Recuerdos con amores. Caballos, mujeres y libros en la vida de un escritor    
Notas a propósito de: BIOY CASARES, ADOLFO, Memorias. Infancia, adolescencia y cómo se hace un escritor,Barcelona, Tusquets, 1994.

El volumen de recuerdos del laureado escritor argentino Bioy Casares se inicia con un característico movimiento de transición de lo rural a lo urbano. Las primeras líneas introducen una serie de caballos y perros asociados a su infancia en el campo, y el párrafo inaugural da cuenta de sus antepasados inmediatos, con los que comparte su carácter de estanciero y su papel de heredero: "Recordándolos alguna vez pensé que los herederos son para la sociedad los ángeles que, según me contaron, vierten el agua del cielo sobre los atribulados pobladores del purgatorio". El estanciero, el gran propietario rural de la pampa húmeda argentina, es comprendido como figura redentora que lleva a la realidad los deseos imaginarios de los simples mortales y, lo más curioso, creyendo de algún modo que su función social es precisamente ésa.

Ello explica la pose general que Bioy Casares adopta en sus Memorias, en las que se presenta como el escritor sin culpa, a diferencia de su amigo Jorge Luis Borges, en quien no deja de advertir cierto puritanismo restrictivo de la vida.[1] Por cierto que Bioy se complace en pasar elegantemente a un segundo plano cuando hace referencia a la intensa actividad literaria que compartió con Borges; pero si se siente obligado a admitir que Borges escribe "mejor", también se complace, por otra parte, en dar muestras de mayor expansión vital. En sutil contraste táctico con la desdichada vida amorosa de su colega, Bioy Casares salpica su relato con múltiples aventuras que coquetamente registra con discreta gestión de los detalles. Definitivamente mundano (vis á vis la tópica hiperintelectualidad borgeana), el motivo central de su existencia es, o pretende ser, el goce. Y la narración del disfrute del yo es la motivación de la memoria.

Pero la presentación de ese disfrute huye elegantemente de todas las formas de lo vulgar y se esfuerza en tomar distancia de cualquier sospecha de vanidad (un disvalor recurrente en el texto). [2] Es por ello que esta autobiografia aparece trabajada por la ironía y por un sentido único de la comicidad y del absurdo. Ironía, es decir, disimulo ante los propios méritos; sentido del absurdo, o bien frialdad deferente ante el disparate: los recursos literarios se orientan siempre hacia una representación personal típica caracterizada por el autocontrol y la mesura. En este contexto puede comprenderse mejor el desapego de Bioy ante las actitudes irreverentes del surrealismo, manifestado explícitamente como menosprecio hacia la estudiada extravagancia de André Breton o la cáustica autodefensa que ensayó ante Tzara, "a quien le aseguré que no había ninguna razón para que leyera mis libros". [3] Bioy Casares no tiene reparos en hablar de sus adulterios o de sus propiedades, pero no hace particular énfasis en sus éxitos literarios; el humor descargado sobre sí mismo distrae cualquier aparición de la vanitas del seductor y la dosificada irrupción de las malas palabras es otro rasgo de mundanidad antiborgiana, pues indica el contacto del ángel heredero con el mundo. Palabrotas y confesiones provocan también el necesario afecto de cruda realidad que tiñe estos recuerdos ante una voz narrativa de la que se está inclinado a esperar fantasías. Si bien, desde otra perspectiva, la realidad no tiene para el escritor la consistencia de un principio restrictivo del placer sino que, por el contrario, se halla saturada de la vulgaridad de lo ordinario, del azaroso desorden que exhibe aquello no organizado por la inteligencia. "Los sueños fueron siempre para mí muy reales: la parte de la realidad correspondiente a la noche". ¿Y no es la noche el momento del amor galante, de la espléndida fiesta rentista del estanciero argentino, de lo irreal realizado como seducción, como derroche, como literatura?

