y, particularmente, a los aborígenes australianos contemporáneos. [15]

Mientras que la identificación con el hombre de LaSanta permitía demostrar la extensión geográfica del tipo "patagón antiguo" en Sudamérica, la referente a los aborígenes australianos hacía posible aprovechar la potente base empírica aportada por zoólogos y botánicos, que desde mediados del siglo venían demostrando estrechas relaciones entre la fauna y la flora de Sudamérica y las de Australia y Nueva Zelanda. Más aún, permitía además recurrir a la teoría utilizada por estos científicos.

Un amigo personal de Darwin, el paleobotánico Joseph Dalton Hooker, para explicar esas analogías había propuesto en 1860 la tesis de que en eras geológicas remotas había existido un gran continente meridional, al que llamó Antártico, que tuvo que abarcar en una superficie continua el territorio circumpolar, las islas subantárticas, la Patagonia, Australia y Nueva Zelanda.[16] . Moreno, con sus propios estudios sobre la geología de los territorios pampeanos y patagónicos --que sugerían que la plataforma continental, hoy bajo el océano, había formado parte en otras eras geológicas de una vasta superficie no cubierta por las aguas-- reforzó y mejoró la tesis de Hooker, agregando África al gran continente antártico y planteándolo como la única gran superficie terrestre emergida. [17]

El potencial explicativo de esta teoría --en sí misma una de las primeras formulaciones de la aún vigente sobre la deriva continental-- [18] cobra toda su dimensión al asociarla a la teoría paleoclimática vigente en la época, derivada del viejo presupuesto del enfriamiento progresivo de la tierra. Según esto, en eras geológicas remotas las áreas templadas se ubicaban en los polos, mientras que en la zona tropical reinaba un calor tan excesivo que hacía imposible la vida orgánica. Moreno pudo afirmar entonces, con el apoyo de las ideas científicas más avanzadas de la época, que la vida orgánica sólo podía haber surgido en la zonas circumpolares, y precisamente en la parte meridional del gran continente antártico, o sea en lo que hoy es la Patagonia. Debido al paulatino enfriamiento, que fue cambiando las condiciones de habitabilidad, desde esa zona habrían partido las migraciones botánicas, zoológicas y humanas que habrían poblado hacia el norte las tierras sudamericanas, y hacia el oeste las australianas y neozelandesas. Moreno enriquecía así las teorías zoológicas y botánicas con la paleoantropología, dotando al hombre de una antigüedad que se remontaba al Terciario y que ponía al patagón antiguo en el origen de la humanidad.

Las limitaciones de espacio no permiten extenderse más sobre las propuestas y teorías de Moreno en este campo. No obstante, interesa señalar que al menos dos de sus descubrimientos han mantenido validez: la afirmación de la multiplicidad de tipos étnicos prehistóricos en América y la vinculación en épocas remotas del tipo del patagón antiguo, el de Lagoa Santa y el Australiano actual. Aunque la escuela de Ales Hrdlicka rechazó ambas nociones, [19] fueron recuperadas en los años veinte de este siglo por Paul Rivet, quien las enmarcó en sus teorías sobre el poblamiento múltiple del continente americano, invirtiendo el sentido de los desplazamientos de población, [20] , desvinculándolas, claro está, del problema del origen de la humanidad y aportando nuevos estudios etnográficos y lingüísticos que apoyaron las tesis básicas de Moreno. [21]

De tal forma, si el sabio argentino no pudo cumplir su aspiración de que las tierras australes de su patria fuesen la clave última del origen del hombre sobre la tierra, sí logró, al menos, demostrar su relevancia para el estudio del poblamiento prehistórico de América, e incorporarlas en teorías generales de prolongada vigencia dentro del campo de la paleoantropología occidental. Con el hallazgo del patagón antiguo, Moreno hizo posible remontar el estudio de la América prehispánica hasta sus orígenes más remotos, descubriendo que existía lo que él llama "la historia de nuestros abuelos fósiles" y reconstruyéndola con la ayuda de la geología y la paleontología. Con ello buscaba demostrar, por un lado, la falsedad de las teorías que sostenían que las altas culturas americanas habían llegado al continente ya configuradas en lo esencial; [22] por otro, la inexistencia de diferencias cualitativas entre el hombre americano y el del viejo mundo en las primeras etapas de la evolución.

Ambas afirmaciones, impecables desde las tesis darwinistas de la evolución gradual y de la unidad básica de la mente humana,[23] , en la perspectiva de Moreno tenían además un objetivo general de proyección más amplia. Como afirmó en una conferencia dictada en 1878 ante la Sociedad Científica Argentina:

Ahora que todo pueblo que se interesa en inquirir el orijen de su prosperidad y de su raza, trata de seguir de etapa en etapa el desenvolvimiento de los hombres que han habitado el terreno que hoy ocupa como nación (...), sólo deseo demostrar el interés que para los argentinos tiene el pasado mas remoto de nuestros precursores en este suelo, como base de nuestra historia. [24]

Es decir, en Moreno, el estudio científico del hombre original sudamericano formaba parte de la construcción historiográfica nacional, y estaba imbuido de la noción teleológica de que la historia nacional constituye un continuum que une el origen con el presente, en un movimiento ascendente que va desarrollando los gérmenes iniciales portadores de la prosperidad futura. A partir del descubrimiento del patagón antiguo, un territorio desprovisto de altas culturas precolombinas como era el argentino, que incluso había tenido que tomar prestada la herencia incaica para realzar sus orígenes, [25] podía ahora reconstituir científicamente su pasado más remoto llevándolo hasta el balbuceo primero del hombre sobre la tierra. Más aún, podía ofrecerlo incluso a las restantes repúblicas sudamericanas como punto de partida de sus historias respectivas. Pues, si la grandeza de la cultura prehispánica sudamericana tenía su epicentro en el Perú, su causa primera había de buscarse más al sur, en el territorio argentino. [26] He aquí cómo la construcción simbólica de la afirmación nacional se apoyaba en la aplicación de modernas teorías y metodologías científicas, y cómo éstas --a su vez-- eran fuente de proyecciones extracientíficas.

Y es aquí precisamente donde encontramos una primera ruptura significativa entre la perspectiva del antropólogo inglés John Lubbock, a la que me he referido antes, y la de Moreno. Para Lubbock existía una enajenación básica entre el salvaje actual y el ancestro prehistórico de los europeos; la vinculación entre ambos se establecía únicamente por analogía y el interés de estudiar al primitivo moderno era sólo instrumental para la reconstrucción de los primeros estadios evolutivos de la humanidad. Pero desde la perspectiva del sabio argentino, los indígenas actuales y los argentinos modernos compartían unos mismosancestros, "nuestros ancestros", "nuestros abuelos fósiles", como dice reiteradamente. Para él, una suerte de línea evolutiva comenzaba en el patagón antiguo y sus "admirables" restos líticos, pasaba por las "epopeyas gloriosas" de las tribus pre y postcolombinas y llegaba hasta los argentinos modernos, con sus novísimos "adelantos". Esa línea evolutiva única constituía lo que él llama "la historia física y moral de los argentinos", antes y después del descubrimiento de América. [27] . El patagón antiguo quedaba así simbólicamente apropiado como el primer y más remoto eslabón de la cadena.

Ciudadanos

La incorporación simbólica de aquellos restos fósiles humanos a la historia nacional con carácter de "ancestros" nos lleva directamente a un segundo tipo de actividades y contribuciones de Moreno. Esta vez se refieren a aquella parte de los planteamientos de Lubbock que definían el estudio de los grupos humanos "no civilizados" como un medio necesario para el diseño de las políticas imperiales. Tal objetivo político era perfectamente aplicable a la Argentina de la época, con sólo cambiar el adjetivo "imperial" por el de "nacional". A ello corresponde el nombramiento en 1879 de Moreno como Jefe de la Comisión Exploradora, que el gobierno organizó con el fin de estudiar el territorioy las tribus indígenas de la Patagonia, para aplicar esa información a la ocupación efectiva de la zona. [28]

 

Pero, una vez más, había diferencias importantes. Desde la perspectiva de la política imperial británica, esos hombres "salvajes" o "primitivos" no sólo eran geográficamente lejanos, sino socialmente ajenos. Las sociedades europeas tenían con ellos una relación distante, casi literaria, caracterizada por el mecanismo de atracción-repulsión asociado a la moda por "lo exótico", típica de la segunda mitad del XIX. [29] . Pero, en la Argentina, esos grupos poblacionales a los que la sociedad mayoritaria consideraba "bárbaros" o "salvajes" no sólo habitaban el mismo territorio, sino que tenían un contacto fluido y permanente con la población de origen europeo.

