Elites intelectuales y ciencias sociales en la Argentina de los años 60

El Instituto Torcuato Di Tella y la Nueva Economía

MARIANO PLOTKIN IDES/CONICET-UNTref 
FEDERICO NEIBURG Museu Nacional, UFRJ/CNPq

mplotkin@untref.edu.ar
fnmv@alternex.com.br

 


El propósito de este trabajo es examinar el proceso de surgimiento de una nueva elite intelectual-estatal en la Argentina a partir de la década de 1950: los economistas profesionales. El desarrollo de esta elite es entendido como el resultado de dos procesos convergentes. En primer lugar, se vincula con las demandas de una burocracia estatal que se modernizaba como consecuencia de un orden internacional cambiante en el contexto de la Guerra Fría y de la Alianza para el Progreso, y debido a una profundización de la presencia del Estado en el campo económico. [1] En segundo lugar, se asocia a las condiciones particulares de la evolución de la economía en la Argentina como disciplina a la vez científica y de Estado y, en términos más generales, a la constitución de un campo modernizado e internacionalizado de las ciencias sociales.

Los economistas profesionales constituyen un grupo muy particular dentro de los científicos sociales. Son los únicos especialistas formados específicamente para desarrollar su actividad cerca del poder, ya sea económico (trabajando en empresas y consultoras) o político (trabajando para el Estado). Esta presencia cercana al poder se fundamenta menos en la posesión de un capital político o social reconocido, o en el monopolio de una práctica profesional (como sería el caso de los médicos o abogados), que en la posesión de conocimientos técnicos especializados, basados en el uso exclusivo de una jerga propia, adquirida y legitimada en un mundo académico intensamente internacionalizado. La economía se presenta a la vez como una ciencia sobre la sociedad y como un conjunto de herramientas operativas al servicio del poder. [2]

Como puede comprobarse a través de algunas de las figuras de mayor prestigio mundial, los economistas construyen un grupo de poder singular a partir de su capacidad para transitar entre medios y actividades diversos, haciendo valer, en cada uno de ellos, los capitales acumulados en los otros. Así, no es raro que lleguen al Estado gracias al prestigio cultivado en el plano académico o en el mundo de los negocios; que sean contratados por éstos gracias a sus credenciales académicas o a su experiencia en la gestión estatal y que, en la base de esos movimientos, encontremos redes de relaciones personales tejidas en el mundo internacionalizado de la economía académica y de organismos financieros. [3] Por fin, es necesario considerar aún otro elemento que singulariza a algunos economistas, favoreciendo este régimen de acumulación de poder y prestigio en varios planos: la posición que suelen ocupar como mediadores entre el campo económico nacional y los flujos de dinero en el plano internacional, facilitándolos, obstaculizándolos y orientándolos a través de su actividad en instituciones estatales e internacionales. Debido a estas características, los economistas profesionales, aun los que han ocupado reiteradamente funciones oficiales, han tenido pocos incentivos para realizar una inversión sistemática y continua en la construcción de instituciones estatales. Su lealtad hacia el gobierno que los nombra ha sido generalmente endeble, y no es raro encontrar al mismo economista trabajando para gobiernos de la más dispar tendencia ideológica. [4]

A pesar de la importancia que los economistas han adquirido como elite estatal en los últimos años, y de constituir su estudio una puerta de entrada esencial para entender procesos tales como el funcionamiento del Estado moderno y su relación con la conformación de saberes operativos sobre la sociedad, poco se ha investigado de manera sistemática sobre estos temas en la Argentina. Este trabajo pretende comenzar a llenar este vacío, contribuyendo al análisis del desarrollo del Estado, de la constitución de las ciencias sociales y de la consolidación y profesionalización de la economía como campo disciplinario.

La primera parte del presente artículo trata de la evolución de la economía en la Argentina en tanto disciplina, en la primera mitad del siglo XX. En la segunda parte, el foco está colocado en la historia de una institución en particular: el Instituto Torcuato Di Tella (ITDT), fundado en 1958 y, más concretamente, en su Centro de Investigaciones Económicas (CIE). Observando el papel desempeñado por esa institución (y por los individuos asociados a ella) en la redefinición de las reglas del juego de las ciencias sociales y de la economía en especial, mostraremos cómo la historia del ITDT es un escenario privilegiado para la discusión de la reconfiguración de las relaciones entre elites estatales y elites intelectuales en la Argentina de los años sesenta.

