Desafíos transatlánticos. Mercaderes, banqueros y el estado en el Perú virreinal, 1600-1700.


MARGARITA SUÁREZ:  Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, Instituto Riva-Agüero, Fondo de Cultura Económica, Instituto Francés de Estudios Andinos, 2001.
 

Este innovador y muy importante libro se compone, de hecho, de dos: el primero es un estudio de los bancos limeños en los años 1600-1635, y en especial del banco de Juan de la Cueva. El segundo trata de las relaciones del Consulado de Lima como representación de los mayores mercaderes limeños, con el estado y con los arrieros de Panamá como parte de la lucha librada contra las limitaciones impuestas al comercio por los Austrias.

La autora, trabajando pacientemente en los archivos, ha reconstruido las actividades bancarias. Los resultados son fascinantes y muy importantes para entender el desarrollo económico del Perú y de las colonias españolas durante la primera mitad del siglo XVII. Modifican, y a veces rechazan, convicciones existentes en la historiografía.

Entre 1600-1635 existieron en Lima y en el Perú dos tipos de instituciones crediticias: 1) instituciones eclesiásticas, en especial conventos de monjas, que daban crédito barato, de largo plazo, vinculado a la tierra, y al cual no se podía tener acceso fácilmente; 2) bancos de Lima y mercaderes, que daban crédito en operaciones financieras y comerciales. Entre fiadores de los bancos aparecen también artesanos y no solamente grandes comerciantes.

La reconstrucción de las actividades del banco de Juan de la Cueva (Lima 1615-1635) muestra un banco con agentes y sucursales en toda la costa del Pacífico, entre Lima, Acapulco, México, Potosí, Santiago de Chile, Panamá y Sevilla, que guardaba dinero, realizaba pagos y transferencias, cobraba deudas y prestaba dinero. La autora reconstruyó los modos de cobrar por sus servicios sin ser acusado de usura. El banco servía también a instituciones, al estado, y se apoyaba en instituciones eclesiásticas, como el Santo Oficio, la Compañía de Jesús.

El banco de Juan de la Cueva prestaba al gobierno, a los hombres del rey (funcionarios entre oidores, corregidores, cabildantes), artesanos, y a los hombres de arriba, es decir grandes mineros y comerciantes potosinos, quienes a su vez prestaban a los mineros y azogueros. No es posible calcular la proporción entre inversiones en comercio, producción, bienes inmuebles y consumo. En el caso de los mineros, fuera del crédito comercial, funcionaba el crédito del estado (mita, azogue fiado), pero el estado fue incapaz de cobrar sus deudas a los mineros.

Los mercaderes y banqueros invertían, cuando pudieron, en comprar funciones vendidas por la corona en cabildos y otros lugares. El banco de de la Cueva fue centro de una red de empresas particulares -- mercaderes locales que colaboraron con el banco de manera sistemática en diversos lugares, cada vez con un acuerdo nuevo. De hecho, aunque no de derecho, formaron durante años un consorcio permanente. Hubo varios circuitos comerciales, con el centro en el mercado limeño, que los unían: el circuito de áreas cercano a Lima, que abastecía a esta ciudad de comidas y otros artículos de primera necesidad; el circuito de conexiones marítimas en la costa peruana; el circuito del Pacífico sur hacia Arica (y por tierra a Potosí, Cuzco) y Santiago; el circuito norte, hacia Centroamérica, Acapulco y México de un lado, y Manila y China del otro lado; y finalmente, el circuito del Mar del Norte (Atlántico), a través de Panamá a Sevilla y otros países europeos.

Dentro de los circuitos internos, de especial importancia fue el de Cuzco y Potosí, ya a través de la tierra, ya a través de Arica. Ganancias mayores se obtenían en el comercio con México y Asia y en el comercio con España. El banco de de la Cueva, y quizás otros, trataban de separar el comercio de ultramar del comercio interno peruano, para garantizar el monopolio comercial y aumentar las ganancias. Los agentes del banco, quienes de hecho y formalmente eran empresarios independientes, interesados en seguir colaborando con el banco, tenían una autonomía enorme. Los volúmenes de comercio y préstamos calculados por la autora, quien explica su metodología, son aproximados por la importancia del contrabando en todas las rutas, particularmente en rutas hacia Panamá, Acapulco, Manila.