Hacia el interior de la sociedad, ese contacto se expresaba por el habitual comercio pacífico o por la acción violenta traducida en invasiones periódicas y traumáticas a las poblaciones "cristianas": los llamados "malones". Pero también tenía una expresión importante en la política externa, ya que los grupos indígenas negociaban alianzas de conveniencia con los distintos gobiernos --el nacional o los vecinos-- que se ratificaban oficialmente con la concesión de cargos del ejército a los caciques y capitanejos.[30] De hecho, a lo largo del siglo XIX muchos grupos indígenas participaron activamente en los avatares políticos de la sociedad blanca, alquilando sus lanzas en las guerras de la independencia primero y en los numerosos conflictos civiles después.

Más aún, en la rivalidad entre Argentina y Chile por la posesión de la Patagonia, los indígenas cumplían un papel importante. Primero, el tráfico a través de la cordillera del ganado robado en las estancias argentinas, que debilitaba la economía local, era fomentado y aprovechado por el gobierno chileno. Segundo, la acción de las tribus hostiles dificultaba la ocupación de ese territorio, lo que impedía aplicar el principio del utis posedetis para afirmar la soberanía argentina sobre ellos. Y tercero, el continuo desplazamiento de indios mapuches chilenos hacia la Patagonia y la progresiva araucanización de los indígenas locales alimentaban las reivindicaciones chilenas sobre la región. [31]

Es decir, para la Argentina de la época, el indígena podía ser un "salvaje" pero jamás un representante de "lo exótico", porque -- enemigo o aliado-- era un vecino de la propia sociedad.

Esta proximidad es lo que explica la dimensión multifacética de las actividades y contribuciones de Francisco Moreno con respecto a los indígenas contemporáneos. Por un lado --como etnógrafo-- reunía datos sobre sus costumbres, ritos y lenguas, y --como antropólogo físico-- contribuía al conocimiento de las razas humanas con estudios antropométricos. Para esto último no sólo aprovechaba sus estancias en las tolderías para realizar mediciones sobre indígenas vivos. También --con el más puro espíritu científico-- entraba sigilosamente en las zonas de enterramiento para llevarse los restos aún calientes y analizarlos luego sin pestañear; aunque esos cadáveres fueran de hombres con los que él mismo había mantenido relaciones personales de extrema cordialidad y aprecio mutuo. [32]

Pero Moreno era también un nation-builder, preocupado por definir las fronteras de la inclusión en ese proyecto incabado que era la propia nación. En cuanto tal, su actividad partía de un presupuesto que diferenciaba claramente entre los indios que eran y debían ser argentinos por derecho de nacimiento y aquellos otros advenedizos de allende la cordillera. A los primeros los iniciaba en el orgullo de la tradición incaica, les instaba a defender su identidad de argentinos y defendía él mismo, frente al gobierno central, sus títulos a la posesión de tierras en tanto ciudadanos por derecho de nacimiento; [33] a los segundos los acusaba de ladrones de ganado que hacían tratos con el gobierno chileno y de vender a las otras tribus el alcohol que tanto contribuía a su decadencia. [34]

Para aquellos indios que podían y debían ser incluidos en la nacionalidad, Moreno, actuando como delegado del gobierno --y esta es la tercera dimensión de su actividad-- proponía medidas destinadas a perpetuar su presencia física en la Patagonia, asignándoles un papel protagónico en la construcción del futuro. El medio para ello era el establecimiento de colonias protegidas y fomentadas por el gobierno central, donde los indígenas sedentarizados, convertidos en productores agrícolas y ganaderos, convivirían con inmigrantes europeos. Estos, a su vez, contribuirían por el contacto y el ejemplo a la modificación gradual, no traumática, de las costumbres de una población "primitiva" pero potencialmente "civilizable". Como afirmó después de un viaje a la región del Chubut:

debe extenderse la población futura mezclándose con los indígenas (...), y la toldería de hoy podrá ser con la ayuda de los caciques Inacayal y Foyel (...) un centro de civilización de gran porvenir. [35]

Arte y parte en los debates políticos de su tiempo, Moreno no escribió sólo para los lectores de publicaciones científicas, fueran nacionales o extranjeras. Bien al contrario, una porción importante de su obra se editó primero en los periódicos y se dirigió a una opinión pública particularmente sensibilizada hacia el tema de la Patagonia y sus habitantes, en el contexto de la amplia cobertura periodística que recibió la Campaña del Desierto. Durante esos años, los diarios publicaron notas de los corresponsales que acompañaban a las tropas, artículos de carácter científico sobre la Patagonia --como los del propio Francisco Moreno-- y polémicas en las que intervenían tanto políticos como personas de a pie. Y uno de los temas centrales de esas polémicas fue la cuestión de "qué hacer con el indio". [36]

Aunque algunos de los polemistas no desestimaban la extinción física del indígena si era imprescindible para el "progreso y la civilización", la opinión mayoritaria prefería otra solución: integrar al indio mediante su adaptación a las usos "civilizados". Tal objetivo implicaba convertirlo en trabajador productivo, escolarizar a sus hijos, anular su organización tribal y borrar sus costumbres e incluso su lengua. Pero el consenso general sobre este tema se rompía en lo referente a los medios --más o menos graduales, más o menos traumáticos-- que había que aplicar para lograr esa asimilación.

Algunos, como el propio general Roca, líder militar de la campaña del desierto, abogaban por su dispersión en las distintas regiones de la república. Otros --como Estanislao Zeballos, uno de los ideólogos de la ocupación de la Patagonia-- pedían que se les "quitase el caballo" y se les obligara "a punta de remington" a cultivar la tierra, agregando a ello la acción del misionero según el axioma de que "cristianizar es civilizar". [37] Y estaban los que, como Francisco Moreno o el militar Álvaro Barros --que fue otro de los ideólogos de la Campaña del Desierto--, abogaban por la concesión de tierras y la interacción en ellas del indio y el colono europeo. Sobre el modelo de integración del indígena como ciudadano es particularmente ilustrativa la siguiente cita de Álvaro Barros quien, al tiempo que favorecía la "guerra ofensiva" contra el indio nómada como un medio imprescindible para la ocupación efectiva de la Patagonia, condenaba "el sistema bárbaro de exterminar a la raza indígena" y agregaba:

... pensamos que el indio debe tener entrada y asiento en el parlamento argentino; pero no por cierto el indio tal cual hoy se encuentra en la pampa, un tanto ajeno a los usos parlamentarios; sino el indio del porvenir, el descendiente de la hija de Namuncurá, perla del desierto transportada al centro de la civilización, y unida por el vínculo conyugal al inmigrante irlandés (...) cuyos antepasados, ahora tres siglos, no más, no eran ni más ni menos indómitos ni menos feroces que Namuncurá. [38]

Para todas las propuestas mencionadas hasta aquí es posible encontrar antecedentes en las distintas políticas llevadas a cabo por la Corona española con respecto al indígena a lo largo del período colonial. Una cuarta propuesta, sin embargo, optaba por tcomo modelo una experiencia estrictamente contemporánea: se trataba de favorecer la delimitación de "reservas", siguiendo el ejemplo norteamericano. Esta proposición, que fue defendida principalmente por el explorador, científico y más tarde gobernador del territorio de Santa Cruz, Ramón Lista, no dio lugar a la adopción de políticas concretas. Por el contrario, las restantes alternativas mencionadas fueron aplicadas por el gobierno central con grado variable de éxito.