El papel que el Instituto Di Tella ha desempeñado en la modernización de la cultura argentina de la década de 1960 ha sido estudiado por otros autores. Sin embargo, el énfasis ha sido puesto en lo que fue probablemente su aspecto más visible y públicamente conocido: los centros de arte que constituyeron, hasta su cierre en 1970, uno de los polos más dinámicos de producción y difusión del arte de vanguardia no sólo en la Argentina sino en toda América Latina. [5] El otro aspecto del Instituto, el papel que cumplió en la constitución del campo de las ciencias sociales y en la conformación de una elite estatal, no ha sido abordado hasta el presente de manera sistemática. [6] El presente artículo intenta también llenar este vacío en la historiografía.

La conformación de un campo de la economía en la Argentina

Hacia comienzos de la década de 1950, la Argentina contaba con poco prestigio en los nuevos centros de poder mundial. Las poco disimuladas simpatías que los coroneles de 1943 habían manifestado por las potencias del Eje durante el tramo final de la Segunda Guerra Mundial habían contribuido a la marginación del país por parte de las potencias aliadas y en particular por parte de los EE.UU. La retórica y las políticas de tinte nacionalista del gobierno de Perón no contribuyeron a cambiar esta situación. [7] Cuando sobre el final de su gobierno éste intentó recomponer las relaciones con los Estados Unidos y atraer capitales extranjeros, ya era tarde. Como señalaba un documento del Departamento de Estado estadounidense de 1954:

Actualmente la Argentina no tiene vinculaciones seguras con ningún poder importante del mundo. La conexión británica ya no es útil para apoyar un esfuerzo argentino hacia el progreso económico y la estabilidad. La Argentina ha sido incapaz de establecer una colaboración amistosa con Estados Unidos como la que beneficia a Brasil. Por consideraciones políticas, ideológicas y económicas es imposible para Perón alinearse definitivamente con la U.R.S.S. [8]

Hacia 1955, la Argentina era el único de los grandes países de América Latina que aún no había adherido a los organismos financieros internacionales surgidos de los acuerdos de Bretton-Woods: el Fondo Monetario Internacional o el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (antecesor del Banco Mundial), agencias que incrementaban rápidamente su influencia en la región. Esta falta de presencia argentina en los organismos financieros internacionales contrastaba fuertemente con la situación de otros países de la región, notoriamente Brasil. A partir de la colaboración que el presidente Getulio Vargas prestara a los EE.UU. durante la Segunda Guerra Mundial, Brasil se había convertido en un aliado estratégico para este país. Desde muy temprano economistas brasileños participaron activamente en las discusiones del Fondo Monetario y otros organismos. [9]

Otros autores han analizado la importancia que las agencias financieras internacionales han tenido en el proceso de profesionalización e internacionalización de la economía en tanto disciplina, particularmente en América Latina. [10] La posibilidad de participar en las discusiones llevadas a cabo dentro de las mismas era, para los economistas locales, una manera de “ponerse al día” con los últimos desarrollos de la teoría económica, al tiempo de establecer importantes contactos personales. En muchos casos, economistas latino-americanos enviados al FMI o al Banco Mundial aprovechaban sus estadías en los EE.UU. para completar su formación académica, en un momento en el que, cada vez más claramente, era en ese país donde se elaboraban las reglas del juego del campo de la economía.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, pero particularmente durante la Guerra Fría, y más aún en los primeros años de la Alianza para el Progreso, los EE.UU. fueron desarrollando un interés cada vez mayor en formar elites latinoamericanas que les fueran, si no totalmente leales, al menos receptivas. Éstas tenían que ser eminentemente técnicas, para poder hacerse cargo de los problemas inherentes al desarrollo económico, una de las prioridades de la Alianza para el Progreso y, sobre todo, de las negociaciones con los organismos internacionales; tenían que ser internacionalizadas y, sobre todo, debían hablar el lenguaje de la economía que, gradual pero rápidamente, se constituía junto con el idioma inglés en una lingua franca en el plano internacional. De ahí su interés en implantar instituciones como la Comisión Mixta Brasil-Estados Unidos de 1951 y, antes aún, en la constitución de centros de formación e investigación en materia económica, como la Fundación Getulio Vargas, creada en Brasil en 1946. Similar fue el caso de otro país vecino, Chile, cuya capital, Santiago, pasó en 1948 a ser la sede de la recién fundada Comisión Económica para América Latina (CEPAL, dependiente de la ONU), transformándose en un centro de circulación de científicos sociales y, especialmente, de economistas provenientes de diversos países del continente. [11] A pesar de que varios de estos economistas, incluyendo al director de CEPAL, Raúl Prebisch, eran argentinos, el país sólo comenzaría a ponerse a tono con el espíritu de los tiempos más tarde, después de la “Revolución Libertadora” que derrocó al gobierno de Perón en 1955.