El amor que permanece constante tras la fugacidad del siempre renovado flirt está representado, desde luego, por la estancia. Aunque en ello no debiera verse un inelegante apego a la propiedad rural sino el resultado de una fuerza telúrica y pasional que determina una identidad. La tierra elemental es toda la realidad que, en un sentido positivo, deja filtrar Bioy Casares. Por otra parte, su noción de estancia es casi romana: el dominio paterno pero también "el pedazo más querido de la patria". [4] Es así que se constituye también en el amoroso lugar de la felicidad infantil, pero también en el áspero marco del fracaso adulto en el momento en que el escritor cobra conciencia de que un estanciero es un César que dirige carismáticamente a la comunidad que lo circunda y comprende que su personalidad no heredó la dote de un carácter patriarcal. [5
 

De un campo al otro

Ultimo testigo del gran mundo que construyó a su alrededor la poderosa oligarquía rural argentina, Bioy Casares es también un último exponente de la gran narrativa argentina del siglo XX. Como los pioneros estancieros, sus mayores, pero lanzado a la conquista del territorio más simbólico de las letras, el escritor debe proceder a roturar y cercar su dominio. Así entendidas, adquieren otro relieve las iniciativas editoriales en las que, acompañado por Borges, se lanza a conquistar el dominio literario. Borges y Bioy Casares se conocieron en 1932 y formaron una de las alianzas más importantes y sólidas del campo intelectual argentino, alianza que, como se sabe, incluyó la colaboración literaria, iniciada en 1937, con la curiosa tarea de redacción de un folleto acerca de las virtudes de un producto lácteo elaborado en el establecimiento familiar de la poderosa familia Casares. Más tarde, ambos escritores planean en común antologías, ediciones comentadas de ciertos autores, traducciones y, finalmente, de la empresa editorial de más aliento: una colección de literatura policial denominada "El séptimo círculo". Con esta famosa colección que dirigieron para la firma Emecé a partir de la década de 1940, Borges y Bioy Casares intentaron, según deja entender el segundo en sus Memorias, orientar el gusto y tomar contacto con el gran público a través de un género popular y "menor", pero muy pautado, y del cual ambos escritores poseían una preceptiva ortodoxa que lo destinaba a una clásica función de preservación del orden narrativo y de la claridad argumental. Alejado de la psicología, de los recursos a la violencia desnuda o al erotismo, recursos típicos del hard-boiled, el policial clásico debía expresar un triunfo de la inteligencia pura. "El séptimo círculo" editó decenas de volúmenes y resultó un gran éxito editorial.

De este modo, dos escritores exquisitos se ven envueltos en el ritmo de los grandes números (que, acaso a otro nivel de intensidad y responsabilidad, Borges ya había experimentado mientras dirigió, durante un par de años de la década de 1930, el suplemento cultural del popular periódico Crítica) y en otros aspectos hasta entonces desconocidos a nivel doméstico, como los condicionamientos económicos de los derechos de traducción, realidades por otra parte ignoradas en el horizonte de literatos que ejercían su oficio casi como aficionados que aristocráticamente subestimaban, como no se deja de apreciar en este libro de recuerdos, la tosquedad burguesa de sus editores. La intención apenas subterránea de propagar un gusto queda evidenciada por una notable lista preceptiva transcrita en el libro y que, como es natural tratándose de Borges y de Bioy Casares, mezcla seriedad e ironía por partes iguales pero indescernibles, y termina resultando algo así como una normativa aporética por autocontradictoria, pero, de todos modos, nítida y fuertemente tensionada hacia la descalificación de cualquier estética alternativa. [6] De este modo, el campo literario recibe las pretensiones de una transferencia de dominio provenientes del otro campo, la estancia, y dichas pretensiones se fundan en un claro programa de producción artística. Se trata aquí de identificar la vocación política oculta detrás de la broma estética, la inclinación práctica de dos escritores tradicionalmente renuentes a aceptar el impacto de la instancia histórica en su perspectiva literaria, al punto que, en 1936, fundaron una revista deliberadamente titulada Destiempo.

