José María Ramos Mejía:

Pasiones patrióticas contra la anomia del mercado
Oscar Terán Universidad de Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes


"La economía moderna no se orienta ya de acuerdo con el oikos; el mercado ha ocupado la plaza de la casa y la ha convertido en una 'economía de comercios'"
(J. Habermas, Historia y crítica de la opinión pública).

 

Cuando Ernesto Quesada lamentaba en 1882 que el lema "ubi bene ibi patria" se hubiese convertido en la definición moderna de la nacionalidad, invertía significativamente la valoración de esa misma consigna sostenida años antes por Alberdi, para quien si la patria estaba allí donde residían los bienes económicos, era porque había confiado en la capacidad espontánea del mercado para producir el lazo social y hasta la identidad nacional. [1] Los que, como Quesada, descreían de la fuerza aglutinadora del mercado, adelantaban, por el contrario, un diagnóstico que la crisis de 1890 convirtió en una sospecha ampliamente compartida por la élite argentina.

En definitiva, en aquel Eldorado sin ciudadanos que el viejo Sarmiento denunciara, las pasiones del mercado avanzaban inmoderadamente sobre las virtudes cívicas y erosionaban los sentimientos de pertenencia a una comunidad. Si contemporáneamente Durkheim creaba la categoría de la anomia para describir el fenómeno moderno de la pérdida de sentido de pertenencia al grupo, en la ciudad de Buenos Aires la constitución de una sociedad signada por la heterogeneidad (debido al altísimo y variado componente inmigratorio) y movilizada por valores económicos (dado el significativo desarrollo material y las motivaciones esencialmente económicas de los extranjeros) generó una situación que los sectores dominantes y dirigentes asimilaron con una suerte de "anomia patriótica". Los ejemplos pueden fácilmente multiplicarse, pero basta con la sensación trasmitida por un sagaz observador y periodista italiano empleado en La Nación. El mercantilismo y el excesivo afán de lucro definen para él un rasgo fundamental de los inmigrantes, montando un escenario contrastante entre "los naturales, con su desprendimiento y su inclinación al lujo y al despilfarro, y los extranjeros con sus hábitos de economía y de ahorro". [2]

Resurgía de tal modo un ideologema de larga duración en la cultura occidental, que ahora ingresará en las consideraciones de la modernidad de modo complejo y ambiguo. Se trata de lo que Montesquieu llamó el "lamento de Platón", proferido ante el carácter corruptor del comercio respecto de "las costumbres puras", por lo cual el impulso adquisitivo de bienes económicos fue demonizado como "típico de la parte más baja del alma y de los estratos más despreciables de la comunidad". [3] Y dentro de las prácticas económicas, la mercantil (y por ende la figura social del mercader) recibió generalmente las valoraciones más negativas. Al respecto, Pocock ha señalado el modo como "en todas las fases de la tradición de Occidente hay una concepción de la virtud --aristotélica, tomista, neomaquiavélica o marxista-- para la cual la difusión de las relaciones de intercambio es vista como una amenaza". [4]

Desde ese enfoque, los partidarios del mercado fueron considerados elementos disolventes, hasta que en el siglo XVIII surgió una percepción que describe la sociedad política fundada en "la sociedad comercial", esto es, en la constitución de una asociación promovida por el intercambio de las formas de propiedad mueble. En este escenario se dirimirá la querella entre intereses terratenientes y monetarios, entre un ideal agrario y antiguo y otro comercial y moderno. El primero elaboró una imagen de "patriota" que hundía sus raíces en la tradición clásica y la opuso a la del mercader; construyó asimismo la antinomia entre virtud, heroicidad y rusticidad por un lado e interés, refinamiento y urbanidad por el otro. Ya Edmund Burke en su influyente ensayo sobre la revolución francesa, en lugar de valorizar al comercio como factor civilizatorio, reactivó el ideal caballeresco medieval, en una línea que pronto sería seguida por el liberalismo conservador de Chateaubriand. [5] Por el contrario, en el otro espectro axiológico se le asignó al comercio el rol de suavizar las pasiones, como en la referencia clásica de Montesquieu: "Es casi una regla general que allí donde hay costumbres apacibles existe el comercio, y que allí donde hay comercio hay costumbres apacibles". [6] Pero ese apaciguamiento de las pasiones fue asimismo considerado motivo de "desvirilización", manteniéndose vivo lo que Pocock llama "el lamento de Rousseau": nunca las costumbres puras se han realizado plenamente en una sociedad comercial, a la cual siempre la acecha el peligro de tornarse "afeminada". [7]