Excepto en los países anglosajones, la institucionalización de la economía como una disciplina universitaria autónoma tuvo lugar esencialmente durante la segunda posguerra. En Argentina podría haberse avanzado más tempranamente ya que, a diferencia de otros países latinoamericanos e incluso europeos, existía desde 1913 una Facultad de Ciencias Económicas (en la Universidad de Buenos Aires, UBA) que funcionaba autónomamente con respecto de la de Derecho y que contaba incluso con una publicación propia: la Revista de Ciencias Económicas. [12] Esta Facultad, surgida como una extensión de la Escuela de Comercio, estaba, sin embargo, más bien destinada a formar profesionales en contabilidad. [13] Si bien es cierto que otorgaba un título académico de Doctor en Ciencias Económicas, quienes entonces se ocupaban de la economía de manera sistemática por lo general provenían de otras profesiones: el derecho y la ingeniería. Hasta la década de 1930 podría decirse que la economía como disciplina, tanto académica como de Estado, estaba a cargo de miembros de una elite más bien definida en términos sociales y políticos y no de grupos técnicos egresados de la Facultad.

A pesar de lo dicho, también existieron desde relativamente temprano algunos espacios abiertos para la formación de cuadros técnicos dentro y fuera del Estado. La Revista de Economía Argentina, creada en 1918 por el ingeniero Alejandro Bunge, constituyó uno de esos espacios a través de la generación de información estadística, así como de la formulación de propuestas de políticas económicas y sociales. Bunge, de extracción católica, se desempeñaba como docente en la cátedra de geografía económica de la Facultad de Ciencias Económicas y como Director Nacional de Estadísticas. De hecho, el manejo de las técnicas estadísticas y de las ramas más abstractas de las matemáticas conformaron un saber particular que facilitó la autonomización de la economía como disciplina respecto de los otros saberes sociales. [14]

Otra experiencia de formación de una elite técnica estatal en el país fue la que reunió, desde finales de la década de 1920, algunos abogados y egresados de la Facultad de Ciencias Económicas en torno a Raúl Prebisch. Este grupo era significativamente conocido durante la década del 30 como “el trust de los cerebros”, y contribuyó de manera decisiva a la formulación de planes y políticas económicas, incluida la creación del Banco Central en 1935 y el frustrado “Plan Pinedo”, formulado a principios de los años 40, que promovía la protección limitada a ciertas industrias. [15] Prebisch había sido discípulo y temprano colaborador de Bunge en la Revista de Economía Argentina, además de docente de la Facultad y director y redactor de la Revista de Ciencias Económicas en la década de 1920. Desde muy joven ocupó posiciones dentro y fuera del Estado, creando varias oficinas de investigaciones económicas, equipadas con bibliotecas de libros y revistas extranjeras: primero en la Sociedad Rural Argentina, luego en el Banco Nación y, más tarde, en el Banco Central. [16]

