La tensión entre tradiciones particularistas y modernas coerciones universalistas: el caso boliviano
H. C. F. Mansilla CEBEM-Bolivia

Aspectos generales y teóricos de la temática

Se puede afirmar que en casi todos los países del así llamado Tercer Mundo la situación contemporánea está signada, entre otros problemas, por la existencia de dos grandes conflictos trabados inextricablemente entre sí: la pugna entre la preservación de lo propio y la adopción de lo ajeno y la contienda entre valores particularistas y coerciones universalistas. Se trata de la lucha entre la conservación de la tradicionalidad y los intentos de alcanzar la modernidad a la brevedad posible. No hay duda de que estas sociedades adoptan lenta pero seguramente numerosos rasgos básicos del mundo occidental, lo que tiene una relevancia decisiva para la configuraciones de las identidades colectivas del presente. [1]

 

Las élites (en sentido económico y educativo) configuran los vehículos más rápidos y eficaces para la diseminación de losstandards de la modernidad y de los valores universalistas que se originaron en el seno de la civilización occidental. Así sea bajo la forma de modas efímeras, las llamadas clases altas son las primeras en abrazar --y de manera entusiasta-- las pautas de comportamiento y las ideas prevalecientes en las sociedades metropolitanas del Norte, que poco a poco llegan a ser vistas como normativas, más o menos propias, de las naciones periféricas. La preservación de la tradicionalidad queda restringida a los estratos sociales de ingresos inferiores y menor acceso a la educación formal contemporánea, estratos que en toda el área andina, México y América Central, engloban a dilatados sectores indígenas.

Aquí se manifiesta toda la conocida gama de fenómenos de alienación: la conciencia colectiva sufre la escisión entre la antigua armonía social, cultural y económica de la época premoderna, que se desarrolló lenta y orgánicamente, por un lado, y la pluralidad, renovada incesantemente, de acciones colectivas y valores de orientación de la era moderna, por otro. La cosmovisión compartida hasta hace poco por la mayoría de la población latinoamericana era relativamente simple, unitaria y englobante: entre sus valores fundamentales se hallaban una religiosidad practicada consuetudinariamente, la familia extendida, la jerarquías sociales basadas en la tradición histórica y en el origen social familiar de sus miembros y las obligaciones mutuas sancionadas por una ética venerable y un control social bastante estricto. La incursión de la modernidad significa ahora la confrontación cotidiana y cambiante con mensajes disímiles, normativas divergentes y paradigmas foráneos, lo que genera los modernos fenómenos de enajenación, por un lado, y la introducción de valores normativos como el principio de rendimiento, el enriquecimiento individual, la familia nuclear y el consumismo masivo, por otro.

Esta evolución ha tenido consecuencias decisivas sobre la identidad colectiva. [2] Aun sin ingresar en la confusa y tediosa temática de las identidades individuales y sociales, no cabe duda de que la conformación de un grupo social más o menos sólido depende de sus vínculos con los otros y lo Otro: [3] el concepto de identidad sólo tiene sentido, como dijo Theodor W. Adorno, cuando se refiere a lo no idéntico. [4] En la Fenomenología del espíritu, Hegel concibió la certidumbre incontaminada por la experiencia del Otro como la forma más abstracta y más pobre de la verdad. [5] La conciencia de sí mismo, en cambio, es aquella que se pierde en el Otro y por ello se reconoce a sí misma en la alteridad. [6] De acuerdo a Hegel, lo propio recién puede ser conocido y llegar a ser familiar si lo podemos reconocer en el seno de lo ajeno. El éxito del proceso identificatorio se da superando la cualidad de la alteridad absoluta: lo ajeno es, en el fondo, lo que aún no ha sido comprendido del todo. En la confrontación con el Otro, el sujeto tiende a percibirlo primeramente como lo extraño, pero el reconocimiento de lo propio en medio de lo ajeno es paradójicamente lo que permite un conocimiento cabal de uno mismo: un reconocimiento de lo familiar e íntimo en el marco de lo extraño y lejano. [7] El hecho de que lo Uno pueda derivarse, así sea parcialmente, de lo Otro es lo que constituye una de las experiencias cognoscitivas más valiosas y perdurables.

Los antecedentes del caso boliviano

El espacio geográfico que hoy cubre la República de Bolivia ha desarrollado, a pesar de todas las corrientes centrífugas y los avatares del destino histórico, una identidad socio-cultural relativamente sólida. Esta identidad más o menos estable no estaba garantizada ni por la diversidad geográfica, ni por la variada composición étnica, ni menos aún por las erráticas direcciones políticas que tuvo la república desde su fundación en 1825. Ha sido, como la gran mayoría de las creaciones histórico-culturales, la obra de muy distintos factores y hasta de la contingencia.