Sería un error pensar que la implicación de Moreno en este tipo de propuestas y su tendencia a favorecer la asimilación del indio eran cuestiones paralelas y ajenas a su formación e intereses científicos. Muy por el contrario, se explicaban y legitimaban por las teorías en las que enmarcaba su trabajo.

En efecto, don Francisco compartía la creencia evolucionista, común a los antropólogos de la época, de que los pueblos primitivos estaban condenados a desaparecer ante el contacto con un medio más avanzado. [39] . Esto es lo que explica, por ejemplo, que su trabajo etnográfico tuviera el sentido conservacionista propio de etnógrafos como el británico George Grey --el defensor de los aborígenes australianos-- o el francés Theodore Hamy, fundador del Museo del Trocadero, hoy Musée de l’Homme. [40] Tanto para Grey como para Hamy y Moreno, esos datos debían perpetuar el conocimiento de unas costumbres, unas creencias y unas lenguas cuyos días de práctica viva estaban contados. En el caso de Moreno --a diferencia de Grey o Hamy, y por las razones antedichas-- debe agregarse el afán de que los descendientes directos de aquellos indígenas primitivos pudieran mantener la memoria histórica de los usos de sus abuelos. [41] Pero únicamente la memoria, no la perpetuación viva de aquellas prácticas, porque las formas fósiles de la vida primitiva sólo podían preservarse en el aislamiento, nunca en el contacto con formas superiores, que llevaban todas las ventajas en el proceso de selección operado en la lucha por la existencia; y la posibilidad de aislamiento había sido quebrantada por el avance incontenible de la "civilización" sobre las tierras más ignotas. En tal contexto, la única esperanza para los grupos primitivos en general, y para los indígenas patagónicos y sus descendientes en particular, era la pervivencia física mediante su integración cultural a los usos de la "civilización".

Al propio tiempo, el contacto directo con esos grupos primitivos, que le enseñó a estimarlos y respetarlos, contribuyó a la selección y matización de sus herramientas científicas. Así, aunque el sabio argentino manejaba la noción de "razas inferiores" --nuclear en el pensamiento antropológico de la época--, ese concepto aparece siempre referido a un estadio temporalmente remoto en la cadena evolutiva. En ningún lugar de su obra se encuentra esta denominación aplicada a los indígenas contemporáneos, para los que prefería la calificación de "grupos en estado de barbarie". Y esta categoría, a su vez, no la remitía a una situación estable y fija, sino más bien al sentido clásico e ilustrado de un nivel cultural susceptible de modificación. En este contexto, Moreno se adhería con entusiasmo a la tesis darwinista de la unidad moral y mental, en origen, del género humano. Pero en cuanto a las causas que habían hecho posible el adelanto de unos grupos y el estancamiento de otros en la lucha por la existencia, su compromiso con el debate científico le impedía rechazar de plano las explicaciones biologicistas favorecidas por muchos evolucionistas --que no por el propio Darwin. [42]

No obstante esta cautela científica, es manifiesta su preferencia por las argumentaciones de tipo ambientalista antes que las de fundamento biológico. [43] Y ello tiene estrecha relación con su condición de nation-builder: hubiera sido imposible un proyecto de integración del indígena a la nacionalidad, si éste era asociado a un estadio cultural lastrado por la inferioridad biológica. Sólo el rechazo a las interpretaciones biologicistas extremas podía hacer coherente el pensamiento científico de Moreno con su convencimiento de la conveniencia e incluso la necesidad de hacer de las pacíficas tribus tehuelches, o de los caciques manzaneros Shayehueque, Inacayal o Foyel, un pivote en la incorporación de la Patagonia a la soberanía argentina y a la civilización occidental.

Piezas de museo

Los caciques recién mencionados nos llevan a otro ámbito de actuación de Moreno que es relevante para este análisis. Me refiero a su condición de fundador y director, durante muchos años, del Museo de Ciencias Naturales de La Plata. El espacio disponible no permite extenderse sobre los avatares que rodearon su fundación y desarrollo, pero para apreciar su significación basta señalar que el Museo de La Plata, o "Museo Moreno" --como llamaba Paul Broca a la colección inicial que le dio origen--,[44] fue situado por el naturalista norteamericano Henry Ward después de una visita que hiciera en 1888 entre los diez primeros museos antropológicos del mundo. [45] Y, si he dicho antes que la actuación de Moreno fue multifacética, puede agregarse que esta faceta específica de director y padre fundador del Museo de La Plata englobaba a todas las anteriores: al científico, porque el museo era el destino de sus colecciones y el marco institucional de sus trabajos académicos; al delegado del gobierno, porque del apoyo oficial dependían el cargo y la capacidad de acción que éste le proporcionaba; [46] y al nation-builder, porque es bien conocido el significado y el papel de esas instituciones llamadas museos en la estructuración simbólica de las naciones modernas. [47]

 

En efecto, los museos no han sido sólo "templos del saber", como se dio en llamarlos, ni tampoco meros instrumentos de popularización del conocimiento. Su papel fundamental, especialmente en el contexto de las construcciones nacionales decimonónicas, ha sido el de actuar como organizadores y unificadores materiales de los imaginarios colectivos, al servir de instrumento para la incorporación, por parte del conjunto de la sociedad, de los valores y la particular cosmología de las élites. De forma especial, los museos de historia natural cumplieron el papel de plasmar simbólicamente la continuidad secular de "la nación", objetivándola a través de las manifestaciones de la naturaleza --antropológicas, zoológicas, botánicas, etc.-- en su marcha evolutiva sobre el territorio compartido. [48]

En tal fin se inscribe la fundación del Museo de La Plata, que estaba destinado, en palabras de Moreno, "a contener la Historia Física y Moral de la República Argentina y del continente sudamericano a través de los tiempos". [49] El Museo tenía, en primer lugar, la función socializadora de exhibir públicamente las colecciones en las que se plasmaba esa Historia Física y Moral, organizándolas evolutivamente según los criterios más modernos de la época. [50] Tenía una segunda función de carácter científico, en cuanto centro de investigación al servicio de los especialistas. Pero su papel fundamental consistía en ser el centro físico donde se producía la articulación de una construcción nacional y de una práctica científica que actuaba como su fuente última de legitimación. Y algo más importante aún, precisamente por ser capaz de llevar a cabo esa peculiar articulación, el museo podía conferir a esa Historia de interés local una proyección supranacional, e incluso universal. Como afirmaba Moreno:

Sin el conocimiento paleontológico y antropológico de lo que es hoy la República Argentina, no es posible trazar, ni siquiera a grandes rasgos, el pasado de América [... y] esto sólo puede hacerse examinando las riquezas acumuladas en el Museo público de Buenos Aires, hoy Museo Nacional, y en el de La Plata. [51]

No extraña, pues, que una parte fundamental del Museo estuviera destinada a las colecciones de antropología física y cultural de los pueblos indígenas sudamericanos. La primera de ellas, es decir, la de Antropología Física --que seguía el modelo de la colección del Museo Real de Cirujanos de Londres--, [52] contenía un número ingente de cráneos y esqueletos de indígenas de la América austral; enellos "la serie antropológica patagónica más importante que existe". El conjunto iba --según Moreno-- "desde el hombre testigo de la época glacial hasta el indio últimamente vencido". [53]

Estas palabras, escritas en 1890, ocultan una circunstancia más dramática de lo que parece a simple vista. Porque sólo cinco años antes de esa fecha encontramos a ese indio "últimamente vencido" en el Museo de La Plata. Y lo encontramos en persona, en la presencia viva de los tres caciques antes mencionados, Shayehueque, Inacayal y Foyel, junto con sus familias y otros indígenas manzaneros, tehuelches, pampas y araucanos. Todos ellos habían sido rescatados por Francisco Moreno de la isla Martín García, en el estuario del Río de la Plata, adonde fueran deportados al finalizar la campaña del desierto como prisioneros de guerra.