Esta tensión entre mercado y virtud habita también una amplia zona discursiva del espacio intelectual argentino entre fines del siglo XIX y principios del presente; a ella no escapó ese estrato organizado teóricamente por lo que, no sin latitud, llamamos el positivismo. En algunos textos publicados entonces por José María Ramos Mejía se asiste a esa cuestión en el marco más amplio de las reacciones ante los avances de una modernidad cuyos logros celebra y al mismo tiempo recela este miembro de la élite dirigente. Dicho discurso se halla enmarcado por las inquietudes básicas motivadas por el problema de la gobernabilidad de una sociedad que justamente ha sido definida como "aluvial". En el centro de estas preocupaciones, la figura de la multitud urbana adquirirá relieves dominantes, desplazando la obsesión hasta entonces colocada en el ahora normalizado mundo rural. Esta es la cuestión teórica a la que el futuro presidente del Consejo Nacional de Educación se precipita en Las multitudes argentinas, aparecido en 1899 y elaborado con la implementación de la "psicología de las masas" como disciplina novedosa para la interpretación de los fenómenos sociales, básicamente bajo la influencia expresa del francés Gustave Le Bon.

Leída desde semejantes parámetros, la presencia de las masas en la historia emerge como la de una fuerza tan fenomenal como vaciada de inteligencia. Si no por la razón, las muchedumbres están motorizadas por un puro instinto que las aproxima inexorablemente a la animalidad; puro inconsciente, "como las mujeres apasionadas", la hipertrofia de sus sentidos es el acompañante ineludible de su escasa capacidad reflexiva. Concebida la multitud de tal modo, y cruzando esta concepción con la teoría que Alfred Fouillée había sentado en 1893 en su Psichologie des Idées-forces (por la cual una idea, una vez implantada firmemente en la mente, tiende a convertirse por sí sola en acción), a la vez que dejando estipulado que el proceso imitativo circula de arriba hacia abajo, entonces las élites tienen la garantía de poder desempeñar un rol dirigente merced a la construcción de una cultura hegemónica.

Estas son las bases argumentativas por las cuales el discurso de Ramos Mejía sobre la inmigración puede contener una dosis de integracionismo paternalista que considera a los extranjeros como un aporte conflictivo aunque imprescindible para la consolidación de una nación moderna. Y no es que no existan remembranzas por ese interior de "vieja cepa" que ya ha comenzado a ser representado como un reservorio de virtudes morales ante el cosmopolitismo corruptor de Buenos Aires, [8]pero en Las multitudes argentinas esa sospecha eventualmente xenófoba se diluye frente a la incambiada confianza en la potencia integradora y pedagógica del ambiente argentino sobre la psicología del inmigrante. Como a la estatua de Condillac, que se iba dotando de sensaciones hasta devenir un ser humano --y según un modelo que en su estudio sobre Rosas revela los ecos explícitos de la Ideología en el Río de la Plata--, [9] al inmigrante arribado a la Argentina lo iban constituyendo en sujeto humanizado la luz de este cielo, "aquella nuestra sin igual llanura" y el sonido potente de la locomotora que arrastra el producto de una cosecha más que generosa.

Si no caben dudas de que es positivo este aporte de una multitud animada por la lógica del productivismo, por el contrario Ramos Mejía alerta respecto de dos males que dicho proceso puede y que conectan sus reflexiones con la antinomia entre virtud y afán adquisitivo antes señalada, porque también aquí resulta asociado el predominio de los valores del mercado con la pérdida de vitalidad de la sociedad. Y ello ocurre concretamente cuando se atraviesa la frontera de la producción y se pasa a la especulación, tal como lo indica el diseño que Las multitudes... corporiza en la figura del burgués aureus. Se trata de un caso dentro de la paleontología social que Ramos Mejía describe (junto con los tipos del guarango, el canalla, el huaso y el compadre), y que refiere al burgués que se enriquece con usura y permanece obstinadamente impermeable a las virtudes de la caridad y el patriotismo. Una vez enriquecido, "compra, con poca plata, naturalmente, un título: se llama algunas veces el alto comercio, por ejemplo [...] Almas desasidas de las cosas ideales que no dan plata, lo mismo es para ellos el despotismo que la libertad [...]". [10]

Como defensa contra este peligro antirrepublicano surge la necesidad de insuflar un élan penetrado de ideales como reaseguro de la conformación de una buena nacionalidad. Ya que mientras en las familias de abolengo se seguirían cultivando las virtudes austeras que alguien ejemplificaba en el modo de vida familiar de los Alsina, el extranjero en América --y especialmente en esa ciudad fenicia que es Buenos Aires-- se ve tentado por los cantos de sirena del enriquecimiento veloz y sin escrúpulos. Como este deseo de acumulación inmoderada no resultare suficientemente encauzado, "este burgués aureus, en multitud, será temible, si la educación nacional no lo modifica con el cepillo de la cultura y la infiltración de otros ideales que lo contengan en su ascensión precipitada hacia el Capitolio".