 

El Imperio Incaico conquistó y unificó un territorio inmenso y hasta entonces políticamente desarticulado, imponiendo usos y costumbres uniformes y, parcialmente, una lengua común. Esta tarea homogeneizadora fue continuada por la administración española, que se distinguió por la integración de regiones bastante separadas entre sí y por la incipiente apertura de las zonas tropicales del Oriente. A la formación de una identidad específica altoperuana, y luego boliviana, ha contribuido la energía civilizatoria irradiada por la existencia de centros urbanos relativamente grandes, que desde la época colonial constituyen las cabezas de la división administrativa actual. La integración de las comunidades aborígenes y el surgimiento de una identidad colectiva no basada más en el predominio de los blancos y, simultáneamente, el intento de modernizar la sociedad boliviana mediante la acción gubernamental han sido los efectos premeditados de la llamada Revolución Nacional [8] de 1952.

Lo que se puede observar hoy en día es una rápida ocupación poblacional del espacio físico de parte de una comunidad económicamente dinámica, socialmente compleja y étnicamente heterogénea, comunidad que ha desplegado, sin embargo, una identidad cultural bastante firme, aunque conformada mayormente por la imitación acrítica de las metas normativas de la civilización metropolitana occidental. La catástrofe ecológica que esta evolución lleva consigo no desmerece la edificación de esa identidad sincretista, cuya durabilidad no debe ser subestimada, y donde se entrecruzan simultáneamente las variables del particularismo y el universalismo y los imperativos de la tradición y la modernidad.

Formación del Estado nacional y consolidación de la identidad social

El establecimiento de una identidad colectiva relativamente estable y la ya mencionada obra de la contingencia histórica, no son fenómenos excluyentes. El caso boliviano se inserta, en realidad, en un cuadro muy usual de la constitución de grandes unidades nacionales donde la casualidad juega un rol significativo, unida, por supuesto, a otros factores determinantes de origen social y económico. Por ello es conveniente echar un vistazo recordando los decursos evolutivos bajo los cuales se conforman los Estados nacionales. (a) Estas instituciones han sido, por ejemplo, producidas por el paulatino crecimiento orgánico histórico de una colectividad con raíces y tradiciones comunes, con una lengua y un aparente modo de ser que las diferencia de las demás y especialmente de los pueblos vecinos. La nación engendra el Estado. Se supone que este procedimiento es el que ha prevalecido en Europa Occidental. (b) Otra vía es aquella que se ha dado en el Nuevo Mundo, en África y en regiones de colonización europea: una estructura estatal, existente, así sea embrionariamente en el momento de la independencia, actúa como núcleo organizador de la nación y logra irradiar, al cabo de algunas décadas, la conciencia de una identidad colectiva propia, la cual, con el paso del tiempo, adquiere la reputación de lo nacionalmente auténtico, inconfundiblemente propio y avalado por una larga historia. (c) La libre voluntad colde dotarse de una estatalidad propia y de una identidad grupal distinta a la de las comunidades contiguas constituye otro camino de la formación de Estados, probablemente el menos habitual: la decisión de los involucrados, expresada en un consenso ciudadano más o menos explícito, configura una especie de plebiscito fundacional, sobre el cual se basa la legitimidad posterior del Estado respectivo.

 

Lo más probable es, sin embargo, que la inmensa mayoría de las naciones existentes, y entre ellas Bolivia, se haya formado de acuerdo a una combinación aleatoria de estos tres procedimientos o simplemente según la obra de la casualidad histórica. Un análisis desapasionado podría mostrar que aun en el mejor de los casos, en el del "despliegue orgánico histórico" de la nacionalidad, la extensión física del Estado, la cantidad de subgrupos étnicos y los elementos culturales y hasta lingüísticos que ahora están englobados en la nación contemporánea, han ido cambiando a lo largo de los siglos y que su estructura actual tiene poco que ver con la de origen. Comunidades aborígenes que tenían una identidad común, como las etnias aymará y guaraní, han sido desgarradas por conflictos provenientes de afuera y pertenecen ahora a distintos países, a los cuales se han integrado obligadamente.

Algo semejante puede aseverarse del desarrollo de los Estados como instituciones. Aquellos que en América Latina fueron moldeados por los avatares de la Guerra de la Independencia, y siguiendo los límites dejados por la administración colonial, han exhibido una notable fortaleza y coherencia: siguiendo una dinámica autónoma de evolución, estos Estados han logrado consolidar su frágil contextura inicial, han erigido administraciones bastante dilatadas (aunque, como se sabe, ineficientes y corruptas) y han motivado un sentimiento de pertenencia colectiva que hoy puede ser calificado como una identidad nacional relativamente sólida y estable. Este parece haber sido el caso boliviano, aunque la historiografía del país celebra la declaración de la independencia mediante una asamblea constituyente en 1825 como un plebiscito fundacional y legitimatorio.