La motivación fundamental de Moreno al rescatar a los indígenas de la isla era humanitaria e inspirada por la triste situación en que se encontraban esos hombres y mujeres, a quienes pocos años antes había conocido disfrutando de su libertad y de sus tierras natales. Pero las razones que adujo ante las autoridades fueron de otra índole. El interés de alojarlos en el Museo, decía Moreno, radicaba en la utilidad que esas muestras vivientes de estadios culturales en vías de extinción tenían para los estudios antropológicos, tanto físicos como culturales (costumbres, creencias y sobre todo artesanías). [54] De tal manera, si la motivación fundamental era de índole humanitaria, para legitimarla se recurría a la ciencia.

El alojamiento de indígenas en un Museo antropológico es un hecho bastante original, pero no único. El caso más famoso se da en 1911 y corresponde a Ishi, el último indio yana de California, que estuvo recogido hasta su muerte, en 1916, en el Museo de Antropología de la Universidad de California --entonces en San Francisco--, bajo la protección del antropólogo Alfred Kroeber. Pero había una práctica anterior y mucho más extendida, contemporánea a la presencia de los indígenas en el Museo de La Plata, que no sólo presentaba analogías con esta acción de Moreno sino que, sobre todo, se amparaba en los mismos presupuestos científicos.

En el último cuarto del siglo XIX, los estudios antropológicos europeos aparecen muchas veces asociados a la presencia de grupos étnicos de otras áreas de la tierra, que eran transportados a Europa para su exhibición. Los caracteres físicos, hábitat, vestimenta e industrias de esos grupos "salvajes" o "primitivos" eran ofrecidos a la observación del público europeo con una triple función: testimoniar la capacidad de expansión supranacional del país organizador de la exhibición; [55] satisfacer el cada vez más extendido interés por "lo exótico" y realzar, por contraposición, el largo camino transitado por los grupos "superiores" en la escala ascendente del progreso [56] . En tal contexto, y a lo largo de varias décadas, sea en las exposiciones universales o en otras de diferente carácter, cingaleses, kalmukos, pieles rojas, ashantis, congoleños, galibis, hotentotes, bosquimanos y un largo etcétera de grupos "primitivos" o simplemente "exóticos" --como cosacos circasianos o incluso gauchos rioplatenses-- desfilaron por las principales ciudades europeas, convirtiéndose muchas veces en exhibiciones itinerantes. Allí estuvieron presentes también los indígenas del extremo meridional de América, fueguinos, araucanos o patagones, a quienes encontramos, por ejemplo, en 1879 en Berlín y en París, en 1881 y en 1883 nuevamente en la capital francesa e incluso, en 1887, en Madrid. [57]

Pero si esas exhibiciones fueron organizadas con sentido de espectáculo y orientadas a la captación de un público masivo, su celebración también estuvo asociada a las actividades científicas de las diversas instituciones etnográficas y antropológicas. Por un lado, estas instituciones más de una vez colaboraron con las grandes exposiciones universales, organizando la sección antropológica de las mismas, y utilizando para ello la presencia de estos grupos vivientes. El sentido que para los científicos en esta disciplina tenía la sección antropológica en el contexto de una exposición universal, fue resumido, en vísperas de la gran exhibición destinada a conmemorar el primer centenario de la Revolución Francesa, por la Revue d’Anthropologie en términos que ya nos son conocidos: se trataba de mostrar el progreso del hombre --ya fuera sobre el cráneo y el esqueleto, ya sobre el especimen viviente-- elevándose desde sus inicios más rudimentarios hasta alcanzar su organización psíquica actual. El acento debía ponerse --añadía la publicación-- sobre los tipos salvajes más inferiores, que tienden a desaparecer, y sobre las escasas piezas craneanas prehistóricas, desembocando todo ello en la comparación de la etnografía prehistórica y la etnografía exótica, a la manera de Lubbock en sus Orígenes de la Civilización. [58]

Pero hay un segundo elemento, mucho más importante que la mera exhibición, que explica el interés de los antropólogos por la presencia de estos grupos primitivos en el Viejo Continente. Esas exposiciones les proporcionaban el objeto material de sus estudios, ya que para la gran mayoría de los científicos europeos constituían la única posibilidad de observar personalmente a representantes de las razas primitivas y exóticas. Por ello, aunque las instituciones antropológicas no contrataban el traslado de esos grupos desde sus lejanas tierras de origen --sino empresas comerciales por lo general especializadas en la importación de animales exóticos--, [59] la importancia de esos materiales vivos se pone de manifiesto con sólo recorrer las páginas de los boletines y revistas de las principales instituciones antropológicas de la época, como el Journal of the Royal Anthropological Society de Londres, la Revue d’Anthropologie de París o el Boletín de la Berliner Gesechallft für Anthropologie.

Un caso considerado ejemplar fue, precisamente, el de tres indígenas patagones llevados a Berlín para su exhibición en 1879, a quienes el prestigioso Rudolph Virchow presentó ante la Sociedad de Antropología. Allí, y en público, realizó sobre ellos una serie de análisis antropométricos y comentarios destinados a situarlos en la escala de las jerarquías raciales, en un acto que hoy choca a nuestra sensibilidad, pero que en la época fue admirado como una acabada expresión de los avances de la ciencia antropológica en el estudio de las razas humanas. [60]

En el marco del pensamiento antropológico dominante en los años ochenta del siglo pasado, lo que legitimaba tanto el traslado de grupos primitivos al viejo continente para su exhibición y estudio, como la presencia en el Museo de La Plata de indígenas vivos, [61] era el hecho de que se les atribuía el carácter de ejemplares paradigmáticos, lo que convertía a todo individuo en un "tipo" de la raza. Es decir, un "arquetipo", o lo que los antropólogos franceses denominaron échantillons. En tanto échantillon, el indígena individual era portador de un cúmulo de informaciones positivas que mantenían su valor como evidencia científica, incluso cuando esos datos y quien los aportaba eran extraídos de su medio natural.

Nada mejor para comprender ese tránsito de individuo a arquetipo de su raza que referirnos brevemente a uno de los personajes de la Patagonia que antes he citado, el cacique Inacayal. En las décadas de los años sesenta y setenta, este jefe indio había sido conocido personalmente en su hábitat natural por los exploradores de la Patagonia, como Cox, Musters o el propio Moreno. Y todos ellos lo habían presentado cazando ñandúes y guanacos al frente de su tribu y negociando tratados con el gobierno central. Pero en 1888 Inacayal finalizaba sus días en el Museo de La Plata, formando parte de la colección de fotografías antropológicas, de estudios de corte psicológico realizados por los empleados del museo y, finalmente, en la forma literal de pieza de museo, con su esqueleto, cerebro, cuero cabelludo y mascarilla mortuoria expuestos en las galerías de la institución; sitio de dudoso honor que compartía con el cráneo de aquel antiquísimo representante del hombre sobre ssudamericano: el patagón antiguo. [62] Ya no era Inacayal, el cacique, el hombre, sino un arquetipo de su raza.

La asociación en la forma de pieza de museo de los restos del patagón antiguo apropiado como "ancestro de la nación", con los del indio vencido convertido en arquetipo, respondía a una lógica implícita en los modelos antropológicos que guiaban la acción de Moreno. Modelos que a su vez encontraban fácil articulación en el pensamiento mayoritario de la Argentina de su época. En efecto, la adopción del patagón antiguo como ancestro común sólo era posible sobre el principio de la extinción del indígena actual en tanto representante de los estadios más antiguos de la evolución. Porque la noción de ancestro implicaba la continuidad en el tiempo, no una continuidad estática, sino una continuidad sujeta al mecanismo de la evolución y asociada a la ley del progreso; que en el caso específico de la Argentina de la segunda mitad del XIX conformaba el modelo de la "nación civilizada". Y en la "nación civilizada" no había lugar para fósiles vivientes. De esa manera, el indígena patagón sólo tenía dos destinos posibles: convertirse en pieza de museo o en ciudadano de la nación.

