Caudillo, Estado, Nación. Literatura, Historia e Ideología en el Uruguay    
ABRIL TRIGO:Gaithersburg, MI), Hispamérica, 1990.

Rafael Gutiérrez Girardot sostiene que en América Latina, a diferencia de Europa, no existe una tradición histórico-literaria, ni tampoco sociológica y política, que tenga el peso y la sustancia material para emprender una elaboración de una historia social de la cultura hispanoamericana, a excepción de los pioneros ensayos de Pedro Henríquez Ureña: Las corrientes literarias en la América Hispánica y Latinoamérica: las ciudades y las ideas de José Luis Romero. El libro de Abril Trigo nos demuestra que esta elaboración ya empezó a hacerse, aunque, en rigor, el objeto de sus reflexiones es la reconstrucción del zigzagueante y sinuoso itinerario del discurso ideológico nacional uruguayo, y no sólo de su literatura.

A Trigo le obsede dar (y recuperar) un sentido a los diferentes proyectos de Nación uruguaya que se despliegan en los intentos de formación del Estado Nacional uruguayo, desde la emancipación a nuestros días. A tal fin, recorre un repertorio de valiosos discursos de índole muy variada: políticos, ideológicos, socio-económicos, filosóficos, literarios, periodísticos, etc. Le interesa menos el juego intertextual de esos discursos que sus fragmentos y pliegos más significativos, que delatan las frustraciones e incumplimientos de las diversas propuestas de una nación planeándose en sus textos, pensándose a sí misma.

Trigo encuentra el punto de partida metodológico de esta empresa intelectual de auscultar los dilemas del estado nacional, y su correspondiente legitimación ideológica, en los usos del ideomito en torno al caudillo, y a la conceptualización de la Nación como un "ethos", y el Estado como un "logos". Negando la identidad de ambos términos, Trigo sostiene que los estados buscan legitimarse en una nación y las nacionalidades persiguen su realización, su espacialización, en la forma de un estado. La nación-estado es, así, "el producto de la fusión, inestable, y dialéctica, de ambos términos, es una transacción, una alianza en la que ambos buscan fortalecerse mutuamente. Nunca una identidad" (p. 256-57).

El libro se propone dar respuesta a preguntas acuciantes de la identidad de los uruguayos: ¿Cuál es la índole del Estado uruguayo moderno? ¿Cuáles son sus orígenes, sus fundamentos? ¿Cómo se articula con la nación uruguaya/ oriental que le sirve de sustento? Y en caso de existir, ¿Qué configura y ordena esta nación, qué la define? ¿Cómo, dónde, de qué modo se manifiesta? La hipótesis que recorre todas las páginas del libro de Trigo es que el estado uruguayo no ha realizado a la nación, sino que, por el contrario, ha obstruido su libre devenir, castrando su "energía nacional", atrapada en las mallas de la civilización occidental. Esta hipótesis - que su autor quiere demostrar a través de la historia social e ideológica uruguaya desde 1876 - en realidad está abonada con presupuestos ontológicos que se hunden en una supuesta "etiología nacional", la cual recurre a dos polos territoriales antagónicos. Por un lado, la pradera y sus campos feraces; por el otro, el puerto y su muelle comercial. Uno engendró "la anárquica libertad de la barbarie"; el otro, legisla el "orden de la civilización" a través de la razón estructurante del Estado.

En este choque dialéctico del drama histórico uruguayo, la fuerza dispersiva, centrífuga de la campaña rural, estaría signada por un pathos que remite a la protohistoria de los orientales, donde siempre aguarda un caudillo. El trabajo original de Trigo precisamente se despliega en estrategias de mostrar cómo los fundadores del Estado utilizaron el ideomito fundacional de Artigas para legitimar nacionalmente los distintos proyectos del Uruguay moderno.

