Antifascismo en América Latina:    

España, Cuba y Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial

 ROSA Ma; PARDO SANZ  U.N.E.D. - Madrid

 


En las relaciones interamericanas, la coyuntura de la Guerra Mundial iba a suponer la consolidación de la influencia estadounidense. En parte, se trató de una evolución derivada de la lógica del conflicto. La interrupción temporal de los lazos comerciales tradicionales con los países europeos beligerantes comportó un alto grado de subordinación de las economías latinoamericanas a la de su vecino del norte. Asimismo, hubo que concertar los aparatos militares y los servicios de información continentales para garantizar una adecuada defensa del hemisferio. Incluso la histórica desconfianza que el "gigante yanqui" producía en América Latina pareció desdibujarse, al menos de manera temporal, en el marco de la polarización ideológica que generó el conflicto: una lucha de las "democracias" contra el totalitarismo.

Sin embargo, la crisis internacional también fue aprovechada por Washington para erradicar de forma permanente la competencia de las potencias europeas y para tratar de eliminar toda resistencia a su ascendiente continental. En este sentido, uno de los elementos que más ayudó a caldear el clima de unidad y euforia panamericana con que se llegó a 1945 fue la unanimidad lograda en la campaña continental contra el "nazi-falangismo"; es decir, contra las actividades ilegales de espionaje, propaganda, sabotaje, etc., organizadas por agentes de las potencias del Eje, con el supuesto auxilio de los simpatizantes del régimen de Franco en las repúblicas hispanoamer- icanas. Primero, la amenaza de la subversión totalitaria fue de gran utilidad para convencer a ciertos gobiernos americanos de la necesidad de amparar las directrices (militares, económicas y políticas) estadounidenses para la defensa de América. Y, a partir de 1942-3, el argumento de la lucha contra el totalitarismo comenzó a servir para neutralizar cualquier peligro real o desafio potencial a la hegemonía norteamericana, ya fuera por parte de potencias extracontinentales (como España), ya por regímenes latinoame- ricanos de tendencia nacionalista (el caso argentino, por ejemplo).

Entre los factores que hicieron posible este proceso, hay que destacar los errores diplomáticos cometidos por la España franquista. El régimen de Madrid no fue capaz de calcular el impacto tan negativo que su alineamiento europeo pro-Eje iba a tener al otro lado del Atlántico. Por lo que respecta a los países latinoamericanos, en su competencia por lograr material militar, créditos y mayores cupos para sus productos en el mercado norteamericano, no dudaron en magnificar el peligro nazi que acechaba en sus respectivos territorios. A veces fueron los propios diplomáticos norteamericanos quienes les alentaron a hacerlo, en especial, aquéllos que (como Spruille Braden) en el Departamento de Estado abogaban por un mayor compromiso norteame- ricano en la región. El estudio de las relaciones hispano-cubanas puede aclarar algo el complejo entramado de intereses aquí descrito.

Las difíciles relaciones hispano-cubanas hasta septiembre de 1939

La independencia cubana, proclamada en 1898 con intervención estadou- nidense, había ocasionado un serio quebranto económico, militar, político y sentimental a su ex metrópoli. Sin embargo, a lo largo del primer tercio de siglo, dos elementos mantuvieron los especiales lazos establecidos entre los dos países: los intereses económicos españoles en la isla, dominantes en el sector comercial - en el pequeño comercio, sobre todo- y poseedores del 17% de los ingenios azucareros, más la corriente de españoles emigrados que siguió llegando a la isla. Unos 45.000 emigrantes españoles arribaron (como cifra media anual) entre 1902 y 1928 (en total, más de 1.200.000 personas, sumando la emigración permanente y la estacional o golondrina), con la aquiescencia y protección de las autoridades cubanas. Los problemas no surgieron hasta la Gran Depresión. La caída del precio del azúcar, monocultivo por excelencia, sacudió la economía cubana recortando las oportunidades laborales de los trabajadores foráneos. Entre 1928 y 1933, apenas unos 21.000 inmigrantes engrosaron la colonia española. Y la situación empeoró en 1933, cuando el gobierno de la revolución democrática que había acabado con la dictadura de Machado aprobó una serie de leyes laborales restrictivas para con los extranjeros a fin de paliar los efectos sociales de la crisis. La famosa Ley del Cincuenta por ciento obligaba a cubrir con personal cubano la mitad de la mano de obra de las empresas. Las cifras de la inmigración se paralizaron; muchos volvieron, otros tantos se nacionalizaron. En julio de 1936, al estallar la Guerra Civil española, la colonia española en Cuba, calculada en unas 225.000 personas, se encontraba en retroceso.{note id=1}

El conflicto de España conmocionó a la sociedad cubana, lo mismo que al resto del continente, si bien en la isla concurrían factores peculiares que no aparecían en otros países: el poder económico de la colonia española; el papel del componente cultural español en el nacionalismo cubano como medio de contrarrestar la dependencia político-económica de los Estados Unidos o la vivencia de procesos políticos paralelos durante los años treinta (la revolución contra Machado y la Segunda República en España). Mayoritariamente, la sociedad cubana se decantó en favor del gobierno legal republicano en lucha contra un grupo de militares golpistas, siendo la izquierda y el grueso de la intelectualidad los sectores más activistas. Con el otro bando sólo se alinearon ciertos medios económicos (algunos hacendados, comerciantes, abogados e industriales) y círculos políticos conservadores muy restringidos (el Partido Demócrata Republicano del general Menocal). Fuentes oficiales franquistas estimaban que más del 95% de la sociedad cubana era contraria a su causa. Seguramente porque los grupos que en otras repúblicas americanas constituían el grueso de los simpatizantes de Franco, en Cuba no tenían tanta relevancia: la iglesia católica era poco influyente tras la independencia, la oligarquía terrateniente estaba mucho más vinculada a los Estados Unidos y los ideales nacionales cubanos eran opuestos a lo que el nacionalismo franquista representaba.{note id=2}

También se escindió la comunidad española, muy perjudicada por la interrupción de las líneas de navegación españolas con la isla. La tensión salpicó a las asociaciones mutualistas y de beneficencia enfrentando a sus miembros. Surgieron diversas plataformas encargadas del reclutamiento de voluntarios, de la propaganda y de las colectas de ayuda (comida, ropa, tabaco o dinero) para los contendientes. Las organizaciones pro-republicanas que se crearon (el Frente Democrático Español y la Casa de la Cultura y Asistencia Social, entre otros) aglutinaron las simpatías del grueso de la colonia española y los esfuerzos solidarios de los sindicatos y los partidos de la izquierda cubana, incluido el Partido Revolucionario Cubano. Quienes se alineaban con los franquistas eran minoría -ellos mismos reconocían no representar más allá de un 3% de la colonia en 1938-, pero absorbían a la élite socio-económica (tabaqueros y grandes comerciantes) de la misma. Su organización fundamental era el Comité Nacionalista Español, si bien los más radicales iban a crear una filial de Falange Española, uno de los partidos de extrema derecha alineado con los militares sublevados.

Los falangistas, soporte simbólico y programático del que, a partir de abril de 1937, sería el partido único del Franquismo, pretendían seguir el -hasta entonces exitoso- modelo de organización en el extranjero de nazis y fascistas (Fase¡ Italiani all'Estero y Aúsland Organisation). Su objetivo inmediato era intentar atraer hacia la causa franquista a los numerosos trabajadores españoles en Cuba (pro-republicanos en su mayor parte); a largo plazo, vislumbraban la posibilidad de aprovechar la influencia de una colonia de españoles poderosa, unida bajo el ideario falangista, como instrumento de presión diplomática y comercial del gobierno de Madrid en Cuba. Para ganarse a los emigrantes de extracción más humilde, los falangistas utilizaron una demagogia populista, con un discurso de exaltación al emigrante: reclamaban la necesidad de elevar su categoría y condición social, reincorporarle a tareas patrióticas y darle un nuevo protagonismo en la acción exterior del estado. Por eso desplegaron una esforzada labor social y asistencial (ayuda a indigentes, bolsa de trabajo, asesoría judicial, etc.) con la que envolver la propaganda de su ideología fascista y ultranacionalista.{note id=3}

La posición del gobierno cubano con respecto a los dos bandos en lid no fue unívoca; fluctuó siguiendo la evolución interna del régimen de Cuba. Al estallar el conflicto en España, el ejecutivo cubano estaba dirigido por Mariano Gómez, pero el hombre fuerte desde 1934 era Fulgencio Batista. El movimiento de estudiantes, intelectuales y obreros que en 1933 acabó con la dictadura de Machado tuvo dificultades para estabilizarse. Fue la incorpora- ción de un sector del ejército lo que inauguró el régimen democrático revolucionario que presidió Grau San Martín. Se aprobaron diversas reformas sociales y una legislación nacionalista que acabó perjudicando los intereses económicos norteamericanos. Pero los problemas económicos, los enfrentamientos entre las distintas fuerzas político-sociales que sostenían al nuevo régimen y la inestabilidad que provocaba el no reconocimiento de éste por Washington facilitaron la intervención de Batista, quien, con la aquiescencia norteamericana, imponía (enero de 1934) corno presidente a Mendieta, un conservador representante de las élites políticas tradicionales.