El primero fue el caso, como hemos visto, de Inacayal, que murió en el museo sin aceptar reconocerse como argentino. [63] El segundo, el de sus compañeros de infortunio, Shayehueque y Foyel. Como el primero, estos últimos desempeñaron su papel de arquetipos en las fotografías antropológicas que guarda la colección del Museo. Pero a finales de la década de los ochenta, ambos caciques se hallaban de regreso en la Patagonia ocupando, con los restos de sus tribus respectivas, las hectáreas de tierras fiscales que les habían sido asignadas por el gobierno a instancias de Moreno. Shayehueque, incluso, había sido nombrado por el General Roca gobernador del territorio de las Manzanas. Allí volvió a encontrarlos Francisco Moreno en una nueva expedición científica a la Patagonia realizada hacia finales del siglo. [64] Y, según sabemos por sus informes y por otros documentos de la época, ambos estaban aceptando lentamente los usos de la "civilización", se reivindicaban como argentinos y habían iniciado reclamaciones y pleitos legales para mantener las tierras concedidas, que eran objeto de la codicia de los especuladores. De hecho, los últimos retazos de las diez mil hectáreas de tierra patagónica que le fueron concedidas para él, su tribu y su descendencia en 1903, pasaron definitivamente a manos de especuladores en 1930. [65]

Sin embargo, sería un error pensar que la precariedad de los derechos de Shayehueque y su familia a la posesión de tierra se debía exclusivamente a su condición de indígenas: el mismo calvario estaban atravesando por esas mismas fechas los inmigrantes europeos de quienes se esperaba que colonizaran la Patagonia e iniciaran a los indígenas en las técnicas agrícolas y las costumbres "civilizadas". Unos y otros, inmigrantes e indios, padecían la desidia burocrática y la falta de frenos oficiales a la codicia individual. [66] .

Así pues, en el caso de Shayehueque y Foyel, el tránsito de individuo a arquetipo había sido sustituido por otra trayectoria de connotaciones menos científicas: la que iba de indígena nómada a ciudadano del estado-nación, [67] con las ventajas y las desventajas que ello suponía para una parte no desdeñable de la población de la época. Los descendientes de los caciques seguirían batallando a lo largo del siglo XX por conservar sus tierras, [68] pero los días de la caza del guanaco y del ñandú se habían desvanecido. Esos mismos descendientes criarían ovejas para sí mismos o para otros, lucharían con la tierra inhóspita para arrancar cultivos a sus pequeñas parcelas o se trasladarían a los centros urbanos para prestar servicios en las fuerzas armadas o en múltiples ocupaciones propias de la "civilización". Y se mezclarían con otros grupos étnicos al punto que, en 1940, el antropólogo Imbelloni tuvo problemas para encontrar individuos que no presentaran rasgos de mestización. [69]

De tal manera, si la conversión del indígena patagónico en pieza de museo implicaba la muerte física transformada en permanencia simbólica, la conversión en ciudadano entrañaba la muerte cultural --es decir, su extinción en tanto elemento étnicamente diferenciado de la población mayoritaria-- mediante una asimilación forzosa que permitiría, en cambio, la pervivencia física de su descendencia, aunque socialmente depauperada y étnicamente mestizada. Ambas resoluciones estaban implícitas en los modelos antropológicos y las teorías científicas que, adaptándose a las circunstancias e idiosincrasias locales, interactuaron con el proyecto nacional argentino de incorporación de la Patagonia, dentro del modelo de "nación civilizada" al que me he referido al comienzo de este trabajo.

 