De todo esto se puede inferir lo siguiente: es imposible establecer leyes históricas de validez incuestionable acerca de la formación y evolución de los Estados nacionales y de las identidades colectivas. Los nexos entre Estado e identidad están sometidos igualmente a decursos aleatorios. Todo esto no es, empero, un obstáculo para que bajo ciertas circunstancias los Estados y las identidades nacidas de la manera más fortuita puedan desplegar una notable fortaleza y longevidad. Asimismo se puede constatar que grupos sociales relativamente pequeños, cuando no insignificantes, suscitan de modo inesperado grandes movimientos reivindicatorios, sangrientos y persistentes, que terminan por cambiar la historia de una región. Tampoco existe, por consiguiente, una sola estrategia adecuada para afrontar corrientes autonomistas, regionalistas y nacionalistas de cuño violento e intolerantes para con los disidentes dentro de la propia comunidad, que justifican su actitud con la pretensión de restaurar una identidad colectiva sojuzgada por algún centralismo imperialista. Parece que los Estados más exitosos en este campo son aquellos que logran convertir las demandas étnico-culturales o separatistas en intereses políticos "normales", de acuerdo con la democracia pluralista moderna, que evitan los extremos de una incoherencia inestable y de una burocratización asfixiante y que respetan autonomías de todo tipo mediante fórmulas de libre asociación, descentralización efectiva y devolución de derechos históricos tolerables para la realidad contemporánea. La evolución del caso boliviano en los últimos años se inscribe parcialmente en esta especie de tradición pragmática.

Mestizaje y aculturación

La historia boliviana, como cualquier otra, puede ser vista como una serie interminable de fenómenos de mestizaje y aculturación. Además de las innumerables mezclas étnicas, se han dado variados procesos mediante los cuales la Bolivia contemporánea ha recibido la influencia de la cultura metropolitana occidental, que ha sido percibida como militar, técnica y organizativamente superior a la sociedad premoderna, siendo la consecuencia una simbiosis entre los elementos tradicionales y los tomados de la civilización triunfante. [9] Cultura significa también cambio, contacto con lo foráneo, comprensión de lo extraño. El mestizaje puede ser obviamente traumático, [10] pero también enriquecedor. Se podría aseverar que las sociedades más exitosas, como las de Europa Occidental, han sido aquellas que han experimentado un número relativamente elevado de procesos de aculturación. El tratar de volver a una identidad previa a toda transculturación es, por lo tanto, un esfuerzo vano, anacrónico y hasta irracional: se puede pasar rápidamente de las reivindicaciones anti-imperialistas a las obsesiones nacionalistas y a las limpiezas étnicas. En el futuro lejano esta posibilidad no puede ser excluida totalmente de la realidad boliviana.

 

En el área andina estos decursos evolutivos han exhibido una enorme complejidad. [11] Desde un comienzo se han dado diversas opciones para enfrentar el fenómeno de la presencia del conquistador exitoso aunado al inevitable proceso de aculturación. Entre ellas se encuentran, por ejemplo, (A) la permanencia apática dentro de lo predeterminado por los agentes externos y el propio destino de frustración; (B) la rebelión, habitualmente inútil, de los aborígenes asediados por la obsesión de un retorno a la identidad primigenia; y (C) el intentar un camino que combine el legado de los mayores con los avances civilizatorios de las sociedades exitosas del momento. Esta última posibilidad es la practicada en suelo boliviano: el resultado puede ser descrito como una senda de desarrollo sincretista que preserva algunos fragmentos de un legado tradicional con tendencias particularistas y adopta algunos elementos de la civilización moderna, de índole universalista. Se vislumbra en Bolivia una interesante amalgama entre una defensa parcial de la propia tradición cultural y una apropiación lamentablemente aý crítica de los elementos técnico-económicos de la civilización industrial de Occidente.

El rechazo del universalismo a causa de su presunto carácter eurocéntrico o su talante imperialista se conjuga con la búsqueda de una identidad cultural primigenia, que estaría en peligro de desaparecer ante el avasallamiento de la moderna cultura occidental de cuño globalizador. Esta indagación, a veces dramática y a menudo dolorosa para las comunidades afectadas, intenta en el caso boliviano desvelar y reconstruir una esencia étnica y cultural que confiera características indelebles y, al mismo tiempo, totalmente originales a los grupos étnicos que se sienten amenazados por la exitosa civilización moderna. Este esfuerzo puede ser calificado de traumatizante y de inútil: los ingredientes aparentemente más sólidos y los factores más sagrados del acervo cultural e histórico del actual espacio boliviano resultan ser una mixtura deleznable y contingente de elementos que provienen de otras tradiciones nacionales o que tienen una procedencia común con los más diversos procesos civilizatorios. La quintaesencia identificatoria nacional o grupal, reputada como algo primordial, básico e inalterable, sólo puede ser definida y comprendida con respecto a lo complejo, múltiple y cambiante que está encarnado en lo Otro, es decir en los elementos determinantes de las culturas ajenas y hasta hostiles. Este ejercicio de búsqueda de lo auténtico y propio tiene efectos traumáticos, porque pone de relieve el hecho de que el núcleo cultural que puede ser considerado efectivamente como la identidad nacional incontaminada, constituye un fenómeno de poca importancia y extensión. Pero es simultáneamente una ocupación que goza del favor popular, pues en las capas más profundas de la conciencia colectiva se halla el propósito perseverante de aprehender y consolidar algo estable que dé sentido a las otras actividades humanas y que pueda ser percibido orgullosa y favorablemente cel alma inmutable de la comunidad donde se vive y se sufre.