Aunque se mantuvieron algunos de los logros sociales del gobierno de Grau, con el nuevo régimen de "orden" Batista procuró mejorar las relaciones cubano-norteamericanas en busca de ayuda económica para hacer frente a la crisis: créditos y el compromiso de adquirir parte de la producción azucarera. Sin embargo, la respuesta norteamericana (un nuevo tratado comercial de dudosa reciprocidad y una cuota azucarera reducida) no satisfizo las demandas cubanas. Eso provocó periódicas y amenazadoras reacciones nacionalistas de La Habana con la pretensión de flexibilizar la postura de Washington. Así, desde 1937, se pudo observar un progresivo acercamiento de Batista hacia los sectores nacionalistas e izquierdistas (se legalizó el Partido Comunista Cubano y el Partido Unión Revolucionaria de Marinello) que pareció restaurar un cierto consenso en torno a su régimen. A un tiempo, en política exterior se produjo un acercamiento a México y un cambio radical de la política hacia España.{note id=4}

Hasta ese momento, la posición oficial en torno a la guerra española había sido de neutralidad; eso sí, muy sesgada hacia la causa nacionalista. Razones ideológicas y el deseo de Batista de no exponerse a los ataques de la élite económica de la colonia española lo explican. Desde septiembre de 1936, el gobierno de Gómez obstaculizó el embarco de voluntarios y ayuda material para los republicanos y clausuró algunas asociaciones pro-republicanas. En noviembre era apresado el buque español Manuel Arnús, portador de armas mexicanas para las autoridades de Madrid. Muy pronto, el agente oficioso de Franco fue recibido por Batista y el embajador oficial (republicano) optó por abandonar la isla ante la hostilidad de las autoridades cubanas. Las primeras mutaciones se notaron cuando, en 1937, se devolvió a México el buque apresado. En octubre, se desarrolló una tentativa cubana de mediación continental americana en el conflicto para intentar un armisticio y, desde entonces, Cuba apoyó todas las gestiones del gobierno mexicano de Cárdenas en favor del gobierno republicano español, que tan escaso eco habían encontrado en el resto de los gobiernos latinoamericanos. Los agentes franquistas no volvieron a ser recibidos oficialmente, se nombró un nuevo embajador republicano, se clausuraron las publicaciones falangistas, se facilitó la propaganda antifranquista y se hicieron donativos estatales a la causa republicana (el 5% de los impuestos a la exportación del tabaco y el azúcar).

Por una parte, la solidaridad con los trabajadores de la República española constituía un marco perfecto de cooperación con los comunistas y los sindicatos. Por otra parte, la defensa de un gobierno legítimo frente al intervencionismo de las grandes potencias (ejemplificado en la ayuda de Italia y Alemania a Franco). junto con el acercamiento a México (el país abanderado de esta posición en su conflicto por las nacionalizaciones petrolíferas), servían a Batista para cultivar a los grupos nacionalistas cubanos y corno velada advertencia a Washington. Más aún, dado que una confrontación abierta con Estados Unidos estaba descartada por la trascendencia que tenía la cuota norteamericana de azúcar (Batista viajó a Washington en el otoño de 1938 para una nueva negociación), el carácter antifascista de la nueva política española permitía, en última instancia, un alineamiento con las posiciones antitotalitarias abanderadas por los Estados Unidos en las conferencias panamericanas, sobre todo en la de Lima (diciembre de 1938).

Unicamente los intereses comerciales llevaron a Batista a establecer contactos oficiosos con los franquistas. Estaba pendiente la negociación de un nuevo tratado comercial que sustituyera el firmado en 1927 y las presiones del sector exportador, en particular del tabacalero, eran fuertes.{note id=5}

El gobierno de La Habana ofreció un reconocimiento de facto que permitiera restablecer las negociaciones comerciales y las líneas de navegación marítima que unían a Cuba con la península ibérica. Pero Franco, confiado en la inminencia de su victoria militar, optó por no acceder a ninguna concesión económica si no era a cambio del reconocimiento diplomático pleno y de una indemnización por el polémico Manuel Arnús. Esta decisión se mantuvo inflexible, a pesar de que también dañaba los intereses económicos de los sectores de la colonia española más proclives a los de Franco. Las autoridades franquistas, ahítas de triunfalismo, se sentían contrariadas por el giro de la política cubana; más aún con la llegada de los primeros refugiados republicanos a la isla. Para Batista, tras casi dos años de movilización oficial de la opinión pública en sentido pro-republicano, resultaba complejo hacer aceptable el restablecimiento de relaciones con Franco, pese a la conveniencia de negociaciones comerciales y a la urgencia de velar por la suerte del grupo de brigadistas internacionales cubanos, presos en las cárceles franquistas, que el gobierno español se negaba a liberar. Además, cuando concluyó la Guerra Civil española (abril de 1939), las relaciones cubano-norteamericanas habían mejorado. Se había iniciado la cooperación militar entre ambos países y Batista acababa de anunciar la convocatoria de elecciones constituyentes para dar coherencia a su reciente evolución "democrática" y así mejorar su imagen ante la administración Roosevelt. En consecuencia, decidió no modificar su política española. En una significativa visita al México cardenista (régimen cuya relación siguió cultivando), Batista efectuó unas declaraciones fuertemente antifranquistas y decidió resistirse a reconocer al nuevo gobierno español emulando al mexicano. El diplomático oficioso de Franco fue calificado de persona non grata, la campaña antifalangista de la prensa gubernamental arreció y tuvo como desenlace la ¡legalización de Falange. Al final, se llegó a un arreglo que no satisfizo a ninguna de las partes. Cuba fue el último país latinoamericano en reconocer al gobierno de Franco (México nunca lo haría) el día 6 de junio de 1939, pero ni se zanjaron los asuntos del Arnús y de los presos cubanos, ni se regularizó el comercio.{note id=6} Muy pronto, otra guerra acarrearía nuevos motivos de fricción.

El impacto de la Guerra Mundial

Cuando Alemania invadió Polonia en septiembre de 1939, el Nuevo Estado español se proclamó neutral. Esta definición oficial ocultaba, a duras penas, que las simpatías del gobierno de Madrid estaban con el Eje. La ayuda económica y militar de Alemania e Italia al bando franquista durante la Guerra Civil y el evidente deslizamiento del nuevo régimen hacia un modelo fascista lo explicaban. Desde el final de la Guerra Civil, la influencia de la corriente política falangista, cuyo mentor era el cuñado de Franco, Serrano Suñer, había forzado un acercamiento a los amigos europeos -en especial a Italia- en contra de la opinión del entonces Ministro de Exteriores, Jordana, un prudente militar conservador, nada fascistizado, que fue relevado en el verano de 1939. Hasta mayo de 1940, la España franquista mantuvo su neutralidad, pero la equidistancia respecto de los beligerantes no existió dadas sus numerosas acciones de ayuda militar y económica a Alemania. Aun así, en aquellos meses Madrid no descuidó sus relaciones comerciales con los países democráticos (Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos) en previsión de futuras dificultades de abastecimiento para su vulnerable economía. El país, en plena reconstrucción, era muy dependiente de la importación de materias primas básicas, sobre todo de los productos petrolíferos, los cereales y el algodón que llegaban de América.