NOTAS

    1
    Este artículo se integra en el proyecto PB96-0868. Agradezco a mis colegas, los doctores Francisco Pelayo y Miguel Ángel Puig-Samper, a cuya generosidad y competencia científica debo el haber podido resolver algunos de los problemas que presentaba esta temática. 
    2
    Mónica Quijada: "¿Qué nación? Dinámicas y dicotomías de la nación en el imaginario hispanoamericano del siglo XIX", en F.X. Guerra y M. Quijada (coords.): Imaginar la Nación, número monográfico de Cuadernos de Historia Latinaomericana, AHILA, Nº 2, 1994, pp. 15-51. 
    3
    Desde hace algunos años los estudios históricos, etnológicos y antropológicos están demostrando que las poblaciones autóctonas de la pampa y la Patagonia habían desarrollado formas sociales y económicas mucho más complejas de lo que se ha solido reconocer, que incluían el pastoreo de inmensos rebaños de ganado, producción agrícola y artesanal, así como la vinculación de los distintos grupos indígenas entre sí y con la sociedad criolla a través del comercio. Cfr. Radl J. Mandrini: "Indios y fronteras en el área pampeana (siglos XVI-XIX). Balance y perspectivas", Anuario del IEHS, Vol. VII, Tandil, 1992, pp. 59-73. Miguel Ángel Palermo: "La innovación agropecuaria entre los indígenas pampeano-patagónicos. Génesis y procesos", Anuario del IEHS, Vol.III, Tandil, 1988, pp. 43-90. Idem: "Reflexiones sobre el llamado 'complejo ecuestre' en la Argentina", Runa, vol. XVI (1986), pp. 157-178. Lidia R. Nacuzzi: "'Nómades' versus 'Sedentarios' en Patagonia (siglos XVIII-XIX)", Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, 14, 1992-93, pp. 81-92. Idem.: "La cuestión del nomadismo entre los Tehuelches", Memoria americana - Cuadernos de Etnohistoria, Nº 1, 1991, pp. 103-133. 
    4
    John Lubbock: Los orígenes de la civilización y la condición primitiva del hombre, Editorial Alta Fulla, Barcelona, 1987 (1ª edición en inglés: 1870), pp. 4-5. 
    5
    Francisco Moreno: "Description des cimetières et paraderos préhistoriques de Patagonie", Revue d’Anthropologie, 1874, pp. 70-90. Moreno se había iniciado en el conocimiento de la ciencia antropológica con el sabio alemán German Burmeister --antiguo discípulo y protegido de Alexander von Humboldt--, quien en 1862 se hizo cargo de la dirección del Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires. En 1879 Moreno se trasladó a París, donde completó su formación en los famosos cursos dictados por Paul Broca. También dictó conferencias en la Societé d’Anthropologie presidida por el mismo antropólogo francés. 
    6
    La tesis de Moreno de que el patagón antiguo representaba un tipo distinto al del americano contemporáneo fue tempranamente incorporada por el antropólogo francés Pierre Topinard en su libroL’Anthropologie, publicado en París en 1875. 
    7
    Paul Broca: "Sur les crânes de la caverne de l’Home Mort (Lozère)", Revue d’Anthropologie, 1873, pp. 1-53. 
    8
    Citada en Francisco Moreno: El origen del hombre sud-americano. Razas y civilizaciones de este continente. Contribución al estudio de las colecciones del Museo Antropológico y Arqueológico, Imprenta de Pablo Coni, Buenos Aires, 1882. 
    9
    Charles Darwin: Voyage of the Beagle, Penguin Classics, London, 1989 (1ª edición: 1839). Esta idea de que la Patagonia era un reservorio privilegiado parel avance de la ciencia aún se mantenía a finales del siglo XIX; muestra de ello es la siguiente afirmación de un antropólogo francés, explorador tardío de la región: "Si l’on me demandait quel est le pays où la science peut s’enrichir le plus sûrement, je désignerais sans hésiter la Patagonie; la faune et la flore de cet immense territoire sont encore peu connues. Les importants gisements fossilifères reconcontrés ces dernières années attirent l’attention des savants; la paléontologie en est complètement bouleversée". M. Le Comte Henry de la Vaulx: "A travers la Patagonie, du Rio Negro au Détroit de Magellan", Journal des la Société des Américanistes, T. I, 1896-1899, pp. 71-99 (cita en p. 71). 
    10
    Se refiere a la obra publicada bajo ese título por Armand de Quatrefages y Théodor Hamy (París, 1877). 
    11
    Sesión del 1 de julio de 1880, Bulletin de la Société d’Anthropologie, París, p. 490. 
    12
    Revue d’Anthropologie, 1879, p. 181. 
    13
    En 1879 Paul Broca ya había aceptado la teoría evolucionista, descartando su tradicional defensa de las tesis poligenistas, lo que queda manifiesto en su frase antes citada. 
    14
    Las propuestas de Francisco Moreno sobre América del Sur como cuna de la humanidad son estrictamente contemporáneas a la defensa de la autoctonía del hombre americano hecha por el conocido sabio, también argentino, Florentino Ameghino. Las coincidencias, discrepancias y rivalidades entre ambos personajes alargarían innecesariamente este artículo y serán el tema de un trabajo posterior. 
    15
    Bulletin de la Société d’Anthropologie, París, 15 de junio de 1880, p. 490. El estudio completo en Francisco Moreno: "Sur deux crânes préhistoriques rapportés du Rio Negro", ídem., pp. 491-497. 
    16
    Dicha teoría fue expuesta por Hooker en su serie de estudios botánicos publicados como Flora Antarctica (Londres, 1844-1847); Flora Novae-Zelandiae (Londres, 1853-1855) y, principalmente, Flora Tasmaniae (Londres, 1855-1860). 
    17
    Los resultados de la elaboración de Moreno fueron presentados por su autor en dos conferencias sucesivas dictadas ante la Sociedad Científica Argentina, en 1882. Véase Francisco Moreno: "Patagonia. Resto de un antiguo continente hoy sumergido", Anales de la Sociedad Científica Argentina, 15 de julio de 1882, y El origen del hombre sud-americano..., ob. cit. 
    18
    La imagen de un continente austral --que se basaba en la noción de los ascensos y descensos experimentados por el suelo oceánico en el proceso de solidificación y contracción de la tierra-- tuvo prolongada fortuna en el ámbito de los estudios geológicos, aunque desvinculada de la cuestión del origen de la vida. De hecho, fue sostenida también por el gran geólogo Eduard Suess, y más tarde confirmada por Alfred Wegener, en su teoría de la deriva continental. Suess habla de cuatro "asilos" o regiones caracterizadas por la ausencia de plegamientos recientes y de los que, en épocas de cataclismos, las colonias botánicas o zoológicas pueden partir para repoblar las tierras. Uno de esos asilos --el tercero-- sería el continente de Gondwana (India, Madagascar y partes de Africa, Brasil y Argentina); el cuarto asilo sería el continente antártico, que comprendería Australia y Patagonia. Esta teoría de Suess aparece en el segundo volumen de su obra La faz de la tierra, publicado en 1888 (el primero es de 1883, y el tercero de 1909). La idea inicial del continente antártico sostenida por Moreno --anterior en seis años a la de Suess-- se hallaba a caballo entre los continentes de Gondwana y Antártico identificados por este último. En cuanto a la teoría del geofísico Alfred Wegener, propuesta inicialmente en 1912, fue publicada en su obra Die Entstehung der Kontinente und Ozeane, Brunswick, 1915. En ella Wegener definía un continente austral, llamado Gondwana, que incluía la América Meridional, Australia, Africa, India y la Antártida. 
    19
    A pesar de ese rechazo, ambas teorías aparecen recogidas al menos en dos enciclopedias de principios de este siglo: la Enciclopedia Universal Ilustrada Hispano-Americana Espasa-Calpe (Vol. 1) y el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (Vol. I). Es interesante el hecho de que, en este último, el autoctonismo del hombre americano es presentado todavía como un hecho posible, aunque dudoso (p. 51). La influencia de los trabajos de Moreno a principios de este siglo también puede apreciarse en R. Verneau: Les Anciens Patagons. Contribution à l’étude des races précolombiennes de l’Amérique du Sud, publiée par ordre de S.A.S. le Prince Albert 1er, Imprimerie de Monaco, 1903. 
    20
    Según Rivet, podría haberse producido una emigración australiana hasta la Tierra del Fuego al retirarse los hielos en el período inmediatamente posterior a la glaciación del Würm, al final del pleistoceno. Paul Rivet: Los orígenes del hombre americano, Fondo de Cultura Económica, 1969, 3ª edición (1ª edición en francés: 1943), pp. 104-111. 
    21
    Cfr., por ejemplo, Paul Rivet: Los orígenes del hombre americano, capítulos III y V, "Les Australiens en Amérique", Bulletin de la Société de Linguistique de Paris, Vol. 26, 1925, pp. 23-63. En este último trabajo Rivet avala incluso la idea de un continente antártico que hubiera unido "de manera más o menos continua" Australia y América del Sur. No obstante, agrega, esta "indudable" unidad continental existió en eras anteriores al origen del hombre sobre la tierra, por lo que debe desvinculársela de la presencia australiana en América del Sur; pp. 59-61. 
    22