La compleja dialéctica entre modernidad y tendencias indigenistas

En Bolivia hay algunos movimientos indigenistas e indianistas que propagan un etnocentrismo acendrado y hasta un racismo excluyente, acompañados por el designio de revitalizar las antiguas religiones, lengua y costumbres. Después de largos siglos de amarga humillación y explotación despiadada, es comprensible que surjan corrientes de estas características, [12] que se consagran a una apología ingenua del estado de cosas antes de la llegada de los conquistadores españoles. Pero a pesar de todo ello, las coerciones de la técnica moderna, la irradiación de valores normativos desde los centros metropolitanos y la necesidad de cohabitar con los mestizos y blancos han llevado a que una porción considerable de estos movimientos ingrese en la senda de la moderación y el compromiso, reconociendo (a) la realidad inexorable de una sociedad multinacional y pluricultural, (b) la validez y bondad de los valores universales y (c) las ventajas de la cooperación con las otras comunidades étnico-culturales. [13] El camino más promisorio parece ser el de aceptar la diversidad dentro de la unidad del actual Estado boliviano, máxime si los gobiernos a partir de 1982 parecen haber abandonado todo proyecto unificador y homogeneizante que privilegie una sola identidad nacional. La senda del presente podría ser descrita como tolerarse y respetarse, aun sin entenderse del todo; por lo menos se tiende a dejar de lado la vieja propensión de imponer por la fuerza la civilización de los blancos y mestizos, lo que causó como respuesta que las diferencias culturales fueran vistas como antagónicas y mutuamente excluyentes. [14] Este proceso se lleva a cabo a pesar de que la legislación boliviana hasta 1994 no reconoció a los indios en cuanto nacionalidades propias o comunidades autónomas, sino sólo como individuos. [15] Recién ahora países como Bolivia y el Brasil han dado los primeros pasos para el reconocimiento jurídico-constitucional de pueblos y territorios indígenas, pero esta medida se ve y se verá fuertemente contrarrestada por la difusión de las normas y los valores modernos de orientación, por la expansión implacable de la llamada frontera agrícola, por la búsqueda cada día más intensa de recursos naturales y finalmente por la inmensa presión demográfica. No son, por ejemplo, únicamente los blancos en cuanto representantes de la civilización invasora del Norte, sino mestizos de todo tipo y los indígenas provenientes de las tierras altas los que amenazan con destruir para siempre la identidad y los modelos sociales de las tribus selváticas, los territorios, la fauna y los grandes bosques de las regiones amazónicas. En nombre del progreso y la civilización, es decir, en nombre de valores compartidos por las más diversas tendencias sociales y políticas, se está cometiendo un cierto etnocidio unido a una irreversible devastación de dilatados ecosistemas tropicales.

 

Ahora bien: a las corrientes nacionalistas, regionalistas y particularistas de todo tipo y, en el caso boliviano, a las etnias originarias, les asiste cierto derecho. En una época de fronteras permeables, de un sistema global de comunicaciones casi totalmente integrado y de pautas normativas universales, nace la voluntad de oponerse a las corrientes de uniformamiento y despersonalización. La legítima aspiración de afirmar la propia identidad socio-cultural puede, sin embargo, transformarse rápidamente en una tendencia xenófoba, racista, agresiva y claramente irracional, que a la postre pretende la aniquilación del Otro y de los otros.

Precisamente las peculiaridades de la evolución boliviana parecen alejarse de esta última alternativa. Aquí los grupos étnicos, discriminados prima facie por la modernización universalista occidental, comienzan a darse cuenta de las ventajas que, en el fondo, conlleva esta corriente para defender sus intereses y acrecentar su participación en los usualmente magros frutos del crecimiento económico técnico. [16] Es por eso que los movimientos indigenistas han tomado paulatinamente un giro pragmático y conciliador; su exponente más conocido es el líder del katarismo moderado, Víctor Hugo Cárdenas, quien fue vicepresidente de la República de 1993 a 1997. [17] El gobierno del General Hugo Banzer, a partir de agosto de 1997, ha continuado la política de integrar selectivamente a los grupos afines a ideologías indigenistas e indianistas: a la actual coalición gubernamental pertenecen la fracción katarista de Fernando Untoja [18] y el partido populista CONDEPA (Conciencia de Patria), de fuerte implantación entre la etnia de los aymarás (departamento de La Paz). El nuevo gobierno trata activamente de llegar a un compromiso aceptable con los campesinos indígenas productores de coca, lo que representa, como se sabe, el mayor problema interno boliviano de las últimas décadas. [19]