Por otro lado, desde temprano, Prebisch intentó generar condiciones para la formación adecuada de cuadros técnicos estatales. Según su diagnóstico sobre las deficiencias académicas que padecía la Facultad de Ciencias Económicas, propuso, aunque sin éxito, la creación de una escuela avanzada en economía para el personal del Ministerio de Hacienda y del Banco Central. Al mismo tiempo, estableció condiciones muy estrictas para la contratación de técnicos y, en 1940, creó un programa de becas por medio del cual cada año el Banco Central enviaba un número limitado de empleados a tomar cursos de posgrado en la Universidad de Harvard. Pero precisamente si este grupo liderado por Prebisch no fue el origen de una “elite estatal” más estable, esto en parte se debió a los avatares de la política argentina luego de 1943. Expulsado de la función pública por el gobierno peronista, Prebisch dejaría el país para hacerse cargo finalmente de la secretaría ejecutiva de la CEPAL en Chile en 1948. La mayoría de sus colaboradores se dedicó a la actividad privada, retomando un lugar protagónico como funcionarios estatales (al menos algunos de ellos) tras la caída de Perón. Desde la CEPAL, Prebisch se convertiría en uno de los economistas latinoamericanos más influyentes, aunque, paradójicamente, menos en su país que en los vecinos. [17]

El régimen de Perón introdujo nuevos grupos sociales en el campo del poder, profundizándose una tendencia que ya existía desde antes, aunque con menor intensidad: el recambio casi total del personal estatal por parte de cada gobierno. [18] Si en países como Brasil Rodrigo Melo Franco de Andrade pudo ocupar el cargo de director del servicio de Patrimonio Histórico y Artístico Nacional entre 1936 y 1967, nada semejante era siquiera pensable en Argentina en el área de la cultura, ni en ninguna otra, al menos desde los tiempos en que Paul Groussac ocupó la dirección de la Biblioteca Nacional. [19] Sin embargo, la necesidad de contar con cuadros técnicos en materia económica, con fluidos contactos internacionales, se profundizó, sobre todo durante la última parte del gobierno de Perón, signada por ansiedades “productivistas”. Luego del fin de la “fiesta peronista” administrada por el “mago de las finanzas”, el empresario Miguel Miranda, la tarea de poner en orden la economía fue encargada a un técnico austero, egresado de la Facultad de Ciencias Económicas y con una larga trayectoria en la administración pública: Alfredo Gómez Morales.

Si el peronismo ocupó el Estado casi por asalto, quienes lo derrocaron hicieron lo propio en un proceso de “desperonización” inspirado en la “desnazificación” que las autoridades aliadas practicaron (aunque de manera más mesurada) en la Alemania ocupada. [20] Sin embargo, sería luego de la caída de Perón cuando se generó por primera vez en la Argentina la conformación de algo parecido a una elite estatal técnica de las características que deseaban Prebisch y su grupo. [21] Ésta estaría conformada por los economistas, cuya disciplina, desde finales de los 50, había adquirido autonomía académica al haberse finalmente creado una carrera de licenciatura en economía en la UBA y en otras universidades del país. Los miembros de esta elite técnica, poseedora de fluidos contactos internacionales, serían los principales gestores de la inserción del Estado argentino en el plano económico internacional, siguiendo una de las principales recomendaciones de Prebisch: la adhesión al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial. [22] Las nuevas instituciones del “Estado desarrollista”, tales como el Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE) o el Consejo Federal de Inversiones (CFI), expandirían el reclutamiento de miembros de la “nueva generación de cerebros”, entre los que se destacarían investigadores del ITDT.