La rendición de Francia y la entrada en la guerra de Italia cambió el panorama. Hizo soñar a los dirigentes españoles (cuyo programa nacionalista incluía mejorar la posición internacional del país) con la posibilidad de una beligerancia que, sin grandes costes, permitiera participar en la que parecía inminente victoria del Nuevo Orden europeo. Junio de 1940 era una oporturnidad histórica que no debían dejar pasar. Así, Franco ofreció a Hitler la beligerancia española a cambio de ayuda económica, de Gibraltar y de una significativa ampliación de sus colonias africanas a costa del Imperio francés. En aquel momento, Berlín no aceptó las condiciones de Franco y, poco a poco, la presión económica anglosajona y las dificultades internas obligaron a una política algo más prudente a partir del otoño. De todos modos, en octubre, Franco había firmado en secreto un Protocolo que suponía la adhesión de España al Pacto Tripartito, más el compromiso de entrar en la guerra a corto plazo. A partir de entonces, sin abandonar la pretensión de participar en el conflicto, el "Generalísimo" intentó retrasar en lo posible la intervención hasta que hubiera garantías de tina total e inmediata victoria alemana. A cambio, el compromiso económico y propagandístico con el Eje se hizo más firme (el falangista Serrano Suñer se convirtió en Ministro de Exteriores), con la consiguiente reacción de Londres y Washington, alarmados por las consecuencias que podía tener el hecho de que el enemigo controlase el cierre occidental del Mediterráneo.{note id=7}

La entrada de España en la guerra también podía tener graves implicaciones en el otro área contemplada en los ambiciosos proyectos exteriores del Régimen: América Latina. No se trataba de un diseño expansivo original del Franquismo. Desde hacía centurias, en la mentalidad colectiva española, América aparecía asociada al recuerdo de un pasado de grandeza. La literatura regeneracionista (movida por el impacto del Desastre de 1898) se había encargado, durante el primer tercio del siglo veinte, de ubicar allá una de las posibles bases del renacer nacional a través de la proyección cultural, comercial y política que España podía ejercer al otro lado del Atlántico. Las fuentes doctrinales del Hispanoamericanismo franquista habían sido, sin embargo, los intelectuales de la extrema derecha republicana que, en los años treinta, habían reelaborado aquellas ideas a la luz de una ideología antiliberal y ultracatólica, con elementos fascistas, dibujando para España la "misión" de guía político-espiritual de América. En fin, contagiados por su propia propaganda de guerra, los mandatarios franquistas creyeron en las posibilidades de una nueva proyección ultra- marina: un área de influencia en América que complementara la ansiada expansión africana.{note id=8}

Pensaron que la victoria de 1939 había proporcionado a la Nueva España una solvencia capaz de multiplicar la eficacia de los instrumentos tradicionales de penetración. La clave estaba en rentabilizar el arma ideológica. A juzgar por las actitudes exhibidas hasta 1939 por algunos sectores de las élites políticas e intelectuales conservadoras y por señalados círculos católicos latinoamericanos, el modelo político del Nuevo Estado español, con su perfecta alquimia de ingredientes conservadores, fascistas y católicos, podía erigirse en la genuina respuesta hispánica al peligro comunista y a las debilidades de la democracia liberal. Bastaría con poner en marcha en Hispanoamérica una política cultural de prestigio, teñida de nacionalcatolicismo, y con aprovechar la influencia de los españoles residentes allende el mar encuadrados en Falange Exterior.{note id=9}

Los errores de percepción implícitos en estos planes eran muy graves. Sobre todo porque en Madrid no se supo o no se quiso ver que, para entonces, el ascendiente de los Estados Unidos sobre la región era ya imparable. Roosevelt había trabajado desde 1933 para romper el tradicional aislacio- nismo norteamericano. La nación estaba lista para su engrandecimiento internacional y lo más sencillo era comenzar haciendo efectivo el liderazgo que podía ejercer sobre el continente americano. Esa tendencia hegemónica, que se reflejó en un cambio de estilo (Good Neighbor Policy) en la relación con América Latina (menos intervencionismo directo y más penetración comercial bajo un programa de liberalismo económico), se revistió también de un proyecto de coordinación interamericana consistente en crear un bloque diplomático continental -alternativo o complementario a la Sociedad de Naciones- de voluntad neutralista y pacífica. Un mecanismo para preservar a América del contagio de la crisis europea merced al diseño de instrumentos con que solventar las disputas interestatales y asegurar la capacidad de respuesta ante cualquier amenaza extra-continental. Las Conferencias Panamericanas de 1936 y 1938 fueron su primera plasmación. En abril de 1939 se habían esbozado los programas multilaterales de cooperación política, económica, militar y cultural que se harían efectivos durante la Guerra Mundial.{note id=10}

La otra cara de semejantes despliegues era la pretensión de obstaculizar la penetración europea en América. En el caso inglés, la competencia se reducía al ámbito comercial y tenía su más clara incidencia en el mercado argentino. Con Alemania, a la rivalidad económica se añadía la amenaza militar y política. Los gobiernos alemán e italiano disponían de filiales de sus partidos únicos y contaban con medios de prensa y propaganda que podían emplear como instrumentos para alentar la influencia autoritaria y fascista en aquel continente.{note id=11}

Los designios oficiales germanos (e italianos) en América Latina pretendían fortalecer la posición socio-económica de los alemanes en ultramar como herramienta de la pugna comercial, predisponer a la opinión pública americana a favor de sus pretensiones en Europa y, quizás, intentar debilitar a aquellos gobiernos (los Estados Unidos, por ejemplo) con suficiente poder como para entorpecer la diplomacia nazi en el ámbito europeo.{note id=12} Sin embargo, el potencial subversivo nazi-fascista pareció amenazador a los ojos de Washington. Además, la aprensión de que el hemisferio occidental (sobre todo el Caribe) fuera vulnerable a ataques aéreos o submarinos fue calando en la opinión norteamericana.{note id=13} Que tales sospechas contenían más elementos de fantasía que de realidad es algo probado hoy, pero, desde fines de 1938, la política de Buena Vecindad se convirtió en un apéndice de la política antitotalitaria por la que optó como línea maestra la diplomacia rooseveltia-, na. La cooperación hemisférica se intensificó a fin de prevenir focos de inestabilidad que pudieran ser explotados por el Eje para su penetración comercial o política. A un tiempo, se inauguró una operación continental tendente a la vigilancia y control de todas las ideologías sospechosas de erosionar los principios democráticos. Poco a poco, las organizaciones y actividades nazis y fascistas fueron prohibidas en diversas repúblicas.{note id=14}

La España de Franco no podía haber elegido peor momento para poner en marcha una política de altos vuelos en América. El frente antifascista salpicó de inmediato al falangismo y, por extensión, al nuevo Régimen. En abril de 1939 tenían lugar las primeras expulsiones y prohibiciones contra las filiales del partido único español en Cuba y México.{note id=15} A pesar de la prudencia del Ministro Jordana, que refrenó las expectativas radicales de Falange Exterior y evitó cualquier concertación con nazis y fascistas en el exterior, las condenas al falangismo comenzaron a salpicar la prensa latinomericana, entrelazadas con las insistentes proclamas antitotalitarias. Pero en Madrid nadie pareció darse por enterado. El discurso oficial mantuvo unos contenidos antiliberales y antinorteamericanos que terminaron de desacreditar al Franquismo en América, donde comenzaba el apogeo de la cooperación continental. Y el proceso se acentuó a partir de junio de 1940, cuando el espejismo de una beligerancia poco onerosa incitó a un hispanoamericanismo más vehemente. En octubre, Serrano Suñer anunció públicamente su propósito de restaurar la red falangista americana y de crear el Consejo de la Hispanidad, un organismo con filiales en toda América, supuestamente dedicado a la difusión de la cultura española; una cultura teñida, como no, de ideología antidemocrática. Su pretensión era hacer de España "eje espiritual del mundo hispánico" y "la representación fiel de esta Europa, cabeza del mundo", en indudable referencia al Eje.