El relativo éxito del régimen democrático representativo, [20] restaurado en Bolivia en 1982, ha significado una seria declinación de la concepción indigenista de una democracia directa, participativa y comunitaria, basada aparentemente en viejas tradiciones socio-políticas de las etnias originarias. [21] Sólo reducidos grupos extremistas pretenden recrear las comunidades campesinas precolombinas, de índole colectivista, para que actúen como núcleos paradigmáticos de una sociedad perfecta, sin los defectos que están presuntamente vinculados con todas las formas del odiado "capitalismo" occidental. La corriente moderada ya no propugna la edificación de una comunidad homogénea basada en la pureza étnica de los grupos aborígenes, sino una sociedad compleja y cambiante con amplia tolerancia para todas las razas, las clases sociales y los niveles civilizatorios.

En el caso boliviano se tiende a abandonar también el "modelo mestizo homogéneo", [22] que era uno de los rasgos centrales y aparentemente modernizantes de la llamada Revolución Nacional de 1952. Este ensayo de un nacionalismo antioligárquico y abiertamente desarrollista pretendía crear ciudadanos jurídicamente iguales, pero culturalmente uniformes: bolivianos por antonomasia, preocupados exclusivamente por la construcción de una nación socialmente justa y económicamente adelantada. La realidad de las últimas décadas ha desmentido aquel designio de marxistas revolucionarios, liberales autoritarios e iluminados en función gubernamental, designio que propugnaba el igualar a la fuerza a todos los ciudadanos de acuerdo con criterios culturales y educativos dictados desde arriba y desde el centro. La evolución histórica ha mostrado más bien la supervivencia de las tradiciones étnico-culturales paralelamente al desenvolvimiento de la moderna racionalidad técnico-económica; se han dado, además, nuevos fenómenos en el marco de varias "culturas mestizas" de inusitado vigor, sobre todo en los terrenos de las artes plásticas, la música, el cine y las artesanías. Reformas político-institucionales [23] a partir de 1994, que otorgan una importancia creciente a los municipios y a las comunidades indígenas rurales, han contribuido a revitalizar elementos de un modo de vida distinto del occidental moderno urbano.

La instauración de un régimen estable de democracia pluralista y representativa a partir de 1982, la introducción de la economía de libre mercado y el discurso multiculturalista, en conjunción con las reformas políticas de 1994, han favorecido un sistema híbrido, en el que conviven de manera paradójica las ya mencionadas tendencias dispares: la uniformización según parámetros occidentales modernos y el renacimiento de las culturas indígenas premodernas. A esto ha coadyuvado poderosamente la evolución de la juventud actual, que ha gozado de una mejor educación que sus progenitores, vive mayoritariamente en centros urbanos, tiene más acceso a la formación universitaria y habla castellano en proporción más elevada que las generaciones anteriores. [24] Esta juventud parece ser más tolerante frente al pluralismo cultural (y político), pero simultáneamente más propensa a imitar pautas foráneas de comportamiento que población boliviana de edad avanzada.

Pero aún falta mucho por hacer en este sentido: como escribió Carlos F. Toranzo Roca, lo necesario ahora sería "el reconocimiento democrático del reino de la diversidad", [25] ya que en Bolivia las estructuras fundamentales del poder político y de la organización económica no son todavía genuinamente diversas y traen consigo enormes desventajas para las etnias aborígenes. [26]

Conclusiones provisionales

En el heterogéneo espacio físico del actual territorio boliviano se puede percibir la construcción de una identidad socio-cultural de cuño sincretista, cuya viabilidad histórica no parece ser reducida. El indigenismo moderado en Bolivia en particular, y las tendencias autoctonistas en general, pretenden una síntesis entre el desarrollo técnico-económico moderno, por un lado, y la propia tradición en los campos de la vida familiar, la religión y las estructuras socio-políticas, por otro. Es decir, aceptan acríticamente los últimos progresos de la tecnología, los sistemas de comunicación más refinados provenientes de Occidente y sus métodos de gerencia empresarial, por una parte, y preservan, por otra, de modo igualmente ingenuo, las modalidades de la esfera íntima, las pautas colectivas de comportamiento cotidiano y las instituciones políticas de la propia herencia histórica conformada antes del contacto con las potencias europeas. La consecuencia de estos procesos de aculturación, que siempre van acompañados por fenómenos de desestabilización emocional colectiva, se traduce en una irritante mixtura que puede ser descrita como una extendida tecnofilia en el ámbito económico organizativo, complementada con la conservación de modos de pensar y actuar premodernos, particularistas (en sentido negativo) y francamente retrógados en los otros campos de la vida humana. El resguardar y hasta consolidar la tradición socio-política del autoritarismo tiene, entonces, la función de proteger una identidad colectiva en peligro de desaparecer (barrida por los valores universalistas propagados por los medios contemporáneos de comunicación), de hacer más digerible la adopción de parámetros modernos en otras esferas de la actividad social y mantener un puente entre el acervo cultural primigenio y los avances de una modernización considerada como inevitable.