El desarrollismo, entendido como “clima de ideas” y no como una ideología política, se implantó en la Argentina, y más generalmente en América Latina, a partir de los años 50. Sus fuentes intelectuales son múltiples y han sido estudiadas por otros autores. [23] Basta mencionar el papel preponderante que ocupaba el pensamiento elaborado y diseminado por el propio Prebisch desde la CEPAL y, desde una perspectiva ideológica diferente, las obras de W.W. Rostow, en particular su influyenteThe Stages of Economic Growth de 1960. Otro “autor faro” del desarrollismo fue sin duda Albert Hirschman, cuyas ideas tendrían gran influencia en la región. Pero el hecho que reforzó el lugar del desarrollismo en América Latina y su institucionalización política fue la Revolución Cubana y sus consecuencias inmediatas. El desarrollismo se presentó como la alternativa reformista y progresista a la revolución como forma de confrontar los problemas que aquejaban a América Latina. Esta visión era promovida por la administración de John Kennedy a través de la Alianza para el Progreso. No es casual, en este sentido, que el CONADE haya sido creado precisamente como parte de los acuerdos de la Alianza. Industrialización acelerada, tecnificación del agro, reforma agraria moderada, factores éstos que permitirían un crecimiento económico sostenido y sostenible, como así también una distribución de ingresos más equitativa dentro de un contexto democrático, complementado por la presencia de unas fuerzas armadas modernas y bien equipadas, constituían el núcleo básico de este sistema ideológico y político.

Implícita en este programa había una redefinición del papel del Estado. Dentro de las distintas tendencias existentes dentro del desarrollismo existía un consenso en el sentido de que éste debía cumplir un papel esencial en la promoción del desarrollo. La caída del gobierno de Perón representó, por lo tanto, no solamente el final de un régimen que ya llevaba 10 años, sino el comienzo de un período signado por una rápida modernización que se dio no sólo en la cultura (uno de cuyos motores pasó a ser la universidad renovada y otro sería el propio ITDT), sino también en la burocracia estatal, en un clima que ya prefiguraba los años 60. Áreas tan diversas como la salud mental, la promoción de las artes y de las ciencias se constituyeron en espacios de los cuales el Estado argentino, rompiendo una larga tradición, no se mantuvo más prescindente. [24]

La implantación del desarrollismo como sistema hegemónico de pensamiento fue un factor importantísimo en la constitución del campo de la economía en particular, y de las ciencias sociales en general, por varios motivos. En primer lugar, el desarrollismo era, al igual que otros sistemas de pensamiento aplicados a distintos campos de política pública en esos años, esencialmente interdisciplinario. Así como la salud mental (otro campo conformado en esos años) no consideraba a la salud como la mera ausencia de enfermedad sino como una situación general de bienestar que abarcaba variables sociales, económicas y culturales, el desarrollo económico se diferenciaba del mero crecimiento porque también constituía una categoría mucho más amplia e inclusiva. En la consecución del desarrollo tendría que actuar una constelación de nuevas formas de conocimiento científico sobre la sociedad, en la que habría lugar no sólo para economistas, sino también para sociólogos, antropólogos, psicólogos sociales, educadores, etc. [25]

Pero al mismo tiempo, y en segundo lugar, la consecución del desarrollo requería que estos saberes fueran específicos y especializados. Aparecía así toda una nueva gama de tecnologías aplicadas a las ciencias sociales, y en especial a la economía, que permitirían producir instrumentos para el diagnóstico de la situación, la programación y la planificación. Matrices de Leontieff, modelos econométricos que requerían una sofisticada operatoria matemática y elaboradas técnicas para la confección de cuentas nacionales, coexistían con planteamientos más ensayísticos sobre política económica. Para planificar había que conocer los índices de desarrollo de manera adecuada. El manejo de estas tecnologías requería un conocimiento que sólo una formación específica, con reglas propias, podía otorgar.

En tercer lugar, el desarrollismo se basó en nuevas convergencias de intereses, a las que también estimulaba. Las políticas destinadas a promover la industrialización acelerada también estaban orientadas, como no se cansaban de exponer sus portavoces, a garantizar un orden social [26] que sería el producto no (sólo) de medidas represivas, sino de la implementación de las políticas de desarrollo planificadas científicamente por los técnicos de nuevo cuño. Por lo tanto, el Estado, las ciencias sociales y las industrias modernas se convirtieron en espacios de intereses cruzados. Un ejemplo claro de esta convergencia de intereses es la publicación de la Revista de Desarrollo Económico por parte de la Junta de Planificación Económica de la Provincia de Buenos Aires a partir de 1958. La Junta, creada por Aldo Ferrer, cuando éste se desempeñaba como ministro de economía en la provincia, daría origen al Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), un centro de investigaciones sociales fuertemente vinculado al ITDT. El primer número de la Revista de Desarrollo Económico se presentaba con un doble objetivo: ofrecer un órgano técnico de difusión de teoría económica para investigadores latinoamericanos y, simultáneamente, ser una publicación que difundiera la labor de la Junta de Planificación. [27]