Es posible que el Ministro pensara que España debía adelantarse en América a los futuros triunfadores (Alemania e Italia) o que tratara de realzar el potencial español ante Berlín exhibiendo la influencia que el país ejercía sobre el mundo americano. Por otra parte, la retórica sobre la recuperación de la preponderancia de España en América (como sobre las aspiraciones norteafricanas), envuelta en metáforas "imperiales", tenía, además, una utilidad doméstica indudable como instrumento sublimador de la oscura realidad de posguerra y artificio para alentar el consenso interno. Lo cierto fue que el nuevo lenguaje oficial de Madrid y el riesgo de su inminente beligerancia acrecentaron las suspicacias de la opinión pública americana. En especial, Washington pasó a contemplar las actividades españolas en aquel continente como un potencial instrumento en manos del Eje.{note id=16}

A pesar de que ni el Consejo de la Hispanidad (del todo inactivo en América) ni las filiales falangistas (la mayoría deshechas en el otoño de 1940, con la excepción de la cubana) habían efectuado-ni efectuarían-campañas de propaganda conjunta con el Eje o con organizaciones pro-totalitarias latinoamericanas, cualquier mensaje o iniciativa hispanoamericanista (polí- tica, cultural, económica...) no sólo resultó ineficaz en los países latinoamer- icanos, sino que, a partir de fines de 1940, comenzó a ser juzgada y combatida como una actividad antinorteamericana. El Departamento de Estado conocía la calamitosa situación del movimiento falangista en América y sus servicios de información no habían detectado acciones quintacolumnistas, ni propaganda peligrosa o contactos con los nazis. Tan sólo cabía recelar de los falangistas cubanos y siempre que éstos optasen por trabajar para propósitos alemanes. Pero se trataba de evitar que las grandes colectividades españolas pudieran ser organizadas por los nazis como "Quinta Columna" o al menos vedar que los españoles influyeran sobre la opinión pública poniendo en peligro la política de unidad continental. Por lo tanto, el combate contra las actividades franquistas iba a tener un carácter fundamentalmente preventivo, profiláctico se podría decir.{note id=17}

En todo caso, las primeras medidas de los gobiernos americanos contra Falange (en 1939-40) tuvieron como consecuencia inmediata el imparable desinflamiento del proselitismo falangista en todo el continente y, en pocos meses, la casi absoluta desmovilización de los grupos pro-franquistas militantes de las colonias españolas y de las sociedades locales. A partir de ese momento, la propaganda españolista sólo fue aplaudida por grupos minoritarios de la nueva derecha latinoamericana (imbuida de los modelos fascistas europeos), junto con nacionalistas y reductos católicos integristas y antiliberales. Sectores que, al decantarse por posiciones neutralistas y ambiguas sobre la Guerra Mundial, alimentaron las sospechas de Washing- ton y, casi siempre, quedaron reducidos a la oposición y al aislamiento de sus propios gobiernos y sociedades.

La entrada en guerra de Estados Unidos empeoró la situación. Washington utilizó la amenaza nazi-falangista como un argumento más de la amplia campaña propagandística puesta en marcha para legitimar ante la opinión pública continental la posición de beligerancia contra el Eje.{note id=18} En pocas semanas, el seguimiento latinoamericano de tal postura fue casi unánime, con la excepción de Chile y Argentina. El gobierno de Madrid había dispuesto desde los últimos meses de 1941 un repliegue en América hacia cauces de acción más tradicionales (a base de actividades católicas y mensajes anticomunistas exclusivamente) y había abandonado cualquier sueño de ejercer influencia política. Sin embargo, era demasiado tarde. Las acusaciones de la propaganda democrática sobre el papel quintacolumnista de la Falange en América habían creado un clima de opinión irreversible. Máxime cuando, a partir de 1942, los servicios de inteligencia aliados fomentaron directamente actitudes antifranquistas radicales en todo el hemisferio filtrando informa- ciones falsas sobre los dañinos usos que Berlín estaba haciendo de la conexión española. El exilio republicano español en América también colaboró en la campaña. Se llegó a hablar de la existencia de un Eje Madrid-Buenos Aires- Berlín tras las inofensivas operaciones comerciales hispanoargentinas concertadas en 1942. Las colonias de españoles leales al Régimen sufrieron amenazas, denuncias de espionaje e inclusiones en las listas negras, y las relaciones con algunos países estuvieron al borde de la ruptura diplomática.{note id=19}

El nudo del conflicto: Serrano Suñer, Batista, Braden

Uno de los ejemplos más claros de esta evolución fue el de Cuba. Las relaciones hispano-cubanas registraron a la perfección las modulaciones de la política estadounidense respecto a España y al peligro nazi en América. La adversa coyuntura económica por la que atravesaba Cuba obligó a Batista a no descuidar sus relaciones con Washington. Aun manteniendo algunos gestos nacionalistas y populistas, sabía que su régimen sólo estaría seguro si garantizaba los intereses económicos norteamericanos y no mostraba proclividades fascistas. Su política española siguió encajando en esa estrategia: era un gesto democrático de cara a la opinión pública cubana (Batista se presentaba en coalición con los comunistas a las inminentes elecciones presidenciales anunciadas para 1940) y se alineaba con las directrices antitotalitarias recomendadas desde Estados Unidos.

En el marco de las medidas contra ideologías antidemocráticas se produjo la ya citada ¡legalización de Falange en abril de 1939. Desde entonces la organización optó por una disolución formal, pero encubrió su estructura tras Auxilio Social, una entidad legal con fines benéficos y sociales. Debió de ser la labor asistencial desarrollada (comedores gratuitos, subvención de repatriaciones por motivos económicos, guarderías infantiles, becas para hijos de emigrantes menesterosos, etc.) lo que propició un crecimiento de los afiliados falangistas a lo largo de 1939, sobre todo teniendo en cuenta la situación de miseria por la que atravesaba parte de la colonia española.{note id=20} Para entonces, en los países -como Cuba- donde entraban en vigor leyes de prohibición, la orden de Roma y Berlín a sus correligionarios había sido suspender toda actividad. Por contra, los falangistas, con la permisividad de las autoridades locales (tal vez para no entorpecer la negociación comercial que se desarrollaba con España), siguieron editando su revista ¡Arriba España!, mientras la prensa de Madrid, sin el menor recato, elogiaba los progresos falangistas en la isla.

Las dificultades de Falange para recibir y distribuir material propagandís- tico y periodístico de España comenzaron en la primavera de 1940. Las graves acusaciones que vertía la prensa cubana acerca de su activismo pro-nazi y de la supuesta posesión de estaciones secretas de radio obligó a proteger los ficheros y archivos de la organización en la embajada franquista. La situación devino crítica en el verano cuando, con motivo de la celebración de la Conferencia Panamericana de La Habana, la prensa oficial de Madrid (es decir, toda la prensa española) lanzó una campaña de propaganda antinorteamericana que resultó convergente con la estrategia ítaloalemana.{note id=21} Los cancilleres americanos debían revisar las repercusiones de los graves acontecimientos europeos de junio en la defensa y la economía continental americanas. Para Washington era fundamental reafirmar el principio transferencia de las posesiones europeas en América y concretar la coordinación económica continental. Se trataba de disuadir a los totalita- rismos de cualquier aspiración en el área. Por el contrario, Alemania e Italia buscaban desbaratar cualquier medida que implicase el abandono de la neutralidad americana, obstaculizar el ascendiente regional de un enemigo en potencia como eran los Estados Unidos, amén de combatir las posibles consecuencias del proyecto económico norteamericano.{note id=22} Para el gobierno español, con aspiraciones propias en la región, tenía cierta trascendencia que la conferencia no se saldara con un nuevo éxito diplomático estadounidense o con nuevas restricciones a sus actividades de difusión político-cultural. También era una oportunidad para demostrar a Alemania el valor de la amistad española. De hecho, dos meses después se iba a permitir que la valija diplomática española a La Habana transportara documentación italiana y alemana.{note id=23}

La cumbre supuso el triunfo de las tesis norteamericanas{note id=24} y sus repercusiones se hicieron notar. Rumores sobre actividades desestabiliza- doras de grupos pro-totalitarios en Chile (Vanguardia Popular Socialista), Uruguay (Plan FÜhrmann), Brasil (los Integralistas), Argentina (en el área de Misiones), Costa Rica y México (el agregado de prensa alemán fue expulsado del país) ayudaron a justificar el endurecimiento de las medidas contra los residentes de los países del Eje y sus simpatizantes acordado en La Habana. Acto seguido, un senador cubano publicó el inflamado folleto Una voz de alerta frente a la amenaza del Falangismo en Cuba y llevó la cuestión al Parlamento. La campaña de acoso a la organización obligó a restringir su actividad al cobro de las cuotas mensuales de sus afiliados. En enero de 1941, el jefe falangista tuvo que regresar a España al no aceptar el gobierno cubano su nombramiento como cónsul, en cumplimiento de la nueva ley de "Defensa del régimen democrático de Cuba". Falange y Auxilio Social quedaron prohibidos, aunque se permitiera la subsistencia oficiosa del entramado de beneficencia de la organización. Desde ese momento, la actividad de la más vigorosa sucursal del partido en América fue prácticamente nula -como ya ocurría con las del resto del continente-, reducida a poco más que su estructura de mandos.{note id=25}