Un obstáculo importante que, en opinión de Bioy Casares, debió sortear la propuesta estética que elaboró con Borges queda simbolizado en estas Memorias en la figura de Victoria Ocampo, fundadora de Sur, la principal revista literaria de la Argentina durante medio siglo desde 1930, y de la que ambos escritores fueron colaboradores asiduos. La Ocampo, proveniente de un sector social semejante al de Bioy Casares y vinculada familiarmente con éste, aspiraba a la jefatura espiritual de una vasta zona del campo literario. Pero sus pretensiones de hegemonía chocaron a menudo con otras vertientes culturales presentes en su propio ámbito social y literario. Más inclinada hacia la cultura francesa, Victoria Ocampo representaba, para el marcado gusto anglófilo de los dos amigos escritores, una propuesta cultural "de salón", un tanto snob y, en definitiva, sujeta a su conocida arbitrariedad personal como promotora de Sur. Para Bioy Casares, la cultura francesa constituía un relevante legado familiar, pero sus propios gustos lo predisponían hacia el mayor "rigor" que identificaba en la literatura inglesa, aunque, como su padre, nunca desdeñó oportunos viajes "terapéuticos" a Francia (y quizá deberían considerarse también las resonancias extra-medicinales de la expresión en boca de un argentino rico y culto). Borges, por su parte, dejó escrito que, durante su niñez, quien no supiera francés era considerado en su círculo social como un casi analfabeto, y agregó que en la Argentina se había pasado del francés al inglés y del inglés a la ignorancia. [7

Estos conflictos culturales "intra-específicos" del crucial ambiente literario organizado alrededor de Sur, sumados a cierto antagonismo personal de los escritores hacia su directora, contribuyen a explicar los regocijantes episodios sobre Victoria Ocampo que se leen en estas Memorias. Bioy Casares revela anécdotas de viaje que virtualmente incineran a la Ocampo, presentándola como despótica y egocéntrica, y marcadamente propensa a la mise en scene cultural, mientras reserva para el escritor José Bianco, largamente vinculado a la dirección de Sur y por quien siente gran afinidad estética, el reconocimiento por los mayores méritos que pudiera haber alcanzado esa importante revista en su larga trayectoria.
 

Caballeros argentinos

El anecdotario que Bioy Casares despliega en sus Memorias - los episodios de los varios viajes, los arranques de su cuñada Victoria Ocampo- revela la autopresentación preferida que adopta el escritor. Un poco desolado por tosco amor propio que manifiesta la gente, sarcásticamente estupefacto por la curiosa estupidez del mundo, el escritor se consagra a la tarea de espectación literaria en una actitud de repliegue del espacio político-social ocupado por la actividad de su padre abogado y funcionario ocasional, pero sin renunciar (como Borges) a la interacción con el ámbito extra-literario, en el que pretende conservar para sí la tarea de hombre de mundo y seductor infatigable. En contraposición a la vacía espectacularidad del escritor yuppie, con su inautenticidad arribista de nouveau riche en la república mercantil de las letras, Bioy Casares representa la noble elegancia de quien no ostenta nada, pues no hay nada valioso -simbólico o material- que no pueda pertenecerle por derecho propio. El yo tradicional y libre no tiene relación con la histeria de la autopromoción y se resiste a ser reducido a mera mercancía literaria; no reconoce restricciones burguesas ni consagratorias, ni mentales, y exhibe un confiado -aunque sólo aparente- desapego por los espacios de poder. En Bioy Casares, el espíritu burgués de acumulación explícita se reduce al universo femenino, del que muestra una imagen petrificada. Las mujeres son sólo las mujeres bellas y la única mujer que en verdad cuenta como individuo es la madre; para usar palabras insuperables de su amigo Borges: las otras son ejemplares de la especie, pero no auténticos objetos.