La CEPAL cumplió un papel esencial en la reconfiguración del campo de los economistas no sólo por la influencia nada desdeñable que las ideas originadas allí ejercieran (reconocidas o no) sobre economistas y políticos argentinos, sino además a través de los cursos destinados a la creación de cuerpos de funcionarios técnicos estatales organizados en distintos países de América Latina. En la Argentina, estos cursos fueron dictados en la Facultad de Ciencias Económicas a fines de los 50. Muchos futuros economistas prominentes del ITDT descubrirían su vocación por la disciplina a partir de ellos.

El propósito de los cursos de CEPAL, tal como señalaba Jorge Ahumada, director de los mismos en la Argentina, era formar líderes. Se ofrecían a funcionarios del gobierno con títulos universitarios y comprendían asignaturas tales como “contabilidad social”, “teoría y programación del desarrollo” o “financiamiento del desarrollo económico”. En su discurso de clausura, Ahumada resaltó entre los logros del curso el hecho de que “ya no hay entre los participantes personas que crean que existe un conflicto entre el desarrollo de la agricultura y de la industria [...] la enfermedad de la deficiencia agrícola no se remedia con menos sino con más industrialización”. El debate planteado en términos de industria contra agricultura, que había caracterizado las discusiones económicas argentinas durante los años 30 y 40, carecía ya de sentido. El desarrollo, continuaba Ahumada, llevaría a “recuperar la fe en la capacidad de la razón para resolver nuestros problemas sociales”. [28]

La profunda transformación del campo de los saberes económicos que se inició después de la “Revolución Libertadora” y que se intensificó en la primera mitad de los años 60 es un testimonio de la confluencia entre estos procesos de transformación en el Estado, las ciencias sociales y las empresas. La referida reforma universitaria iniciada en 1956 dio lugar a la creación de espacios de producción de conocimientos, de difusión de los mismos y de consagración de especialistas. Al mismo tiempo que se establecía la licenciatura en economía en la UBA, se creaban otras semejantes en diversas universidades del interior y en las nuevas universidades privadas que proliferaron por esos años. [29] El programa de economía de la UBA estableció muy pronto contactos con universidades extranjeras y con la Fundación Ford, lo que permitió organizar un programa de becas externas para sus alumnos. [30] Lo mismo pasó con algunas universidades del interior, como la de Cuyo, que organizó un programa para el intercambio de docentes y estudiantes con la Universidad de Chicago. Por otro lado, el Estado argentino comienza a crear instituciones destinadas a la planificación económica cuyo staff estaba básicamente (aunque no exclusivamente) formado por economistas, tales como el CFI y el CONADE. Estos organismos establecieron programas de investigación conjunta con agencias internacionales en los que actuaron expertos extranjeros (sobre todo norteamericanos) vinculados al mundo académico.

El ITDT y sus fronteras: familia, empresa, academia y Estado

Entre fines de los años 50 y principios de los 60 la renovación del campo de los economistas no pasaba solamente por la gestión estatal o la universidad, sino que se fueron constituyendo otros espacios de discusión y producción de conocimientos e ideas. Esto puede verse, por ejemplo, en las publicaciones aparecidas por esos años vinculadas a temas de economía y desarrollo, tales como Desarrollo Económico, y a la que pronto se integraron antiguas publicaciones que habían dejado de existir durante el gobierno peronista (como Economic Survey), nuevas publicaciones (como El Economista), otras que se pusieron a tono con los nuevos tiempos (como El Cronista Comercial, que circulaba desde 1908) y semanarios de interés general (como Primera Plana y Confirmado), que reforzaban las relaciones entre la “modernidad” y la presencia pública de las ciencias sociales, y en particular de la economía.