El gobierno de Madrid, que sin embargo se resistía a disolver el entramado de Falange Exterior en espera de tiempos mejores, reaccionó cesando a todos los agregados civiles adscritos a los consulados cubanos en España. Consideraba una injerencia en los asuntos internos del país impedir que sus representantes diplomáticos y consulares se ocuparan de "la educación política de sus compatriotas en el extranjero". Poco a poco, las relaciones bilaterales se enrarecieron, siempre con el conocimiento del Departamento de Estado.{note id=26} Comenzaron las detenciones de los falangistas más conocidos, acusados de subversión, aunque casi todos fueron puestos en libertad por falta de pruebas. Los incidentes más graves se produjeron en julio. Un cajón con insignias falangistas que llevaba depositado en la aduana más de un año sirvió de coartada para una redada en la que fueron detenidos temporalmente decenas de españoles por "atentar contra la seguridad del estado cubano" y, coincidiendo con la clausura de los consulados del Eje, se prohibieron las actividades del Auxilio Social. Serrano Suñer tomó represalias contra diplomáticos y súbditos cubanos en España: expulsiones, registros domici- liarios, etc. En respuesta, Batista advirtió de la posibilidad de bloquear los bienes españoles en Cuba, romper relaciones y reconoger un gobierno de los republicanos españoles en el exilio:
"¿Qué pensaría el Gobierno de España si Cuba pretendiese abrir en la Puerta del Sol [de Madrid] un centro democrático semicomunista cubano que distribuyese comidas y socorros entre todos los liberales y demócratas que existiesen en España? No nos lo admitiría; pues bien, este es nuestro caso actual con respecto a España. Dígale a su gobierno que si no puede aceptar estos puntos de vista y resulta inevitable la suspensión o ruptura de relaciones diplomáticas, estamos dispuestos a llegar a ella, porque no tenemos nada que perder, ni política ni económi- camente".{note id=27}
La actitud altanera del Ministro español resultó contraproducente. El encargado de negocios, el agregado comercial y el último Jefe de Falange tuvieron que volver a España. La colonia pro-franquista, atemorizada por las consecuencias económicas de una ruptura (sobre todo por la amenaza de ver sus firmas comerciales incluidas en las Listas negras norteamericanas), firmó una declaración formal de repudio ala política exterior española y de adhesión a la línea democrática del régimen de Cuba. Mientras el senado cubano discutía una posible clausura de los consulados españoles, el número de españoles que en los meses siguientes solicitó la nacionalidad cubana alcanzó un ritmo alarmante. Hasta los periódicos más pro-franquistas (El Diario de la Marina y Avance) cambiaron de línea política.{note id=28}

En noviembre de 1941, un mes antes de su declaración de guerra al Japón, el gobierno de Batista había ofrecido al de los Estados Unidos la ruptura de relaciones con España y el Eje, pero en aquel momento la recomendación del embajador norteamericano fue negativa. Tras los sucesos de Pearl Harbor, algunos edificios de centros regionales españoles sufrieron asaltos. El ejecutivo cubano prohibió el envío de dinero desde la isla a España (en cumplimiento de una ley que restringía la exportación de fondos a países extranjeros), aduciendo la congelación por el gobierno de Madrid de los créditos de los comerciantes cubanos en la península. El "estado de pánico" que, en palabras del diplomático franquista, embargó a la colonia española llevó a sus sociedades e instituciones a suscribir mensajes de adhesión al gobierno de Cuba. Sus directivos visitaron a Batista; las banderas españolas desaparecieron de los edificios y se empezaron a retirar fondos de los bancos. Así las cosas, las autoridades cubanas prometieron a la colonia española que, si seguían actuando con lealtad, no tenían que temer incautaciones de bienes como las que sufrían italianos, alemanes y japoneses. En lugar de romper relaciones, como demandaban los partidos de izquierda y gran parte de la oposición, Batista prefirió utilizar la coyuntura para tratar de imponer a Madrid un acuerdo de pagos ventajoso para Cuba.{note id=29}

La llegada del nuevo embajador estadounidense, Spruille S. Braden, cambió el panorama.{note id=30} Empeñado en forzar una ruptura de relaciones con España, desde junio de 1942 reiteró al Departamento de Estado la predisposición cubana a ejecutar la medida a la menor indicación de Washington. Lo justificaba por el peligro que, según información de "las fuentes más solventes", suponía la existencia de varios miles de nazi- falangistas peligrosos y la "indudable" utilización por Alemania de la embajada española como canal de financiación, organización y dirección de actividades subversivas y de propaganda. Ninguna de las amenazas aireadas por Braden eran ciertas: hacía un año que Madrid había ordenado suspender toda actividad de Falange en América y había paralizado cualquier iniciativa política (hasta las de carácter cultural) asumiendo, por fin, que la ofensiva hispanoamericanista había sido contraproducente, a pesar de su carácter casi meramente discursivo. Pero, el 6 de julio, el Secretario de Estado -C. Hull- dio luz verde para que el gobierno cubano emprendiera las diligencias que estimara oportunas (incluida la interrupción de relaciones con Madrid) por considerar que tendría un efecto positivo para enderezar la conducta española y, en general, para combatir el peligro del Eje en el resto del continente.{note id=31} Batista., dispuesto a cumplir lo ofrecido, intentó provocar un incidente diplomático para forzar la ruptura: prohibió a la embajada española la transmisión de mensajes telegráficos codificados, detuvo a un diplomático español y acabó suprimiendo la valija diplomática española.{note id=32}

Si la ruptura no se consumó inmediatamente fue porque, esta vez, el gobierno español decidió no responder a las provocaciones. La posición del Ministro falangista de Exteriores en Madrid se tambaleaba: fue cesado en septiembre. Pero, sobre todo, las necesidades militares alteraron la postura de Washington. Para el éxito del desembarco aliado en el norte de Africa, la neutralidad española era vital. La política de apaciguamiento angloamericana hacia Franco adquiría más trascendencia que nunca y una ruptura hispano- cubana, que hubiera sido percibida por Madrid como una maniobra inamistosa inducida desde Washington, podía deteriorarla. Además, el nuevo canciller español -nada falangista- ofreció garantías a Washington de que España iba a seguir una línea más independiente del Eje y había abandonado cualquier objetivo político en Hispanoamérica para concentrarse exclusiva- mente en los vínculos culturales.{note id=33}

En diciembre, la aparente conciliación hispano-estadounidense posibilitó el envío a Cuba de un diplomático con la misión de desbloquear las múltiples cuestiones que enturbiaban la relación entre Madrid y La Habana: el acuerdo de Pagos, la normalización diplomática, el indulto a los presos republicanos de nacionalidad cubana y las represalias de las autoridades isleñas contra los ciudadanos españoles de simpatías franquistas (muchos incluidos en las Listas negras). La embajada española en Cuba llegó a ofrecer a la norteamericana su cooperación para deportar a aquellos ciudadanos españoles que pudieran estar laborando en favor del Eje.