 

A lo largo de la historia universal han existido muchos intentos de legitimar estos regímenes híbridos y de justificar la mencionada adopción parcial y parcializante de la civilización occidental. En Bolivia hay una tendencia socio-cultural a diferenciar entre la religión, la cultura, la filosofía y la política de los "gringos", [27] por un lado, y sus técnicas industriales, por otro. Lo primero debía ser rechazado tajantemente, pues sería el núcleo de una sociedad aborrecible, pero lo segundo constituiría lo "aprovechable" de la misma, que podía ser utilizado sin contaminar la identidad de la cultura endógena. El resultado es una modernidad imitativa, que adapta más o menos exitosamente algunos rasgos de la sociedad industrial moderna, rasgos que pueden ser resumidos bajo la categoría de una racionalidad meramente instrumental.

Se puede afirmar, por consiguiente, que la actual ola en pro de la recuperación de tradiciones endógenas en el plano socio-cultural pretende, en el fondo, consolidar identidades colectivas devenidas precarias; estos intentos no han podido o no han sabido crear modelos verdaderamente diferentes con respecto a las exitosas naciones metropolitanas de Occidente, sobre todo en lo concerniente a las últimas metas normativas que hoy en día definen lo que es "desarrollo": modernización, alto nivel masivo de vida, tecnificación en un contexto urbano y un Estado nacional más o menos eficiente. Lo Otro, que para las etnias aborígenes era consuetudinariamente lo Occidental, ha sido acogido por ellas en forma entusiasta y convertido en un valor normativo de primer orden. En este aspecto, las comunidades aborígenes siguen la pauta establecida por la élite blanca y los grupos mestizos del país, que siempre se han sentido próximos a una selección de los valores metropolitanos occidentales, selección que ha demostrado ser arbitraria: se adopta la más moderna tecnología, pero no así el espíritu crítico y científico que la ha posibilitado. En esta época de presurosas adopciones de las más disímiles herencias civilizatorias e intercambios culturales incesantes con las naciones más lejanas, es arduo establecer qué podría ser efectivamente la alteridad socio-histórica para la conciencia colectiva boliviana. La confrontación entre lo propio y lo ajeno tiende a diluirse en un mar de ambigüedades donde todo vale.

A fines del siglo XX, después de haber experimentado los horrores asociados a un racionalismo exclusivamente instrumentalista y a un fundamentalismo antihumanista, lo más razonable parece ser una síntesis entre principios universalistas y valores particularistas, que por un lado logre preservar elementos identificatorios aceptables de las tradiciones de cada pueblo y, por otro, pueda generalizar lo positivo de la civilización occidental. Lo rescatable del mundo premoderno reside, como ya se mencionó, en su heterogeneidad, su polifonía y su colorido, es decir, en aquello que puede servir aún de freno a la monotonía de la sociedad enteramente modernizada, a sus standards implacables, exentos de toda estética, y a su uniformidad vacía de sentido de la vida. Lo que se precisa es algo que nos haga comprender lo valioso de aquellas sociedades hoy calificadas despectivamente de arcaicas, primitivas y atrasadas, y lo negativo de un universalismo anónimo y frío, que es un modo de controlar y dominar todo aspecto de vida humana, un universalismo tecnocrático que termina por desechar al mismo tiempo lo rescatable de la Ilustración y el racionalismo: el espíritu crítico científico, la democracia parlamentaria y representativa, el respeto al individuo y la moral universalista.

 