Por otro lado, durante esos años comenzó a surgir una constelación de nuevas instituciones. Se trata de centros privados de investigación en ciencias sociales, y particularmente en economía, tales como el ya mencionado IDES (1960), el Instituto para el Desarrollo de Ejecutivos Argentino (IDEA, 1960) y la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL, 1964). En ese nuevo campo institucional, el lugar ocupado por el ITDT era, sin duda, original. Mientras el IDES nació ligado al gobierno de la provincia de Buenos Aires, y FIEL e IDEA estaban directamente relacionados con el mundo de las empresas, el ITDT nacía como una fundación independiente, que pretendía reproducir en la Argentina el modelo de las instituciones filantrópicas norteamericanas. Estaba ligado a una industria familiar y además se proponía intervenir no sólo en el campo de la producción de conocimiento social, sino también en la modernización de la producción cultural cultivando, con una intensidad hasta entonces desconocida en el país, la internacionalización de las ciencias sociales.

El itinerario social de un nombre

A un extranjero que visitara la Argentina a principios de la década de 1960 le habría llamado poderosamente la atención la ubicuidad del nombre Di Tella. Para movilizarse en la ciudad, seguramente lo habría hecho en un SIAM-Di Tella, como lo era una buena parte de los automóviles y casi todos los taxis que circulaban entonces. De ser invitado a un domicilio particular, habría encontrado que buena parte de los artefactos electrodomésticos eran de la misma marca. Si nuestro hipotético visitante hubiera estado interesado en el arte de vanguardia, sin duda le habrían recomendado que visitara las formidables instalaciones del Instituto Torcuato Di Tella, ubicadas en la calle Florida. Finalmente, si su interés se hubiera orientado hacia las ciencias sociales o médicas, habría terminado conectándose con las dependencias del ITDT dedicadas a estas áreas de conocimiento, pues era allí donde se desarrollaba la investigación de punta. A pesar de que la presencia del nombre Di Tella en el área de la cultura era relativamente reciente (como se dijo, el ITDT había sido creado en 1958), la empresa SIAM-Di Tella contaba con una larga tradición y ocupaba un lugar central en la industria nacional desde décadas atrás. Vale la pena detenerse en la singular trayectoria de su creador.

Nacido en Italia en 1892, Torcuato Di Tella llegó a la Argentina con su familia a los dos años de edad. [31] Luego de trabajar de cajero en una juguetería, en 1910 se asoció con sus parientes, Guido y Alfredo Allegrucci, en el establecimiento de un taller de fabricación de máquinas para amasar pan. Esta máquina fue patentada en 1911 con la marca SIAM (Sección Industrial Amasadoras Mecánicas).

Luego de una corta estadía en Italia durante la Primera Guerra Mundial, Di Tella retornó a la Argentina, donde obtuvo su título de ingeniero en la UBA, y terminó haciéndose cargo de los negocios familiares. En un momento en que el país se hallaba inmerso en una tensión entre los intereses económicos ingleses (vinculados al ferrocarril) y los estadounidenses (vinculados a la industria de automotores), Di Tella apostó a reforzar sus vínculos con estos últimos. En 1923 firmó un acuerdo con la Wayne Pump Co. para la producción de surtidores de nafta. Al mismo tiempo, desarrollaba otra estrategia que rendiría grandes frutos a lo largo de la vida de su empresa: los contratos con el Estado. Pronto obtuvo una concesión para la instalación de surtidores de gasolina en la vía pública. Poco después, Di Tella se asoció con Shell y así entró en el mundo de los grandes negocios, lo que le permitió abrir una filial de su empresa en Londres para la producción de elevadores neumáticos de automóviles. Paralelamente, establecía contactos con otras empresas norteamericanas productoras de bienes de consumo y, en 1928, inauguraba nuevas filiales en Brasil, Chile y Uruguay, convirtiendo de esta manera a su firma en una de las primeras multinacionales argentinas y probablemente latinoamericanas. Ese mismo año, Di Tella decidió cambiar el nombre de su empresa agregando su propio apellido: SIAM pasaba a ser SIAM-Di Tella y, significativamente, la referencia original de las siglas, limitada hasta entonces a las máquinas amasadoras, era sustituida por una referencia más general y de proyección internacional; SIAM quería decir, ahora, “Sociedad Industrial Americana de Maquinarias”. La compañía ya contaba en 1929 con una planta industrial en Avellaneda que empleaba a 367 obreros y 20 empleados administrativos.