    No casualmente, los años setenta del pasado siglo están asociados a los primeros trabajos arqueológicos en las ruinas de Tiahuanaco, que daban evidencia científica sobre la gran antigüedad preincaica de las altas culturas sudamericanas. El propio Bartolomé Mitre publicó un importante trabajo sobre este tema en 1879: Archeologia Americana. Las Ruinas de Tiahuanaco (Buenos Aires). 
    23
    Charles Darwin: The Descent of Man and selection in relation to sex, John Murray, 1871, Vol. I, cap. VII. 
    24
    Francisco Moreno: El estudio de hombre sud-americano, Imprenta de La Nación, Buenos Aires, 1878, pp. 15 y 22. 
    25
    Sobre la apropiación del origen incaico en el Río de la Plata, en la época de la Independencia, véase Daisy Rípodas Ardanaz: "Pasado incaico y pensamiento político rioplatense", Jahrbuch von Geschichte von Staat, Wirtschaft und Gesellschaft Lateinamerikas, 30, 1993, pp. 227-258; para la segunda mitad del XIX, Mónica Quijada: "Los 'Incas Arios': Historia, lengua y raza en la Argentina decimonónica", en Enrique González González (ed.): Historia y Universidad. Homenaje a Lorenzo Luna, UNAM, México (en prensa). 
    26
    Esta perspectiva es mantenida por Moreno incluso después de haber abandonado la tesis de que el origen de la humanidad se hallaba en América del Sur. Véase Francisco Moreno: "Notes on the Anthropogeography of Argentina", The Geographical Journal (including the Proceedings of the Royal Geographical Society), Vol. XVIII, July-December 1901, pp. 574-589. 
    27
    Francisco Moreno: Viaje a la Patagonia Austral, 1876-1878, Ediciones Solar, Buenos Aires, 1969, p. 28 (1ª ed. 1879); El origen del hombre sudamericano, ob. cit., pp. 26-27. 
    28
    Los términos completos del encargo eran: 1) conocer los puntos más convenientes para la formación de colonias; 2) estudiar los productos naturales; 3) hacer investigaciones respecto de la índole de las tribus indígenas. Los resultados de esta exploración fueron publicados en su informe, ya citado,Viaje a la Patagonia Austral. Cabe destacar que Moreno recibió críticas por haber concedido demasiado tiempo a las tareas de relevamiento etnográfico. Cfr. E.M. Cirulli de César, A. Garro, M.F. Arcidiácono de Groppo y A.M. Campins de Martínez: "Francisco P. Moreno y la Soberanía Nacional", Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del Desierto (General Roca, 6-10 noviembre 1979), Buenos Aires, 1980, Tomo III, pp. 99-111. 
    29
    Cfr. George W. Stocking: Victorian Anthropology, The Free Press, New York-Oxford, 1987; Rossana Piccioli y Anna Rozzi Mazza: Exótica. Raccolte di viaggio nel Museo Civico della Spezia, Mostra di etnografia esotica, CAllende, La Spezia, 1990. 
    30
    Sobre el papel activo desempeñado por algunos grupos indígenas en la política exterior de la época, es significativa la siguiente carta enviada por el cacique Namuncurá al comandante del fortín de Bahía Blanca: "Amigo; veo por los diarios que están Uds. envueltos en complicaciones internacionales con el Brasil y con Chile. Esto debe hacer ver a Uds. que deben cuidarse mucho de estar bien con nosotros, porque en caso de una guerra los podemos servir mucho como amigos y hacerles mucho daño como enemigos"; citada en Juan Mario Phordoy: "Los capellanes castrenses en la Conquista del Desierto",Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del Desierto, Tomo III, pp. 179-201 (cita en p. 188). Véase también José Bengoa: Historia del Pueblo Mapuche, Ediciones Sur, Santiago de Chile, 1985. 
    31
    Faltan estudios sobre la utilización por parte de la diplomacia chilena de las tribus indígenas en su contencioso sobre la Patagonia. Sin embargo, se sabe que los principales caciques y lenguaraces tenían asesores de esa nacionalidad, y que la diplomacia chilena tenía muy en cuenta los movimientos indígenas y las relaciones con las tribus para planificar sus actuaciones. Véase Olga Bordi de Ragucci: "Las bases dadas por Roca a la Campaña del Desierto a juicio de sus opositores porteños", Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del Desierto, Tomo III, p. 48; José Campobassi: Sarmiento y su época, Tomo II, Losada, Buenos Aires, 1975. 
    32
    Sobre la obtención, a veces rocambolesca, de los restos de indígenas recientemente fallecidos, véase, por ejemplo, el episodio referido al tehuelche Sam Slick, en Viaje a la Patagonia Austral, ob. cit., p. 103. 
    33
    Cfr. Francisco Moreno: Viaje a la Patagonia Septentrional. Memoria leída el 14 de marzo en la Sociedad Científica Argentina por... Tomada de los "Anales" de la misma Sociedad, Buenos Aires, 1875, esp. pp. 13-16. Idem.Viaje a la Patagonia Austral, ob. cit., p. 37. 
    34
    Viaje a la Patagonia Austral, ob. cit., p. 34; "Déscription des cimetières...", ob. cit., p. 74. 
    35
    Viaje a la Patagonia austral, ob. cit., p. 79. 
    36
    Estas polémicas pueden seguirse en diversos periódicos de la época, entre otros: La NaciónLa América del SurEl Nacional y La Tribuna. El trabajo de Moreno, Apuntes sobre las tierras patagónicas, apareció inicialmente en forma de entregas en La Nación. La prensa en general denunciaba los malos tratos infligidos a los indios durante la campaña, incluidos los dos periódicos mencionados en último lugar, que eran partidarios del conductor e ideólogo principal de la misma, el general Roca. En su edición del 12.7.1879, El Nacional llegó incluso a solicitar la entrega de tierras a las tribus tehuelches. 
    37
    Estanislao Zeballos: La conquista de las 15.000 leguas, Buenos Aires, 1958 (2ª edición 1878). 
    38
    Álvaro Barros: Indios, fronteras y seguridad interior, Solar/Hachette, Buenos Aires, 1975, pp. 357-8 (escrito editado por primera vez en 1877, bajo el título La Memoria Especial del Ministro de la Guerra, Buenos Aires). 
    39
    Por ejemplo, Francisco Moreno: El estudio del hombre sud-americano, ob. cit., p. 17; ídem.Apuntes sobre las tierras patagónicas, Buenos Aires, 1878, p. 5. Sobre esa visión general, ver Charles Darwin:The Descent of Man and selection in relation to sex, ob. cit., Vol. I, pp. 238. 
    40
    Sobre Grey, véase G. Stocking: Victorian Anthropology, ob. cit., pp. 81-87. Para Hamy puede consultarse Nélia Dias: Le Musée d’ethnographie du Trocadéro (1878-1908). Anthropologie et Muséologie en France, Editions du CNRS, París, 1991. Sobre las motivaciones que guiaban a este último personaje, es ilustrativa la siguiente afirmación, con la que abre el primer número de la publicación Revue d’Etnographie, por él fundada y dirigida: "On mesurait donc des crânes, des bassins et de fémurs, on fouillait des cavernes, des dolmens ou des tumulus; et cepandant l’oeuvre de destruction des peuples sauvages se poursuivait avec une foudrayante rapidité. Les races blanches, dans leur mouvement d’expansion à travers le monde, voyaient disparaître presque partout sur leur pas les races indigènes des nouveaux pays occupés, et quelques rares savants se consacraient seuls à fixer les caractères de cette pauvre humanité inférieure avant son extinction"; Vol. 1, 1882, p. II. 
    41
    Francisco Moreno: Viaje a la Patagonia Austral, ob. cit., p. 30; El estudio del hombre sud-americano, ob. cit. 
    42
    Véase Darwin, The Descent of Man, ob. cit., p. 236. 
    43
    Véase, por ejemplo, El estudio del hombre sud-americano, ob. cit., p. 12. 
    44
    Paul Broca: "Le Musée Moreno", Revue d’Anthropologie, 1874. 
    45
    Pierre Topinard: "Musée anthropologique de La Plata", L’Anthropologie, 1890, pp. 764-5. Sobre la visita de Ward a la Argentina véase José Antonio Pérez Gollán: "Mr. Ward en Buenos Aires. Los museos y el proyecto de nación a fines del siglo XIX", Ciencia Hoy, Vol. 5 No. 28, pp. 52-58. 
    46
    Moreno fue también diputado de la Nación y presidente del Consejo Nacional de Educación. 
    47
    Sobre museos véase Flora E.S. Kaplan (ed.): Museums and the Making of Ourselves. The Role of Objects in National Identity, Leicester University Press, London and New York, 1994; Nélia Dias: Le Musée d’Étnographie du Trocadero (1878-1908), Editions du CNRS, París, 1991; George W. Stocking (ed.): Objects and Others. Essays on Museums and Material Culture, The University of Wisconsin Press, Madison-Londres, 1985; Leoncio López-Ocón: "Los museos de historia natural en el siglo XIX: templos, laboratorios y teatros de la naturaleza", Arbor (en prensa). Con respecto al Museo de La Plata, no sólo su fundación sino su "prehistoria" estuvieron vinculadas a la figura de Francisco Moreno, cuya colección privada --que había comenzado a reunir a la edad de 14 años-- formó la base inicial para su creación. Véase Francisco Moreno: El Museo de La Plata. Rápida ojeada sobre su fundación y desarrollo, Imprenta y Talleres del Museo de La Plata, 1890. Véase también el interesante trabajo de Irina Podgorny: "De razón a Facultad: Ideas acerca de las funciones del Museo de la Plata en el período 1890-1918", Runa, Vol. XXII, pp. 89-104. 