Con su imagen dividida entre las recusaciones sociales que la crítica literaria politizada lanza contra él desde hace casi tres décadas [8] y la casi incondicional celebración de la que esa misma imagen es objeto hoy día desde los suplementos literarios de los periódicos porteños de todo el espectro político, [9] Bioy Casares intenta recuperar en sus Memorias la propia iniciativa en relación con su figura literaria. Imagen estilizada de sí mismo, texto interesante tantó por lo que recuerda como por lo que olvida o silencia, el escritor evitó en sus recuerdos la espectacularidad, las revelaciones sensacionales, los nombres propios y las confidencias. Ello es particular- mente evidente en sus referencias a Borges, que apenas agregan nada a lo que, por distintos medios, ya se conocía; pero algo de aquella discreta tónica general del relato se traiciona en la representación del escritor como seductor. Seguramente más allá de toda intención deliberada, Bioy Casares se muestra en este libro como un ejemplo de la variante vitalista del escritor exquisito, en contraste con su amigo y antagonista Jorge Luis Borges. Del mismo modo, estas Memorias constituyen un precioso testimonio directo de la vida del estanciero, una figura social con aspiraciones culturales bilingÜes, con una moral inalienable de la tierra, poseedora de una mítica fortuna y en rápida decadencia como clase dirigente. Acaso esos rasgos alcancen también a evidenciarse en el plano cultural por la indiscutida, pero también indisputable y aislada, posición en que los medios masivos de comunicación ubican actualmente la figura literaria de Adolfo Bioy Casares: la de prócer viviente de la gran narrativa argentina del presente siglo.
 
JOSE FERNÁNDEZ                                                                                Universidad de Buenos Aires
 

NOTAS

"A mí, por ejemplo, me gustaba desde chico la idea de las curas termales, porque pensaba que debía ser sumamente agradable estar sentado, descansando y que lo atiendan a uno. Ese tipo de cosas a Borges lo impacientaban. Era un poco protestante, una persona con un sentido de la culpa que yo nunca tuve". Bioy Casares, A., Memorias [en adelante M], p. 114. Véase también p. 91 donde hace referencia a dos amigas que, respecto de su persona, le manifiestan opiniones psicoanalíticas de plena normalidad. 
Para las apariciones de "vanidad" como rasgo a controlar pues deforma la personalidad e impide la felicidad, cfr.: M, pp. 26, 53, 56, 63 y 68. 
Ibídem, p. 132. 
Ibídem, p. 75. 
Ibídem, pp. 46, 48 y especialmente 140: "Poco a poco fui comprendiendo que la gente [de la zona de la estancia] esperaba de mí lo que estaba acostumbrada a esperar de mi abuelo y de mi padre: la solución a sus problemas. Comprendí también que inevitablemente los defraudaría". 
Las referencias a "El séptimo círculo" se encuentran en M, pp. 98 y ss.. La lista preceptiva "de prohibiciones", como las llama Bioy Casares, en pp. 81 y ss.. 
Borges, J. L., Prólogos, Bs. As., Torres AgÜero editor, 1975, pp. 7-8. 
Por ejemplo, la relación de los escritores estancieros con su personal (y en particular la de Bioy Casares con la figura del "criado favorito") es objeto de cáusticas observaciones en: Viñas, David, Literatura argentina y realidad política. De Sarmiento a Cortázar, Bs. As., Siglo Veinte, 1974, pp. 233-234 (la primera edición de este libro es de 1964). Del mismo modo, el carácter de "niño mimado" representado por Bioy Casares ha sido tema de análisis en: Matamoro, Blas, Oligarquía y literatura, Bs. As., Ed. del Sol, 1975, p. 175 y ss., donde también se advierte la tendencia a idealizar la infancia, presente en estas Memorias. 
Cfr.: Homenajes a los 80 años de Bioy Casares en números especiales de los suplementos culturales de: Clarín, 8.9.1994; La Nación, 11.9.1994; Páginall2, 11.9.1994 (en el mismo número del diario, p. 32, véase también: Soriano, O., "La pasión y el genio"). 




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