Hacia una precaria distensión

A pesar de aquellos avances, hasta 1945 las relaciones entre Madrid y La Habana mejoraron poco. En julio de 1943 se firmó un Convenio de Pagos, pero el Senado cubano pospuso durante años su ratificación. La prensa no suavizó sus virulentas acusaciones sobre las presuntas actividades quintaco- lumnistas de los falangistas y diplomáticos españoles en la isla. Estas arreciaron en el verano de 1943, coincidiendo con las iniciativas del senador estadounidense Coffee contra Falange, y en 1944, cuando se tradujo el libro de Allan Chase, La Falange. El ejército secreto del Eje en América (publicado en inglés el año anterior), casi al tiempo que estallaban nuevas dificultades entre Franco y los aliados. Estos últimos habían decretado un embargo de petróleo contra España, para acabar con las últimas facilidades comerciales e informativas que se permitían al Eje (venta de wolframio, espionaje). As¡ mismo, el gobierno de Cuba dio cada vez mayor cobertura a las actividades de los exiliados republicanos que intentaban constituir un gabinete en el exilio. La victoria de Grau San Martín en las elecciones presidenciales de julio de 1944 no comportó cambios. Su gobierno se abstuvo de hacer gesto alguno que pudiera ser interpretado como una concesión al Franquismo, en línea con la política española de los Estados Unidos.{note id=34}

Desde Madrid, los escasos frutos obtenidos en Cuba y en el resto de América Latina entre 1943 y 1945 resultaron descorazonadores. A partir de septiembre de 1942, la vuelta de Jordana al Ministerio de Exteriores había dado mayor credibilidad al giro de la política española en América que, en cierta medida, había iniciado su antecesor. Convencido de la necesidad de una política exterior más independiente y neutral, Jordana decidió convertir el hispanoamericanismo -junto con el catolicismo, el anticomunismo y la amistad ibérica- en uno de los instrumentos para marcar distancias con el Eje e introducir cauces de distensión con los aliados, en especial con Estados Unidos; de hecho, su diseño diplomático marcó la pauta de la política española durante toda la década de los cuarenta. El gobierno de Madrid había renunciado públicamente a competir con el de Washington en el continente americano y se había esforzado por demostrar el carácter inocuo de los despliegues españoles en ultramar, tratando de hacer creíble su posición de neutralidad. Durante meses se había optado por la más absoluta inactividad en la región, para retomar, desde 1943, la propaganda cultural y el patrocinio de labores católicas. Después, en previsión de una victoria aliada, se había llegado a ofrecer a Washington y Londres un proyecto de "coordinación atlántica" en el que España, Portugal, Estados Unidos y Gran Bretaña fueran los mentores de un gran bloque anticomunista que había de preservar la penetración roja en América Latina. En fin, el gobierno de Madrid creyó que, en cuanto se distendieran sus contactos con las potencias anglosajonas, sus relaciones con el resto de América se restañarían de inmediato.

Había habido otro grave error de cálculo. Por un lado, la relación bilateral con los Estados Unidos sufrió graves altibajos desde 1943. Por otro, el hecho de que ésta se suavizara no implicó que el Departamento de Estado diese la orden de atenuar las suspicacias antifranquistas que los medios oficiales norteamericanos se habían encargado de atizar en meses anteriores. Existió, además, cierta descoordinación entre las sección europea y latinoamericana del Departamento de Estado, y entre éste y otras agencias de los servicios de información norteamericanos, acerca de la gravedad y la utilidad del "quintacolumnismo nazifalangista" en América Latina, que también perju- dicó a los franquistas. La publicación y difusión continental del libro de Chase, cuidadosa acumulación de rumores y denuncias antifalangistas, o las acusaciones sobre supuestas conexiones españolas en el golpe revolucionario boliviano del Movimiento Nacionalista Revolucionario o en los escándalos sobre espionaje alemán en Argentina indican que el peligro falangismo siguió siendo utilizado por Washington -a sabiendas de su inexistencia- cuando, desde 1943-4, se decidió combatir cualquier movimiento latinoamericano que no se adhiriera incondicionalmente a las directrices norteamericanas. Los ejemplos más claros fueron el aislamiento y las maniobras de descrédito que sufrieron los nuevos regímenes de Bolivia y Argentina (gobierno Farrel, desde febrero de 1944), acusados de ser agentes de un poder extranjero por ser contrarios a los grupos de presión vinculados a los intereses norteamericanos o por no estar bien dispuestos hacia Washington.{note id=35}

En todo caso, el resultado final para el gobierno español fue que, en 1945, llegó un momento en que la opinión pública latinoamericana sobrepasó las posiciones oficiales del Departamento de Estado en su condena al régimen franquista. La imagen del Régimen y sus relaciones con el área estaban demasiado dañadas. La política de ostracismo formal contra el Franquisino por la que se decidieron las grandes potencias a partir de esa fecha estuvo a punto de verse desbordada en los foros internacionales por las acciones de los países latinoamericanos. De hecho, las primeras iniciativas de repudio contra España en las Conferencias de Chapultepec y San Francisco fueron lanzadas por gobiernos de la región: México, Guatemala; Venezuela, Bolivia y Panamá rompieron relaciones con Madrid y reconocieron al gobierno de la República en el exilio. A raíz de una consulta continental promovida por Uruguay en agosto de 1945, el Régimen temió durante meses una ruptura colectiva de relaciones del bloque latinoamericano.{note id=36}

Cuando se aprobó la Resolución condenatoria de diciembre de 1946, nueve estados no tenían acreditado representante diplomático en Madrid y otros siete no mantenían relaciones diplomáticas con el régimen de Franco (Honduras y Haití se habían unido al grupo pionero). Sólo el embajador argentino y los representantes de El Salvador y la República Dominicana permanecieron en Madrid. Por lo que se refiere a las relaciones interamer- icanas, al terminar la Guerra Mundial, las expectativas de los países de América Latina sobre su futuro económico y, en general, sobre su futuro papel en el mundo de la posguerra se mostraron pronto falsas. En buena medida dependían de que los Estados Unidos mantuvieran el área dentro de sus prioridades internacionales, y esto no iba a suceder. En 1945, el gigante del norte se había convertido en una de las dos superpotencias y su esfera de influencia se ensanchó del ámbito hemisférico al mundial. La emergencia de la Guerra Fría consolidó esta tendencia, por la cual América Latina pasó a un segundo plano. Sin embargo, la proyección norteamericana sobre la región durante la Guerra Mundial había sido, en muchos sentido, un ensayo general de lo que iba a ser su política de rivalidad con la Unión Soviética.
 