    48
    Como ha dicho Flora Kaplan, en los dos últimos siglos los museos han sido no sólo productos sino agentes del cambio social y político, en sociedades democráticas o tendentes a la democratización. Véase "Introduction", en F. Kaplan, ob. cit., pp. 1-6. 
    49
    Francisco Moreno: El Museo de La Plata. Rápida ojeada sobre su fundación y desarrollo, ob. cit., p. 28. 
    50
    Para la organización del Museo de La Plata, Moreno se inspiró en varios modelos: el del British Museum of National History, según la planificación de quien fuera director del mismo, el profesor Flower; la colección de antropología física organizada por este último en el Museo Real de Cirujanos de Londres, y las propuestas del paleontólogo y antropólogo francés Albert Gaudry para el Museo de París. El sabio argentino aspiraba a que dicho Museo fuera, en el sur, la contrapartida del Smithsonian Institute en el norte. Francisco Moreno: El Museo de La Plata, ob. cit. 
    51
    Idem., p. 6. 
    52
    Cfr. nota 48 supra
    53
    Idem., pp. 21-22. 
    54
    Herman Ten Kate: "Matériaux pour servir à l’anthropologie des Indiens de la République Argentine",Revista del Museo de La Plata, T. XII, 1905, pp. 3-57. 
    55
    Nélia Dias: Le Musée d’Etnographie du Trocadero (1878-1908), p. 166. 
    56
    Si las teorías evolucionistas contribuyeron a dotar de un sentido filosófico y simbólico a las grandes exhibiciones, la influencia inversa también fue operativa. En este sentido, George Stocking ha señalado la influencia ejercida por la Exposición Universal de Londres de 1844 sobre el contexto ideológico que favoreció el desarrollo del evolucionismo social, al poner de manifiesto la gran distancia que separaba los avances científicos, técnicos y económicos de la época con las primitivas expresiones artesanales de los pueblos "salvajes" que habitaban el imperio, cuyas muestras aparecían ante los ojos público en los pabellones de esa exposición. G. Stocking, ob. cit., esp. capítulo I. 
    57
    Sobre las exhibiciones en Europa de grupos primitivos, véase "Peaux-Rouges". Autour de la collection anthropologique du prince Roland Bonapart, sous la direction de Benoît Coutancier, Editions de l’Albaron, París, 1992; Kaliña. Des amérindiens à Paris. Photographies du prince Roland Bonaparte présentées par Gérar Collomb, Préface de Félix Tiouka, Créaphis, Paris, 1992; Die ethnographische Linse. Photographien aus dem Museum für Völkerkunde Berlin, Herausgegeben von Markus Schindlbeck, Veröffentlichungen des Museums für Völkerkunde Berlin, Neue Folge 48, Berlin, 1989; Thomas Theye: Wir und die Wilden. Einblicke in eine kannibalische Beziehung, Rowohlt Verlag, Reinbeck bei Hamburg, 1984. 
    58
    "Plan de la exposición antropológica", Revue d’Anthropologie, 1888, pp. 117-118. 
    59
    Particularmente activo en este tipo de acciones fue el comerciante alemán Carl Hagenbeck, quien también fue propietario de un circo y director del zoológico de Hamburgo. 
    60
    Rudolph Virchow: "Drei Patagonier", Zeitschrift für Ethnologie und Anthropologie, Bd. XI, 1879, pp. 198-204. La práctica de las "exhibiciones vivientes" se mantuvo durante largos años, hasta muy entrado el siglo XX. No obstante, a partir de la última década del XIX fueron perdiendo su carácter instrumental para el estudio científico. Un caso tardío de exhibición de indígenas de la Patagonia es el de cinco tehuelches llevados a la exposición internacional de San Luis, Estados Unidos, que tuvo lugar en 1905. Aunque en San Luis sólo fueron motivo de exhibición, a su regreso fueron acogidos durante unos días en el Museo de La Plata, donde el antropólogo Lehmann-Nitsche solicitó la colaboración de tres de ellos para un estudio antropométrico. Lehmann-Nitsche: "Relevamiento antropológico de tres indios tehuelches", Revista del Museo de La Plata, T. XXIII, 1916, pp. 192-195. 
    61
    En su artículo, "Conmemorando: del pasado del territorio a la historia de la Nación Argentina en las ferias y exposiciones internacionales del cuarto centenario" (Runa, Vol. XXII, pp. 69-88), Laura Inés Vugman señala el interés de Francisco Moreno en este tipo de exposiciones humanas. Curiosamente, no establece ninguna asociación entre ese interés y la presencia de indígenas vivos en el Museo de la Plata. 
    62
    Herman Ten Kate: "Matériaux pour servir...", ob. cit. Milcíades Alejo Vignati: "Iconografía Aborigen. Los caciques Sayeweke, Inakayal y Foyel y sus allegados", Revista del Museo de La Plata, Sección Antropología Nº 10, 1941-1946, Tomo II, pp. 13-48. 
    63
    Herman Ten Kate: "Matériaux...", ob. cit. 
    64
    Francisco Moreno: "Reconocimiento de la región andina de la República Argentina. I. Apuntes preliminares sobre una excursión a los territorios Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz, hecha por las secciones topográfica y geológica, bajo la dirección de...", Revista del Museo de La Plata, T. VIII, 1898, pp. 201-374. 
    65
    Véase Julián Ripa: Recuerdos de un abogado patagónico, Ediciones Marymar, Buenos Aires, 1983; Curruhuincu-Roux: Sayehueque, el último cacique. Señor del Neuquén y la Patagonia, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1994. 
    66
    Casos representativos fueron los de las colonias General Conesa y General Eustaquio Frías, fundadas en la región de Viedma (provincia de Río Negro) e integradas por restos de tribus indígenas y elementos criollos y extranjeros. Lo mismo que en el caso de las colonias formadas exclusivamente por inmigrantes, el decreto sobre su creación preveía que en el primer año de instalación de la colonia se les entregaría a los colonos semillas, útiles de labranza y artículos de subsistencia. A diferencia de los inmigrantes, los indígenas no estaban obligados a reintegrar estos gastos. Pero las promesas sólo se cumplieron parcialmente y muchos de estos pequeños propietarios fueron despojados cuando 300.000 hectáreas de tierras fiscales pasaron fraudulentamente a manos privadas, convirtiéndose en latifundios. Ambas colonias subsisten hasta el día de hoy, pero muy depauperadas. Un fracaso aun mayor, y por las mismas causas, fue el experimentado por la colonia de inmigrantes alemanes de Carmen de Patagones (provincia de Neuquén). Cfr. E.H. Mases: "La incorporación de los indios reducidos", Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del Desierto, ob. cit., T. III, pp. 169-178; O.Favaro de Cartier: "Problemática social en la gobernación de Neuquén desde 1885 a comienzos de siglo", ídem., pp. 349-358; N.J. Fulvi y H.D. Rey: "Consecuencias socio-económicas de la campaña del desierto en Río Negro", ídem., pp. 399-411; G.A. Varela de Fernández: "El acceso a la tierra pública de las tribus indígenas de Neuquén", ídem., pp. 625-633. 
    67
    El tránsito cultural de una categoría a otra puede ejemplificarse con el caso de varios indios araucanos y tehuelches, cuya presencia en el Museo de la Plata fue solicitada por Moreno en 1896 para un estudio antropométrico que sería realizado por el antropólogo Herman Ten Kate. Algunos de ellos se negaron a prestar su colaboración, pero no --como adujera treinta años antes el tehuelche Sam Slick, hijo del cacique Casimiro-- por miedo a "perder su cabeza", sino por un temor más "civilizado". Estos indígenas, que habían vivido los primeros años de infancia y juventud entre sus hermanos nómadas de la Patagonia, fueron deportados al finalizar la campaña del desierto a Buenos Aires, como parte del modelo de dispersión de los indígenas patagónicos favorecido por el general Roca. Allí fueron "enganchados" a la policía de la provincia, donde se habían acostumbrado a observar las tareas de medición que los técnicos policiales realizaban sobre los delincuentes, según los presupuestos de la escuela de Lombroso. Para estos indígenas "integrados", por ende, la aplicación de métodos antropométricos a sus personas implicaba que eran considerados criminales. El pensamiento mágico había sido reemplazado por temores propios de la civilización. Herman Ten Kate: "Matériaux pour servir...", ob. cit. 
    68
    Sobre los problemas de propiedad de las tierras indígenas y la sucesiva legislación dictada a lo largo de casi un siglo, véase G.A. Varela de Fernández: "El acceso a la tierra pública de las tribus indígenas en Neuquén", ob. cit. Véase también Julián Ripa: Recuerdos de un abogado patagónico, ob. cit. 
    69
    J. Imbelloni: "Los Patagones. Características corporales y psicológicas de una población que agoniza", Runa, T. II, 1949, pp. 5-58. En el caso de los tehuelches, su proceso gradual de mestización puede observarse iconográficamente en el libro de Rodolfo Casamiquela, Osvaldo Mondelo, Enrique Perea y Mateo Martinic Beros: Del mito a la realidad. Evolución iconográfica del pueblo tehuelche meridional, Fundación Ameghino, Buenos Aires, 1991. 




© 2017 Tel Aviv University