NOTAS

    1
    Cf. los sugerentes trabajos de J.M. Briceño Guerrero, El laberinto de los tres minotauros, Caracas: Monte Ávila 1994; Jorge Larraín Ibáñez, "La identidad latinoamericana: teoría e historia, en: Estudios Públicos (Santiago de Chile), Nº 55, 1994; Larraín, Ideology and Cultural Identity, Cambridge: Polity 1994; Bernhard Giesen (comp.), Nationale und kulturelle Identität: Studien zur Entwicklung des kollektiven Bewußtseins in der Neuzeit (Identidad nacional y cultural: estudios sobre el desarrollo de la conciencia colectiva en la era moderna), Frankfurt: Suhrkamp 1991. 
    2
    Sobre la identidad en cuanto relación y reacción de un organismo con respecto a sí mismo, cf. Sheldon Stryker, "Die Theorie des symbolischen Interaktionismus" (La teoría del interaccionismo simbólico), en: Manfred Auwärter / Edit Kirsch / Klaus Schröter (comps.), Seminar: Kommunikation, Interaktion, Identität (Seminario: comunicación, interacción, identidad), Frankfurt: Suhrkamp 1977, pp. 2-67; Charles Taylor, Sources of the Self. The Making of the Modern Identity, Cambridge (M): Harvard U.P. 1989. 
    3
    En torno a la temática del Otro en las ciencias políticas latinoamericanas cf. Enrique Serrano Gómez, "Las figuras del 'otro' en la dimensión política. La dimensión moral del conflicto político, en: Estudios Políticos (Medellín), Nº 10, enero/junio de 1997, pp. 11-33; sobre el descubrimiento del Otro y de lo Otro y lo que esto significa para la comprensión de sí mismo, cf. Peter Soehlke Heer, El Nuevo Mundo en la visión de Montaigne o los albores del anticolonialismo, Caracas: Universidad Simón Bolívar 1993, p. 193, obra que tematiza esta relación con respecto al primer gran pensador que se preocupó por ella en el contexto del mundo extra- europeo: Michel de Montaigne. 
    4
    Theodor W. Adorno, Philosophische Terminologie (Terminología filosófica), Frankfurt: Suhrkamp 1974, t. II, p. 135. Esta concepción está basada en la obra de Georg Wilhelm Friedrich Hegel,Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften im Grundrisse. Erster Teil: Die Wissenschaft der Logik (Enciclopedia de las ciencias filosóficas en compendio. Primera parte: la ciencia de la lógica), en: He, Werke in zwanzig Bänden (Obras en 20 tomos), compilación de Eva Moldenhauer y Karl Markus Michel, Frankfurt: Suhrkamp 1970, vol. 8, pp. 236-240. 
    5
    G.W.F. Hegel, Phänomenologie des Geistes (Fenomenología del espíritu), en: Hegel, Werke..., ob. cit. (nota 4), vol. 3, pp. 82, 137, 143. Sobre la diferencia entre los distintos niveles cognoscitivos, cf. el brillante pasaje de Hegel en: ibíd., p. 35; cf. también el comentario más importante: Alexandre Kojève,Hegel. Eine Vergegenwärtigung seines Denkens. Kommentar zur Phänomenologie des Geistes (Hegel. Un compendio de su pensamiento. Comentario a la Fenomenología del espíritu), Stuttgart 1958. 
    6
    Hegel, ibíd., p. 146. 
    7
    G.W.F. Hegel, Texte zur philosophischen Propädeutik (Textos sobre la propedéutica filosófica), en: Hegel, Werke..., ob. cit. (nota 4), vol. 4: Nürnberger und Heidelberger Schriften, 1808-1817 (Escritos de Nürnberg y Heidelberg 1808 1817), p. 78 sq. Cf. también: Anke Thyen, "Das Eigene und das Fremde oder Über universelle Gerechtigkeit" (Lo propio y lo ajeno o sobre la justicia universal), en: Zeitschrift für Didaktik der Philosophie und Ethik, vol. 16, Nº 1, febrero de 1994, p. 7 ss. 
    8
    Sobre la "Revolución Nacional" de 1952, cf. los dos estudios principales: James M. Malloy, Bolivia: The Uncompleted Revolution, Pittsburgh: Pittsburgh U.P. 1970; James M. Malloy / Richard S. Thorn (comps.), Beyond the Revolution. Bolivia since 1952, Pittsburgh: Pittsburgh U.P. 1971. 
    9
    Cf. Elizabeth Arrázola, "Impacto de la identificación étnica en las decisiones del Estado boliviano", en: H.C.F. Mansilla / María Teresa Zegada (comps.), Política, cultura y etnicidad en Bolivia, La Paz: CEBEM/CESU 1996, pp. 7-24. 
    10
    Sobre el proceso de mestizaje, cf. Roger Bastide, El prójimo y el extraño. El encuentro de las civilizaciones, Buenos Aires: Amorrortu 1973; Julio Cotler, Clase, Estado y nación en el Perú, Lima: IEP 1992; Alberto Flores Galindo, Buscando un inca: identidad y utopía en los Andes, Lima: Instituto de Apoyo Agrario 1987; Tzvetan Todorov, La conquête de l'Amérique. La question de l'autre, París: Seuil 1982; Nathan Wachtel, Los indios del Perú frente a la conquista española, Madrid: Alianza 1976. 
    11
    Cf. William Torres Armas, "El tema étnico en el debate actual", en: H.C.F. Mansilla / María Teresa Zegada (comps.), ob. cit. (nota 9), pp. 49-74. 
    12
