Confini e frontiere : conflitti e alleanze inter-ethniche in America Meridionale Sec. XVIII


CHIARA VANGELISTA: Torino: Il Segnalibro, 2001.
 
Desde los tiempos iniciales de la conquista, el corazón de la América del Sur constituyó para portugueses y españoles un área de frontera, en el sentido que le da Chiara Vangelista de franja territorial marginal con respecto a los centros de poder económico, social y político, en la que se contraponen y se integran naturaleza y sociedad. Partiendo de Asunción, los españoles habían explorado a mediados del siglo XVI la cuenca del río Paraguay, cruzado el inhóspito Chaco y fundado Santa Cruz de la Sierra en las estribaciones orientales de los Andes. Decepcionados por la inexistencia de metales preciosos en las tierras bajas, a partir de las primeras décadas del siglo siguiente dejaron en manos de los jesuitas la conversión de los nativos y la defensa del territorio contra los portugueses, que con sus temibles bandeiras

se infiltraban profundamente en el continente. En 1718, una de esas incursiones descubrió oro en la meseta de Mato Grosso. Inmediatamente tras ello fue fundada la ciudad de Cuiabá, conectada por vía fluvial con San Pablo, que requería brazos esclavos y alimentos para su población minera.

A mediados del siglo XVIII se hizo perentorio para ambas coronas delimitar sus respectivos dominios americanos, en un caso para frenar la expansión portuguesa hacia el oeste (región amazónica) y el sur (banda oriental del Río de la Plata), en el otro para afianzar lo ocupado al oeste de la línea de Tordesillas. Los sucesivos tratados de Madrid (1750), El Pardo (1761) y San Idelfonso (1777) fueron trazando una línea de demarcación que seguía en buena medida el curso del río Paraguay. Paralelamente, se adoptaron nuevas políticas hacia esas regiones: mientras que Portugal procuró consolidar su presencia estimulando la migración espontánea y fundando fuertes, presidios y ciudades, España continuó su estrategia defensiva mediante misiones religiosas entre los grupos indígenas. Así, un límite internacional (confine, en italiano) se superpuso a una frontera expansiva ya existente, dando lugar a una redefinición de las relaciones de los invasores con los pueblos aborígenes de la región y de éstos con los colonizadores y entre sí.

Éste es el marco histórico general en el que se inscribe el sugerente trabajo de Chiara Vangelista. La autora analiza la interacción política entre los grupos étnicos autóctonos de la frontera, convertidos en «pueblos de los confines», y los agentes de la colonización ibérica, en dos grandes áreas: el Chaco, al sur, y los llanos de Mojos y Chiquitos, al noroeste. Su ambicioso objetivo es reconstruir e interpretar, a partir del análisis diacrónico de eventos que puntuaron las relaciones interétnicas e intertribales, las políticas externas y, en lo posible, internas de algunos grupos indígenas cuyo devenir se vio directamente afectado por el establecimiento de límites internacionales en sus territorios. Para ello, se concentra en tres ejes temáticos: la política tribal externa e interna, la circulación de bienes en las esferas intertribal e interétnica y las modificaciones de los territorios étnicos.

Estudia tres casos de grupos independientes en la región chaqueña que, sin desdeñar episódicas alianzas con los invasores, resistieron tenazmente a los sucesivos intentos de integración y evangelización. En primer lugar, los canoeros Payaguá, eximios navegantes que controlaban la circulación fluvial sobre el río Paraguay y sus afluentes. Huyendo de los jesuitas y atraídos por la presencia portuguesa en Cuiabá, el grupo septentrional de los Payaguá, conocido como Cadigué, reorientó a partir de 1719 sus razzias hacia el Mato Grosso. Desplazando a los Guató de la región del Pantanal y aliándose con los Guaikurú, atacaron durante varias décadas las flotas portuguesas que circulaban entre Cuiabá y San Pablo, obteniendo esclavos y oro que colocaban luego en el mercado asunceño a cambio de bienes apreciados en la esfera de circulación indígena. Mientras los Cadigué abrían una verdadera frontera de expansión hacia el norte, los Tacumbú, grupo meridional de los Payaguá, optaron por establecerse en Asunción y pactar paces con los españoles. No se trataba de una ruptura interna, sino de una orientación unitaria basada en la acción diferenciada de los dos grupos locales, que seguían manteniendo estrechas conexiones territoriales, económicas y sociales entre sí. Cuando en la década de 1770 se clausuró la fase expansiva de los Cadigué, a raíz de la ruptura con los Guaikurú, del decaimiento de la actividad minera en Cuiabá y del establecimiento de fuertes portugueses sobre el río Paraguay, éstos resolvieron reagruparse en territorio paraguayo y se radicaron en Asunción junto a los Tacumbú.