NOTAS

  1. {fn id=1 title= F. IGLESIAS: "Características de la inmigración española en Cuba", en N. SANCHEZ ALBORNOZ (Ed.): Españoles hacia América. La emigración en masa, 1880-1930, Madrid, 1988, pp. 275-95; C. NARANJO: Cuba vista por el emigrante español, 1900-1959, Madrid, 1987, pp. 29-30 y 77-9. Cif. VV.AA.: Historia general de la emigración española en Iberoamérica, Madrid, 1992, Vol. 1. } {fn id=2 title= A. HENNESSY: "Cuba", en M. FALCOFF y F.B. PIKE (Eds.): The Spanish Civil War, 1936-1939. American Hemispheric Perspectives, Lincoln & London, 1982, pp. 105-12. } {fn id=3 title= La filial falangista de Cuba fue la que alcanzó una mejor organización de todas las fundadas en América Latina. Sin embargo, se ha tendido a exagerar las cifras de sus afiliados y simpatizantes: el número que calcula A. Chase (Falange. The Axis Secret Army in the Americas, Nueva York, 1943) es de 30.000, frente a los 1600 asociados que apunta, para septiembre de 1939, un informe del agregado naval norteamericano (U.S. National Archives, Decimal Files, Department of State, D.F.D.S., 852.20237/174). Lo que sí está documentado es el carácter minoritario que tuvo entre la colonia española, así como sus graves problemas de liderazgo y sus enfrentamientos con los diplomáticos y con los otros grupos pro- franquistas españoles por colisión de competencias y por desacuerdos con los coercitivos "modos falangistas". Vid. "Espinós a Jordana, 2-10-38", AMAE (Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid), R-1572/55, diversos informes en AMAE, R-1003/7 y AGA.P- SGM (Archivo General de la Administración, Sección Presidencia, Secretaría General del Movimiento), 153; C. NARANJO: Cuba, otro escenario de lucha. La guerra civil P el exilio republicano español, Madrid, 1988, pp. 19 y ss.; E. GONZALEZ CALLEJA: "El Servicio Exterior de Falange y la Política Exterior del Primer Franquismo", en Hispania, n° 186, (1994), pp. 279-307. } {fn id=4 title= Sobre el proceso revolucionario y la relación con Estados Unidos: L.D. LANGLEY: The United States and the Caribbean in the Tn,entieth Century, Athens & London, 1989, pp. 122- 38; B. WOOD: La Política del Buen Vecino, México, 1961, pp. 43-104; R. SMITH: Estados Unidos y Cuba. Negocios y diplomacia, 1917-1960, Buenos Aires, 1965, pp. 177-234. } {fn id=5 title= Desde 1927, cuando el volumen de comercio entre los dos países oscilaba entre los 10 y los 15 millones de dólares (con un saldo siempre favorable a España), España había perdido muchas posiciones en el mercado cubano. En 1937, mientras las importaciones cubanas de Estados Unidos ascendían a 89 millones de dólares y las británicas (segundo proveedor cubano) a 6 millones, las españolas apenas sobrepasaban el millón. En el capítulo de las exportaciones cubanas, las cifras eran similares: 150 millones a los EE.UU, 20 a Gran Bretaña, 3 a Alemania, 2 a Bélgica y Francia, 610.000 de dólares a España (en contraste con los 11 millones de media en la década anterior). Sin embargo, España seguía siendo uno de los mejores clientes del tabaco cubano (que suponía el 85% de todas las compras españolas). Al estallar la guerra, el tráfico comercial con la zona republicana se cortó. Por su parte, Franco había bloqueado y utilizado los créditos de los tabaqueros cubanos en España para paliar su falta de divisas, de manera que, en abril de 1939, su deuda con aquéllos sobrepasaba el millón de dólares. } {fn id=6 title= Vid. AMAE, R-1003/7, R-1003/, R-1003/9; "Espinós a Jordana, 12-2- 1939 y 19-4-39" en AGA.AE (Archivo General de la Administración, Sección Asuntos Exteriores), 5362 y 5364; "Espinós a Jordana, 30-4- 39 y 14-5-39", en AMAE, R-1572/15 y R-1269/11; "British Ambassador in Cuba to Eden, 28-8-39", en F.O., 371/24161; A. HENNESSY: "Cuba", op. cit., pp. 112-20; 'TM. Remos al Mtro. de RR.EE. de Costa Rica, 21-10-37 y 30-12-37-2, en A.N.C.R. (Archivo Nacional de Costa Rica), 435 y 448. } {fn id=7 title= Cif. J. TUSELL: Franco, España y la II Guerra Mundial. Entre el Eje y la neutralidad, Madrid, 1995. } {fn id=8 title= Cif. J.M. JOVER: "La percepción española de los conflictos europeos: notas históricas para su entendimiento", en Revista de Occidente, n4 167 (1986), p. 9; P. PÉREZ y N. TABANERA (Coords.): España/América Latina: un siglo de políticas culturales, Madrid, 1993; M. HUGUET, A. NIÑO y P. PÉREZ HERRERO (Coords.): La formación de la imagen de América Latina en España, 1898-1989, Madrid, 1992; J.C. MAINER: "Un capítulo regeneracionista: el hispanoamericanismo (1892-1923)", en Ideología y sociedad en la España contemporánea, Madrid, 1977, pp. 149-203; I. SEPULVEDA: Comunidad cultural e Hispanoamericanismo, 1885-1936, Madrid, 1994; E. GONZALEZ y F. LIMON: La Hispanidad como instrumento de combate. Raza e Imperio en la prensa franquista durante la guerra civil española, Madrid, 1988; L. DELGADO: Imperio de papel. Acción Cultural y Política Exterior durante el Primer Franquismo, Madrid, 1992. } {fn id=9 title= R.M. PARDO: "Hispanoamérica en la política nacionalista, 1936- 1939", en Espacio, Tiempo y Forma, S.V., T. 5 (1992), pp. 211-38. } {fn id=10 title= Cif. R. DALLEK: Franklin D. Roosevelt and American Foreign Policy, 1932-1945, Oxford, 1979 y The American Style of Foreign Policy, Oxford, 1983, pp. 118-20;1. GELLMAN: Good Neighbour Diplomacy. U.S. Policies in Latin América, 1933-1945, Baltimore, 1979; R.A. HUMPHREYS: Latin America and the Second IVorld War. Vol. I. 1939-1942, Athlone, 1981; R.F. SMITH: The United States and the Latin American Sphere of Infuence. Era of Good Neighbors, Cold Warriors and Hairshirts, 1930-1982, Vol. II, Malabar, 1983, p. 34; J.M. ESPINOSA: Inter-American Beginnings of U.S. Cultural Diplomacy, 1936-1948, Washington, 1976, pp. 120-142 y C.A. THOMSON & W.H. LAVES: Cultural Relations and U.S. Foreign Policy, Bloomington, 1963, pp. 30-43. } {fn id=11 title= W.F. KIMBALL: `The Juggler': Franklin D.Roosevelt and Anglo- American Competition in Latín America", en G. di TELLA y D.C. WATT: Argentina between the Great Powers, 1939-1946, Oxford, 1990, pp. 19-33 y 119-22; D.C. WATT: Succeeding John Bull. America in Britain's Place, Cambridge, 1984; M. GROW: The Good Neighbor Policy and Authoritarian- ism in Paraguay. United States Economic Expansion and Great Power Rivalry in Latin America during World War II, Lawrence, 1981, pp. 22-35; A. FRYE: Nazi Germany and che American Hemisphere, 1933-1941, New Haven & London, 1967, pp. 11-33 y M. MUGNANI: Mussolini e l'America latina 1936-1943: un disegno globle?, tesi di laurea (inédita), Universitá degli Studi di Firenze, 1983-84, pp. 74-82. } {fn id=12 title= Hitler no consideraba importante la contribución de América Latina al futuro esfuerzo bélico, ni se ha logrado documentar que la región constituyera un objetivo de la gran política de "espacio vital" nazi. Otra cosa fue que, en su esfuerzo por retener fuentes teóricas de materias primas, desplegase campañas de propaganda destinadas a estimular la resistencia nacionalista a la penetración norteamericana denunciando la política de Buena Vecindad (sobre todo desde fines de 1939). También pudo ocurrir que algunos elementos "iluminados" y visionarios del partido nazi maquinaron, al margen de las embajadas alemanas, conspiraciones y golpes de mano más o menos fantasiosos. O bien que, en determinados momentos, se llegara a pensar en una estrategia común entre las potencias fascistas para fines coyunturales: cuando se pensó asociar a algún país latinoamericano al Pacto Antikomintern; después, para contrarrestar la campaña de propaganda antitotalitaria y, posteriormente, cuando, desde 1939, se buscó la neutralidad latinoamericana en la Segunda Guerra Mundial. Vid. R.C. NEWTON: "Disorderly Succession: Great Britain, The United States and the `Nazi Menace' in Argentina, 1938-1947", en G. di TELLA y D.C. WATT: op. cit., pp. 114-5 y 122 y "The German- Argentines between Nazism and Nationalism: The Patagonia Plot of 1939", en International History Review, n° 3. (Jan. 1981), pp. 76-77 y 83-92; A. EBEL: Das Dritte Reich und Argentinien. Die diplomatischen Beziehungen unter besonderer Beracksichti- gung der Handelspolitik (1933-1939), Colonia, Bóhlau, 1971, p. 272 y "The