    Cf. Silvia Rivera Cusicanqui, Oprimidos pero no vencidos, La Paz: HISBOL 1984; Rivera Cusicanqui, "La raíz: colonizadores y colonizados", en: Xavier Albó / Raúl Barrios Morón (comps.),Violencias encubiertas en Bolivia, La Paz: CIPCA/ARUWIYIRI 1993; Ricardo Calla Ortega, "Identificación étnica y procesos políticos en Bolivia", en: Alberto Adriantzén et al.Democracia, etnicidad y violencia política en los países andinos, Lima: IFEA/IEP 1993. 
    13
    Cf. Antonio Otazo, "El katarismo hacia el universalismo", en: Presencia (La Paz), 8 de julio de 1993; José Alcina Franch (comp.), Indianismo e indigenismo en América, Madrid: Alianza 1990, passim. 
    14
    Esta ha sido también la propuesta del gran investigador mexicano Guillermo Bonfil Batalla, Utopía y revolución. El pensamiento político contemporáneo de los indios en América Latina, México: Nueva Imagen 1981; Bonfil, Identidad y pluralismo cultural en América Latina, San Juan: Universidad de Puerto Rico 1992. Cf. sobre esta temática: Jorge Vergara Estévez / Jorge I. Vergara del Solar, "La identidad cultural latinoamericana. Un análisis de las principales tesis y sus interpretaciones", en: Persona y Sociedad (Santiago de Chile), vol. X, 1995, Nº 1, pp. 77-95. 
    15
    Cf. Alcides Vadillo Carrillo, "Los territorios indígenas en Bolivia: deseos y realidades", en: Presencia, 5 de julio de 1993; Sergio Ricco, "Lo étnico / nacional boliviano. Breves reflexiones", en: Mario Miranda Pacheco (comp.), Bolivia en la hora de su modernización, México: UNAM 1993, pp. 179-191; Diego A. Iturralde, "Pueblos indígenas y Estados latinoamericanos: una relación tensa", en: José Luis Exeni / Carlos F. Toranzo Roca (comps.), Lo pluri multi o el reino de la diversidad, La Paz: ILDIS 1993, pp. 63-73. 
    16
    Cf. el interesante estudio basado en materiales empíricos: Rolando Sánchez Serrano, Comunidades rurales ante el cambio y la modernización, La Paz: CEBEM 1994. 
    17
    Víctor Hugo Cárdenas, "Katarismo: matriz viva en la lógica del pacto", en: Presencia, 20 de junio de 1993. Sobre esta temática, cf. René Antonio Mayorga, Antipolítica y neopopulismo, La Paz: CEBEM 1995, pp. 131-152; Jean Pierre Lavaud, "De l'indigénisme à l'indianisme: le cas de la Bolivie", en:Problèmes de l'Amerique Latine (París), Nº 7, octubre/diciembre de 1992, p. 73 y ss.; Javier Hurtado, El katarismo, La Paz: HISBOL 1986; Xavier Albó, ¿De kataristas a MNRistas? La sorpresiva y audaz alianza entre kataristas y neoliberales, La Paz: CEDOIN/CIPCA 1994, pp. 12-23. 
    18
    Este líder indígena se hizo famoso al declarar que la preocupación ecológica sería la ideología anacrónica, foránea y reaccionaria de sociedades agotadas como las del Norte. Cf. Fernando Untoja, "Ecología: ¿una ideología?", en: Presencia (La Paz), 21 de septiembre de 1991. 
    19
    "Histórico acuerdo entre productores de coca y gobierno: pactan erradicar cocales", en: Presencia, 3 de septiembre de 1997, p. 8. 
    20
    Sobre la evolución bastante exitosa del régimen democrático representativo en Bolivia, cf., entre otros: René Antonio Mayorga, ¿De la anomia política al régimen democrático?, La Paz: CEBEM 1991. 
    21
    Cf. la apología más conocida de la democracia directa de las comunidades campesinas aymarás: Silvia Rivera Cusicanqui, "Democracia liberal y democracia de 'ayllu'", en: Mario Miranda Pacheco (comp.), ob. cit. (nota 15), pp. 217-255; cf. también los estudios críticos: Franco Gamboa Rocabado, "Colonialismo interno: entre la visión crítica y el fatalismo político", en: H.C.F. Mansilla / María Teresa Zegada (comps.), ob. cit. (nota 9), pp. 35-48. 
    22
    Carlos F. Toranzo Roca, "Lo pluri multi", en: Presencia, 6 de agosto de 1993 (suplemento especial:Bolivia: país pluri multi), p. 6. 
    23
    Miguel Castro Arze / Mauricio Lea Plaza, "La hora de lo local en Bolivia", en: Nueva Sociedad$, Nº 142, marzo/abril de 1996, pp. 116-125; República de Bolivia / Ministerio de Desarrollo Humano (comp.),El pulso de la democracia. Participación ciudadana y descentralización en Bolivia, Caracas: Nueva Sociedad 1997. 
    24
    Salvador Romero Ballivián, "Los jóvenes ante el nuevo escenario", en: La Razón (La Paz), suplemento Ventanai, 22 de septiembre de 1996, p. 8 ss. 
    25
    Carlos F. Toranzo Roca, "Prólogo", en: Exeni / Toranzo Roca (comps.), ob. cit. (nota 15), p. 17. 
    26
    Hernando Calla Ortega, "¿Reciprocidad en la dominación?", en: H.C.F. Mansilla / María Teresa Zegada (comps.), ob. cit. (nota 9), pp. 25-34. 
    27
    Sobre la ambigua y explosiva relación de los latinoamericanos con la exitosa sociedad de los Estados Unidos, cf. Mariano Baptista Gumucio, Latinoamericanos y norteamericanos. Cinco siglos de dos culturas, La Paz: Artística 1986. 




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