Así, el estado batllista neutralizó el voltaje subversivo del ideomito del caudillo Artigas, a quien adoptó como símbolo nacional, pero repudiando el pathos de su gesta social y popular.

El análisis de textos de intelectuales como Florencio Sánchez y Herrera y Reissing sirve para poner al descubierto el proyecto nacional del batllismo de hacer la transición pacífica de un régimen oligárquico-patricio a la democracia liberal, abjurando del núcleo revolucionario del caudillismo y las guerras civiles. Así, el poeta modernista aplicará un craso positivismo spenceriano para criticar "el perfil del hombre primitivo emocional de los uruguayos", denunciando la falta de la experiencia de la propiedad a la "gran masa de nuestros campos", y de esta forma moderna, reasegurarse contra "este impulso animal del hombre primitivo que no es otra cosa que el estallido rápido de las emociones" (p. 86). Por su parte, el dramaturgo rioplatense, en Cartas de un flojo, habría renegado de sus correrías juveniles y de su experiencia de haber servido como soldado saravista en 1897, repudiando tanto a las masas del campo como a la figura del caudillo, "derivación histórica del encomendero y del cacique" (pp. 88-89).

También el análisis del teatro criollo le sirve a Trigo para demostrar convincentemente lo que llama "urbanización y domesticación del drama gauchesco", por el cual "el éxito de los Podestá señala la definitiva derrota de Moreira". El proceso de urbanización del Estado uruguayo - según Acevedo Díaz- habría urbanizado también al teatro circense, provocando "descabalgar al gaucho ... domeñarlo, quebrarlo, reducirlo a peón, y, además, arrebatarle la posibilidad de la patriada, la fuerza de la montonera" (p. 90). Descabalgado, el gaucho dejará de ser un factor de perturbación para devenir un elemento de progreso.

Trigo logra uno de sus mejores momentos de análisis crítico cuando intenta estudiar la forma complementaria por la cual el Partido Blanco - enemigo político del reformismo batllista - lejos de poner en cuestión el proyecto de Estado nacional de la época, lo fortalece. Así, Luis Alberto de Herrera surge nítidamente como la contra-figura de Batlle, su alter ego, y completamente nato. "El Uruguay batllista es posible únicamente por su labor domesticadora, civilizadora de los componentes bárbaros del Partido Nacional. La inmensa obra transformadora que Batlle pretende incrustar en el existente aparato estatal será posible únicamente por la civilizada y civilista oposición que le plantea Herrera, quien es, en última instancia, el árbitro de la hora" (p. 103).

Trigo prueba de qué modo Herrera pasó a desempeñar el papel de defensor de los intereses de las clases conservadoras, integrándose al grupo de los evolucionistas que adherían a la táctica de la pacificación y lucha electoral, y repudiando la opción armada, luego del intento frustrado de Basilio Muñoz en 1910. La segunda etapa de la domesticación partidaria fue realizada en 1917 cuando Herrera, a la cabeza del grupo populista, se enfrentó a los doctores y elaboró su imagen de caudillo urbano. Esta imagen le permitió apelar a las grandes masas partidarias, pero sustituyendo en el imaginario social, "aquellos ideomitos de latente peligrosidad por otros que canalizan esas energías hacia una práctica política enmarcada en la paz" (p. 104).

Políticamente, al institucionalizarse la coparticipación con los Colorados, el caudillo urbano Herrera ayudó a domesticar al batllismo y legitimar un estado- nación donde se reconocía como el verdadero Uruguay. Blancos y Colorados comparten una abjuración unánime del caudillismo: a partir de entonces, el discurso oficial abandonó la "orientalidad" que ligaba al país al área platense, y se ensalzó la "uruguayidad". El concepto nación se deslocaliza al ser asimilado a ideales como "democracia política", "justicia social" y "soberanía económica". El consejo de Florencio Sánchez: "Sean menos localistas. Ningún pedazo de tierra nos ha parido", era la confirmación de una vocación internacionalista, compatible con el status de la filosofía oficial, proveniente del intelectual Vaz Ferreria, quien relativizaba el patriotismo en aras del humanismo.