Formando sistema con esta figuración, lo que Ramos Mejía observa es que las multitudes de su presente son estáticas, caracterizadas por un exceso de razón y escepticismo, en tanto que una sociedad vivaz requiere del dinamismo del que estaban dotadas las multitudes del pasado, irracionales y dotadas de la voluntad de creer. Y si antes había definido a la multitud como compuesta de elementos dotados de una pasividad femenina, ahora se diferencia implícitamente una inconciencia femenina de otra masculina y por ende activa. Porque aquel sujeto así reducido a sus funciones casi vegetativas es, sin embargo, capaz de agruparse en multitud tanto para protagonizar actos de barbarie como de heroísmo, sanguinarios o piadosos, según las circunstancias.

Con este abordaje, Las multitudes argentinas respondía a la pregunta fin-de-siècle en torno del fantasma de la decadencia (que en clave biológico-positivista se nombraba como "degeneración") que asedia a las sociedades a partir de ciertos desarrollos de la modernidad: exceso de civilización, sofisticación en el consumo y el confort agravada por la vida en las grandes ciudades, que generan el empobrecimiento de la sangre, la disminución de la energía muscular, la perversión y el acentuamiento de un espíritu de análisis hiperracionalista que desemboca en el escepticismo, el nihilismo y la ruina de la voluntad. En rigor, este tópico, que opone al intelectualismo debilitante una "barbarie energizante", nuevamente se hunde en la larga duración de las mentalidades occidentales. Para los tiempos modernos ha sido señalado que ya en Gibbon se ve que algo se pierde con la desaparición de la barbarie, [11] pero en el horizonte de referencias más cercanas de Ramos Mejía dicho tema había sido difundido dentro de códigos ideológicos diferentes por los Ensayos de psicología contemporánea de Paul Bourget y por el exitoso libro Degeneración, de Max Nordau.

Naturalmente, Ramos Mejía traduce estas inquietudes al propio panorama argentino, definido centralmente por un proceso de modernización donde imperan pasiones del mercado fusionadas con la cuestión inmigratoria. Y es allí precisamente donde siente que el predominio excesivo de esas mismas prácticas económicas atenta contra la virtù (en el doble sentido de entrega republicana y de virilidad), esencial para el desarrollo de una nación y una nacionalidad que, prosiguiendo con el lenguaje androcéntrico, se quieren como "potentes".

Si las pasiones frías del mercado contienen entonces los gérmenes de la decadencia nacional, esa difícil situación se halla conectada con la modificación que ha experimentado el carácter de la multitud a lo largo de la historia patria. De allí que si la multitud de la emancipación era romántica, belicosa y emocional la de la tiranía rosista, y creyente y revolucionaria la que actuó hasta 1860, el estilo político posterior y el aluvión inmigratorio indujeron efectos de pasivización sobre la multitud moderna, y de tal manera quedó amenazada la potencia nacional. Ese inmovilismo hunde sus raíces en una ausencia de ideales públicos que marcha de la mano con el espíritu fenicio que las nuevas formas económicas han promovido en las grandes ciudades argentinas. Entonces la mirada de Ramos Mejía tuerce hacia las multitudes rurales del pasado argentino, en las que ubica esa capacidad de abnegación sin protesta que las llevó a desempeñar un papel también valorable en las guerras de la independencia y en las luchas civiles argentinas.

Para medir los cambios producidos dentro de las representaciones de la élite, puede apelarse otra vez a la confrontación de estas ideas con las de un momento del pensamiento alberdiano: aquél en que el autor de Las Bases había confiado más en el carácter apaciguador de las prácticas económicas que en la misma ciencia del derecho. Y es que "los derechos opuestos no pueden transigir sin traicionarse y faltar a la lógica, los intereses no están en ese caso: ellos pueden ceder y pactar (...)". [12]Se plegaba así Alberdi a los razonamientos de Adam Smith, allí donde la economía política se superpone con la ética y supone que los hombres, al buscar la maximización de su interés, "se comportan siempre de manera egoístamente racional, volviendo con esto previsible [...] el curso de su conducta". [13] De este modo, en la guerra de las pasiones las prácticas económicas conllevan el beneficio de constituir un individuo con pasiones frías y calculables, que así ofician como sustento para un orden social racional y pacífico.

Pero si ahora son esas pasiones calmadas del mercado las que para Ramos Mejía ya no sólo no garantizan el desarrollo deseado, sino que lo invierten riesgosamente, es allí donde se produce un llamamiento simbólico a las multitudes gauchas para que contribuyan a vigorizar con su contingente de sangre aséptica a las poblaciones urbanas, al modo como las descargas eléctricas de la atmósfera ejercen una acción purificadora en los imponentes trastornos del mundo primitivo. Y es en esa vitalidad que se identifica con los valores de la corporalidad en la que piensa cuando considera benéfico el influjo refrescante que pueden contener para la renovación de otras multitudes argentinas del porvenir. Ya en el pasado cree hallar la enseñanza de que, ante ciudades debilitadas por el drenaje de las guerras, también en la época de la independencia es verosímil que "esos bárbaros, físicamente tan vigorosos en su musculatura de hierro" aportaran "su contingente de sangre aséptica a las ciudades exhaustas". Ese ascenso de la barbarie habría hallado su punto culminante en la tiranía de Rosas, "que es la más genuina expresión de esa surabondance d'énérgie".