La Real Caja de Lima estaba endeudada por tomar prestado dinero de bancos para pagar a los asentistas, quienes a su vez también fueron financiados por los banqueros, para cumplir con los asientos (contratos con las autoridades). Los bancos ganaban, la Real Hacienda se endeudaba. Un estudio más detallado de la guerra contra los araucanos muestra cómo los comerciantes limeños y banqueros ganaban de la guerra y del comercio con Chile. El Real monopolio de financiar la producción y comprar todo el azogue producido no funcionaba a causa de los retrasos en pagar a los mineros. Los mineros endeudados pagaban sus deudas con azogue, lo cual permitió formar un circuito ilegal de venta de azogue y producción de plata sin pagar impuestos, todo controlado por banqueros y mercaderes limeños.

En fin, el primer libro muestra, en el caso del banco de Juan de la Cueva, un consorcio banquero y comercial de tamaño mundial. Su banco, y los demás bancos limeños, cayeron por diversas causas, entre las cuales destacan: contracción de producción minera, malos préstamos, contracción del mercado y confiscaciones de bienes por el Santo Oficio.

El segundo libro estudia la política de mercaderes limeños representados por el Consulado, que consiguió asientos para cobrar impuestos. De hecho, fue un privilegio de pagar una cuota al Rey para poder contrabandear plata sin registro. La plata registrada desapareció, ya que el Rey la tomaba prestada y la devolvía con atraso y pérdidas para los comerciantes. Sólo en la década de los sesenta, el sistema fue reformado: el Consulado pagaba por cobrar impuestos y liberar de registro la exportación de plata. El espacio temporal del análisis de la autora aumenta y esta vez llega a 1664.

El estudio del transporte de mercancías a través de Panamá [1600-1682] muestra que los panameños trataron de monopolizar e imponer precios de transporte a través del Istmo, mas, sin embargo, acabaron endeudados y dependientes de los mercaderes limeños. Su mala situación venía de la disminución del volumen de mercancías a favor de valor, y del menor número de galeones, menos frecuentes.

El análisis de los conflictos entre el Consulado de Lima, como representación de los mercaderes más poderosos, y las autoridades panameñas, y con las autoridades reales, revela que los mercaderes del Consulado utilizaron los asientos para disminuir sus costes de impuestos, financiaron la defensa de las costas en el Mar del Sur y en el Mar del Norte, y finalmente erosionaron todo el sistema de monopolio y flotas y galeones. El estudio se concentra en la segunda mitad del XVII. Uno de los modos de abolir los galeones fue no enviar la plata a Panamá, lo cual obligaba a los galeones a invernar en Tierra Firme. De hecho, desde la última década del siglo XVII ya predominaron naves de registro y naves extranjeras, entre ellas las de las compañías con quienes los mercaderes limeños comerciaban en Europa.

Fueron los mercaderes limeños quienes destruyeron el sistema comercial diseñado por los Austrias y consiguieron defender, como siempre, un comercio libre con Europa. Sin embargo, la destrucción de caminos oficiales de comercio introdujo en los territorios antes monopolizados a nuevos comerciantes peninsulares, quienes compitieron con los limeños.

El estudio del Consulado no sería posible sin el de los bancos limeños. El lector, después de haber leído la maravillosa reconstrucción del consorcio de Juan de la Cueva comparado con otros de su época, siente una falta de una reconstrucción comparable de las actividades de mercaderes limeños en el período desde 1635 a 1700. El estudio del Consulado no lo sustituye. Sin embargo, es pedir a la autora que escribiera otro libro. En fin, todo historiador interesado en entender el funcionamiento de la economía colonial peruana bajo los Austrias debe leer la obra obligatoriamente.

 

Y. Bar Yafe Szemiñski Universidad Hebrea de Jerusalén




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