Tal vez el Más logrado capítulo del libro, la Jornada Tercera: ("Por la Heroica pasión de la barbarie"), condensa y epitomiza el esfuerzo intelectual del libro de Trigo, escrito con rigor, pero desbordante de una pasión inocultable hacia la figura del caudillo y su ideomito. El estudio de la Crónica de Muñiz, de Justino Zavala Muñiz, publicada en 1921, permite comprender la contradicción del proyecto nacional uruguayo moderno. Acompañado de los análisis de Baltasar Messera (Blancos y Colorados, 1952), la obra histórica de José P. Barrán y Benjamín Nahum (Historia rural del Uruguay moderno, 6 vols., 1968-1977) y Roberto Ares Pons (La inteligenisia uruguaya y otros ensayos, 1968), Trigo va ensamblando los fragmentos discursivos de Zavala para mostrar el desgarramiento entre una filiación política ligada al proyecto estatal del batllismo, por una parte, y por la otra, su visceral lealtad a la figura mítica del abuelo caudillo y su mundo de patriadas y gauchos malevos. Crónica de Muñiz recupera la vitalidad latente del ideomito de la figura del caudillo en un momento en que la modernización uruguaya abjuraba de los Saravia y de los Muñiz como categorías históricas.

Según Trigo, Zavala escribió "un anti-Facundo", justo en una coyuntura donde coexistían blancos herreristas modernizadores al lado de batllistas congelados en su impulso reformista. Pero Zavala - que durante toda una época se erigió en la conciencia alucinada del batllismo - será finalmente asimilado durante la postguerra en el intelectual de partido del neo-batllismo. El periplo de este intelectual marcaría para Trigo la metáfora frustrante del intelectual uruguayo que fue amamantado en el magma nacionalista del caudillaje pero cooptado finalmente por el estado moderno uruguayo: si el nacionalismo herreriano fue incapaz de percibir las potencialidades de la "barbarie redentora", la heroica pasión de Zavala para Trigo se queda sin aliento, "por no haber comprendido que la matriz de su ideomito sólo se nutre y se proyecta en... nuestra etiología nacional" (p. 150).

Menos interesantes resultan los capítulos consagrados a la utilización del ideomito artiguista por el revisionismo histórico, y también por su contrincante, el ruralismo modernizador; ellos no alcanzan a explicar ni la clave del milagro de la "Suiza de América" en los 50 y 60, ni tampoco el por qué de su caída. Si la historia intelectual es capaz de dar cuenta de los motivos por los cuales el herrerismo se despojó de la "molesta barbarie" de Aparicio Saravia para ser funcional con su civilizada pretensión de compartir el poder, en cambio el par de oposiciones que ensaya Trigo entre el perdido "pathos" (Nación Oriental) y el férreo "ethos" del Estado nacional uruguayo explican poco los complejos procesos de la historia social y cultural uruguaya antes y luego de la implantación del estado autoritario militar de los años 70. Un notorio ejemplo de esta simplificación es la tentadora utilización de categorías irracionales para analizar a los actores históricos.

Así, Trigo pretende explicar la conducta de Raúl Sendic y la guerrilla Tupamaros a través de la fascinación del líder de la lucha armada por las patriadas del siglo XIX, y el influjo de "la desmesurada razón de la barbarie" de las guerras civiles orientales (pp. 205-206).

Libro apasionante, bellamente escrito, su lectura resulta imprescindible para disfrutar de una osada propuesta de la historia del discurso nacional del estado uruguayo, desde una perspectiva interdisciplinaria. Mucho menos interesante, en cambio, resultan sus conclusiones metodológicas y sus disquisiciones sobre la proto-historia del Uruguay moderno.
 
Leonardo Senkman Universidad Hebrea de Jerusalén




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