German- Argentines between Nazism and Nationalism: The Patagonia Plot of 1939", en International History Review, n° 3. (Jan. 1981), pp. 76-92 y C. BUCHRUCKER: Nacionalismo y Peronismo. La Argentina en la crisis ideológica mundial, 1927-1955, Buenos Aires, 1987, p. 185. } {fn id=13 title= F.B. PIKE: Chile and the United States,1880-1962. The Emergente of Chile's Social Crisis and the Challenge to United States Diplomacy, Notre Dame, 1965, pp. 206-8; S.E. HILTON: "The United States and Argentina in Brazil's Wartime Foreign Policy, 1939- 1945", en G.di TELLA & C. WATT: op. cit., p. 159. El miedo a ataques germanos tuvo como derivación inmediata un cambio en la planificación militar defensiva americana, que por primera vez consideró probable un ataque alemán sobre el continente (Planes Rainbow): F.A. BAPTISTE: War Cooperation and Conflict: the European Possessions in the Caribbean, 1939-1945, New York, 1988, p. 6 y Cif. J.P. DIGGINS: L'America, Mussolini e il fascismo, Bar¡, 1982. } {fn id=14 title= R. GELLMAN: op. cit., p. 81 y "Cárdenas a Jordana, 22-6-1939", en AMAE, R-1004/8; K. GRIEB: Guatemalan Caudillo. The Regime of Jorge Ubico. Guatemala: 1931-1944, Athens, 1979, pp. 249-53; M. MUGNANI: Mussolini e !'America..., pp. 151-2; el decreto argentino en AMAE, R-1002/14. } {fn id=15 title= "Lojendio a Jordana, 5-4-1939", en AMAE, R-1002/14; "López Escobar a Jordana, 23-5- 1939 y 28-5-1939", en AMAE, R-1004/8 y AMAE, R-2449/4; "J. de Cárter a Jordana, 3-6- 1939", en AMAE, R-1003/2; AGA.AE, 8727. } {fn id=16 title= A partir de julio-agosto de 1940, en unos meses y sin declaración formal, los EE.UU. pasaron-como señala Humphreys- de la Neutralidad a la No Beligerancia. Se modificaron los planes estratégicos y armamentísticos poniendo en marcha mecanismos de cooperación y ayuda militar directa a Gran Bretaña y se dieron los pasos precisos para lanzar una magna campaña de propaganda contra el Eje en América Latina. En junio de 1940 el Congreso había aprobado un capítulo presupuestario especial para Relaciones Culturales con una declarada finalidad propagandística antitotalitaria. Por primera vez se incluyeron fondos para un amplio programa de intercambio con América Latina y la Division of Cultural Relations del Departamento de Estado fue la encargada de coordinar el gigantesco War emergency cultural relations effort. Su dotación inicial de 500.000 dólares iba a ser aumentada en los años siguientes: 3,5 millones en 1941 y 30 millones en 1944, todos destinados a programas interamericanos (el 10% para intercambio cultural). Vid. R.A. HUMPHREYS: Latin América and..., Vol. I, pp. 79 y ss.; J.B. DUROSELLE, La política exterior de los Estados Unidos (de Wilson a Roosevelt), México, 1965, pp. 298-20; R. DALLECK: F.D.Roosevelt..., pp. 243 y ss.; D.F.D.S., 800.20210/557-1/2 y J.M. ESPINOSA: Inter- American Beginnings..., pp. 157-180; L.D. LANGLEY: The United States..., pp. 150-5; I. GELLMAN: Good Neighbour..., pp. 90-96. } {fn id=17 title= D.F.D.S., 810.00 SPANISH/74, 810.00 SPANISH/90, 800.20210/586, 800.20210/557-1/2 y 852.00/9512. Prueba de que no existía un temor excesivo era la permisibilidad de la organización en Puerto Rico: AGA.AE, 8727. } {fn id=18 title= En los meses previos, amplificar la amenaza del fantasma del totalitarismo en el hemisferio también sirvió para persuadir a los amplios sectores aislacionistas o neutralistas de la opinión pública norteamericana, reacios a un mayor compromiso en la guerra, ensanchando el margen de maniobra de Roosevelt en tiempos de campaña electoral. } {fn id=19 title= Un estudio más amplio de estos temas, en Vid. R. PARDO: ¡Con Franco hacia el Imperio! La política exterior española en América Latina, 1939-1945, Madrid, 1995, caps. III y IV; L. DELGADO: Imperio de..., pp. 150 y ss. Para el caso argentino: M. QUIJADA: Relaciones hispano-argentinas 1936-1948. Coyunturas de crisis, tesis doctoral inédita, Madrid, Univ. Complutense, 1989 y M. GONZALEZ DE OLEAGA: Las relaciones hispano-argentinas 1939- 1946. Identidad, ideología y crisis, tesis doctoral inédita, Madrid, Univ. Complutense, 1990. } {fn id=20 title= Los mandos falangistas de la isla estimaban que los simpatizantes y afiliados habían pasado de 4000 a 8000 entre 1938 y 1939, y se habían duplicado de nuevo hasta la primavera de 1940. Sin embargo, estos guarismos resultan desmedidos si tenemos en cuenta que el propio jefe falangista se quejaba de que sólo 9.000 de los 175.000 españoles en Cuba se inscribieron en el consulado franquista después de abril de 1939. De ellos, no más allá de "varios miles" (según las autoridades consulares) nutrieron, en algún momento, las listas de Falange y del Auxilio Social. Vid. "Espinós a Jordana, 19-4-39", en AGA.AE, 5364; "Espelíus a Beigbeder, 29-11- 39 y 13-12-39" y "Rialp a Beigbeder, 15-2-40", en AMAE, R-1569/7; "Giménez Arnau a Beigbeder, 7-12-39" y "Auxilio Social, Cuba, s/f, 1941% en AMAE, R-1083/2; "Alvarez a Espelíus, 3-6-41", AMAE, R-1911/23 y "Reymunde a Serrano, 19-11-41", en AMAE, R-1432/ 10 y la correspondencia de AGA.P-SGM, 153. } {fn id=21 title= Las coincidencias en asuntos y lemas con la propaganda del Eje eran sospechosas: no a una "América para los americanos del Norte", caricaturas de Roosevelt y artículos de apoyo al candidato republicano Willkie, carteles con mapas de España que abarcaban Arizona, California y Nuevo México, advertencias contra las aspiraciones imperialistas norteame- ricanas y llamamientos a los americanos "hispanolusitanos" para que "asegurasen sus vinculaciones europeas" como una forma de contrapesar la preeminencia estadounidense. La campaña ni siquiera cejó tras la clausura de la Conferencia. } {fn id=22 title= Alemania, que había perdido sus posibilidades en América tras el frustrado golpe de estado de los Integralistas en Brasil en 1938, se concentró en la propaganda contra la reelección del presidente Roosevelt. Entretanto, procuró rentabilizar el crédito de sus aliados italianos y españoles en el resto del continente. Su presión sobre algunas repúblicas en relación con la Conferencia resultaron negativas. Italia se benefició de la mala prensa de Alemania en la región hasta junio de 1940, fecha en que Mussolini destruyó su imagen de moderador de Hitler y perdió la influencia de que disfrutaba en las colonias italianas de América. Vid. C. BUCHRUCKER: Nacionalismo y Peronismo..., p. 186; "Reinebek al Secretario de Estado de Costa Rica, 1 y 30-7-1940", en A.N.C.R. Caja 51? y A. FRYE: Nazi Germany..., pp. 131-152; M. MUGNANI: Mussolini..., pp. 245-80. } {fn id=23 title= "Espelíus a Beigbeder, 30-7-40", en AMAE, R-1447/26; "Beigbeder a Espelíus, 27-9-40", AMAE, R-1667/4 y AMAE, R-2654/2. } {fn id=24 title= La Declaración de La Habana contemplaba que las colonias europeas pudieran ser ocupadas por cualquier nación americana en caso de amenaza a la seguridad nacional o continental. También se creó la "Oficina para la Coordinación de Relaciones Comerciales y Culturales entre las Repúblicas Americanas", que hizo de Estados Unidos la pieza clave de la economía latinoamericana en los meses siguientes, y se acordó concertar y redoblar la lucha contra las actividades políticas o propagandísticas de carácter antidemocrático -o que favorecieran a un estado beligerante- de diplomáticos, grupos o individuos extranjeros. Vid: F.A. BAPTISTE: War Cooperation..., pp. 39-47; J.B. DUROSELLE: La política exterior..., p. 453; I. HUMPHREYS: Latín América and..., Vol. 1, pp. 55-8 y 74-5; "Espelíus a Beigbeder, 30-7- 40", en AMAE, R-1447/27 y "Cárdenas a Beigbeder, 10- 8-1940", en AMAE, R-1447/26. } {fn id=25 title= Vid. AMAE, R-1569/8 y P-345/24.378; "Espelíus a Serrano, 11 y 17- 2-41", en AMAE, R- 1432/10 y R-1799/6; "Serrano al encargado de negocios cubano, 25-1-41 y 6-3-41", en AMAE, R-1577/37 y R-1886/11; D.F.D.S., 737.52/17; "Espelíus a Serrano, 23-11-40", R 1435/7. Sobre las otras filiales: "Cárcer a Cárdenas, 24-9-1940", en AGA.AE, 8727; "Serrano a Sandoval, 16-1-41", en AMAE, R-1569/2; "Arcos a Serrano, 12-12-40 y 11-2-41", en AMAE, R-1569/9; D.F.D.S., 852.20221/2; AMAE, R-1569/14 y AGA.AE, 10078; "Magaz a Serrano, 17-4-41", en AMAE, R-1910/43.




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