Pero el fin de siglo en que Ramos Mejía escribe lo remite a otra dicotomía que había construido en su revisión de la historia argentina. La Reconquista contra los invasores ingleses ya le había mostrado el espectáculo de que mientras "hervía en el seno de la muchedumbre el más vivo entusiasmo por la venganza, (...) las clases superiores y los burgueses ricos y meticulosos habían resuelto aceptar los hechos consumados". Ahora, en su propio presente, el predominio de los valores del mercado ha conducido a una "ausencia de la multitud política", y "este gris achatamiento político e intelectual en que vive, con ese corte fenicio que va tomando la sociedad metropolitana" --producto del sesgo adoptapor el proceso inmigratorio-- amenaza "quitarnos la fisonomía nacional". [14]

Al final de este recorrido por Las multitudes argentinas nos encontramos de tal modo con el diagnóstico y con los fundamentos ideológicos en los que el mismo se apoyó. No ingresaremos en la terapéutica propuesta, pero se sabe de qué modo, para conjurar aquel debilitamiento, Ramos Mejía apostó a la educación como resorte de nacionalización de las masas. Si lo hizo fue porque lo sostenía la confianza de que las pasiones patrióticas podían ofrecer un dique y un cauce a las pasiones frías del mercado.

 

Notas

1
Véase "Los juegos florales en Buenos Aires", en E. Quesada, Reseñas y críticas, Buenos Aires, Félix Lajouane, 1893, p. 145. 
2
A. Latino (seud. de José Ceppi), Tipos y costumbres bonaerenses[1886], Madrid, Hispamérica ediciones, 1984, pp. 13-14. 
3
"El comercio corrompe las costumbres puras; éste era el motivo de las quejas de Platón [...]" (Montesquieu, Del espíritu de las leyes, Ed. Orbis-Hyspamérica, Buenos Aires, 1984, v. II, p. 274). En los albores de la Edad Media cristiana, San Agustín proseguirá estos lineamientos al ubicar el deseo de posesiones económicas como uno de los tres principales pecados del hombre caído. Véase Remo Bodei, Geometría de las pasiones, México, FCE, 1995, p. 13, y A.O. Hirschman, The Passions and the Interests, Princeton University Press, 1981, pp. 9 y 10. 
4
J.G.A. Pocock, Virtue, Commerce and History, Cambridge University Press, 1985, p. 104. 
5
J.G. Merquior, Liberalismo viejo y nuevo, FCE, México, 1991, p. 99. 
6
Montesquieu, op. cit., v. II, p. 274. 
7
Pocock, op. cit., pp. 122 y 114. 
8
"Y la verdad es que, cuando en esta ciudad multicolor y cosmopolita en demasía, uno se traslada a la tranquila ciudad del interior, siente al alma que levanta sus alas suavemente acariciada por el recuerdo de la vieja cepa; percibe algo que semeja la fresca brisa de la infancia cantando en la memoria multitud de recuerdos amables. Sí: aquella casa vieja, aquella familia sencilla y distinguidísima, en medio de su patriarcal bonhomía, es la nuestra [...]" (Las multitudes argentinas, Tor, Buenos Aires, 1956, p. 186). 
9
"[...] aquella vida inconsciente, obscura, que como el 'moi d'habitude' de Condillac empleamos en los procesos ordinarios", J.M. Ramos Mejía, "Rosas y su tiempo" [1907], en Obras completas, Editorial Científica y Literaria Argentina Atanasio Martínez, Buenos Aires, 1927, t. III, p. 402. 
10
Las multitudes argentinas, p. 199. El subrayado es de Ramos Mejía. 
11
Y esto que se pierde es el "honor" bárbaro, por lo cual el proceso de la civilización es al mismo tiempo un proceso de corrupción (Pocock, op. cit., p. 118). Véase asimismo N. Elias, El proceso de la civilización, passim. 
12
"La ciencia del derecho hará mucho en este sentido, pero más hará el comercio, pues el mundo es gobernado, en sus grandes direcciones, más bien por los intereses que por las ideas" ("El crimen de la guerra" [1869], en Escritos póstumos, t. II, pp. 105 y 220). 
13
R. Bodei, op. cit., p. 19. 
14
Las multitudes argentinas, pp. 57, 166, 140, 217 y 207. 




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