Vangelista analiza luego el caso de los Mbayá-Guaikurú, guerreros ecuestres que entre 1770 y 1830 se atribuyeron un rol hegemónico en las relaciones entre los portugueses y los demás pueblos indígenas de la región, y el de sus vasallos y parientes, los pacíficos Guaná o Chané, agricultores de origen arawak. Gracias a la domesticación del caballo y a la relación de subordinación que habían impuesto desde tiempos pre-colombinos a los Chané, los Mbayá-Guaikurú se especializaron en la guerra y el comercio, logrando desplazar de las vías fluviales altoparaguayas a sus ex aliados Payaguá hacia 1770. En esos mismos años, los portugueses construyeron en la zona una línea de fuertes que, si por un lado aumentaron las posibilidades de expediciones punitivas, por el otro constituyeron otros tantos puntos de atracción, ya que sus pobladores necesitaban animales y productos agrícolas para su subsistencia. En 1791, los Guaikurú firmaron acuerdos de paz con los portugueses, se asentaron cerca de los fuertes y, a partir de entonces, se dedicaron a comerciar con los milicianos ganado robado a los hacendados paraguayos y productos agrícolas obtenidos de sus vasallos chané, a cambio de armas y bienes de prestigio. Para los Chané, el asentamiento estable contiguo a los portugueses reforzó los intercambios directos con éstos, debilitando el control que sobre ellos ejercían los Guaikurú. Con el tiempo, los lazos entre ambos grupos se distendieron y a partir de 1820 los Guaikurú reiniciaron sus ataques contra puestos portugueses para mantener una posición de prestigio basada en su status de guerreros.

Por último, la autora estudia el caso de los Mojos, un conglomerado de grupos étnicos organizado en reducciones autosuficientes por los jesuitas que, a diferencia de las tribus independientes del Chaco, participaba desde fines del siglo XVII de un proyecto colonial de ocupación y defensa de la frontera y constituía una población numerosa, disciplinada y eficiente para el trabajo agrícola y artesanal, que suscitó inmediatamente el interés de los portugueses instalados desde 1750 en la margen oriental del río Guaporé. La política portuguesa de atracción hacia los indígenas de las misiones comenzó a dar resultados luego de la expulsión de los jesuitas. El auge que entonces tuvo el comercio ilegal a través de la frontera afectó a tal punto el stock ganadero de las reducciones que, por falta de su habitual ración de carne, los indios empezaron a desertar las misiones, lo que incrementó la explotación laboral de los que quedaban y reforzó las estrategias individuales, familiares y grupales de huída y reagrupamiento familiar del otro lado de la frontera. La inmediatez de los asentamientos portugueses brindaba a los fugitivos la ilusión de una protección contra el trabajo excesivo y la persecución de los administradores.

Los casos estudiados por Chiara Vangelista demuestran de modo convincente --y ésta es sin duda su mayor contribución-- que los pueblos indígenas de los confines no fueron meros objetos pasivos de las políticas coloniales, sino actores perspicaces y dinámicos que adecuaron sus estrategias intra e intertribales y su relación con los invasores en función de garantizar su supervivencia como grupos y su integridad territorial (aunque la ubicación y los límites precisos de sus territorios variaran a raíz de su alineamiento con una u otra potencia), manteniendo y si posible acrecentando el prestigio tribal. Al negarse a la integración, pero no a la interacción, las sociedades indígenas se convirtieron en una variable significativa y transformadora de la vida fronteriza. Partiendo de la percepción indígena de los conflictos y posibilidades que brindaba su nueva posición geopolítica de pueblos de confines, Vangelista invierte la perspectiva tradicional de la frontera, centrada en el encuentro entre la modernidad europea y el presunto estatismo indio. Coherente con este enfoque, la autora propone incluso considerar como «frontera indígena» la expansión de los Cadigué hacia el Mato Grosso entre 1719 y 1770.

El libro de Chiara Vangelista sugiere nuevas perspectivas de análisis e incita a profundizar la investigación en múltiples direcciones, en particular en lo relativo a los mecanismos indígenas de toma de decisiones en materia de política exterior y a los reacomodamientos internos --políticos, sociales, económicos-- que se produjeron en esas sociedades a raíz de las estrategias adoptadas hacia los colonizadores ibéricos y hacia los demás grupos étnicos de la región. Si la documentación sobre la que se basa Vangelista proviene mayoritariamente de fuentes luso-brasileñas (salvo en el caso de los Mojos), sería ciertamente enriquecedor complementar esa información con la de los archivos paraguayos.

Un detalle que llama la atención en un libro que otorga una importancia central a las consideraciones geográficas es el relativo descuido en la presentación de los mapas que acompañan a la obra: no se mencionan sus procedencias --por lo demás, a todas luces diversas; no se identifican los territorios étnicos que ocupaban en el siglo XVIII los grupos indígenas seleccionados, ni aparecen reflejadas todas las referencias geográficas citadas en el texto. Un trabajo de esta envergadura y calidad, donde la reflexión geopolítica ocupa un lugar preponderante, merecería contar con un mapa especialmente elaborado para ilustrar las realidades geográficas, ecológicas y étnicas en las que se hicieron carne las fronteras y los confines dieciochescos.

Florencia Roulet Universidad de Lausanne




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