El negocio de los surtidores de nafta permitió a Di Tella profundizar sus contactos comerciales con el Estado y así SIAM comenzó a desarrollar una larga relación con Yacimientos Petrolíferos Fiscales, al mismo tiempo que ampliaba sus actividades hacia otros rubros, en particular hacia el incipiente mercado de artefactos para el hogar. En 1940, SIAM era la mayor fabricante de heladeras de la Argentina, introduciendo importantes innovaciones tecnológicas a sus productos. Al mismo tiempo, la empresa comenzaba a colaborar con Fabricaciones Militares en la producción de acero.

El peronismo, con su política industrializadora y de ampliación del consumo, ofrecía nuevas oportunidades a SIAM, que Di Tella no dudó en aprovechar, a pesar de las pocas simpatías que le inspiraba el nuevo régimen. A partir de 1946 comenzó el mayor período de crecimiento de la empresa, que continuaba recibiendo créditos de bancos oficiales; al mismo tiempo, Torcuato Sozio, un sobrino de Di Tella vinculado a la empresa, era nombrado para ocupar cargos de importancia por el gobierno de Perón. También por esa época SIAM incursionaba en la fabricación de caños, otro rubro en el cual se convirtió muy pronto en un importante proveedor del Estado. Otra área en la que SIAM estableció su liderazgo fue la fabricación de vehículos. Hacia principios de los 50 Di Tella obtenía la licencia de la compañía italiana de motonetas Lambretta para la fabricación de modelos en la Argentina. Éste sería el punto de partida para la posterior fabricación de automóviles bajo licencia de Morris (Inglaterra).

Basándose en el poder económico que le otorgaba su rol de “capitán de industria”, Di Tella fue construyendo un espacio multidimensional de vínculos y actividades. De conocidas simpatías socialistas, ganó notoriedad a partir de finales de la década de 1920 entre círculos antifascistas italianos radicados en la Argentina, lo que facilitó su acceso a medios políticos y culturales liberales de Buenos Aires. Sus intereses sociales, reflejados en las políticas de bienestar puestas en práctica dentro de su propia empresa, lo llevarían a proponer un sistema de seguro social similar al inglés. [32] Por otro lado, su interés en las ciencias sociales puede reconocerse en sus colaboraciones para la Revista de Economía Argentina. En 1944 Di Tella fue nombrado profesor adjunto de organización industrial en la Facultad de Ciencias Económicas. Di Tella fue uno de los pocos patrones de industrias, con estudios universitarios completos, interesado en invertir en la producción y difusión de conocimientos. [33] Este interés se ponía de manifiesto también en su accionar gremial. Activo miembro de la Unión Industrial Argentina (UIA) desde la década de 1930, en 1941 creó el Instituto de Estudios y Conferencias Industriales de la UIA. [34]Haciendo alarde de la enorme habilidad y flexibilidad que mostró en otras áreas de su accionar, Di Tella reclutó para su instituto una larga lista de personajes notables provenientes de ámbitos universitarios, empresariales, políticos y militares, muchos de ellos simpatizantes de orientaciones ideológicas de difícil compatibilidad. Así, junto al católico Alejandro Bunge, a quien ya nos referimos más arriba, encontramos al economista izquierdista Ricardo Ortiz y a varios militares interesados en el desarrollo industrial. Por otro lado, desde sus primeros viajes a los Estados Unidos, Di Tella había mostrado un marcado interés por la tradición filantrópica de las empresas de ese país, así como también por los vínculos entre mundo empresarial y mundo cultural. Según el testimonio de su hijo, sobre el final de su vida Torcuato planeaba la creación de una fundación según el modelo norteamericano. [35]

Hacia el final del gobierno de Perón, la compañía creada por Di Tella ya era un verdadero imperio industrial. Tras su muerte, en 1947, la empresa sería manejada por un grupo de allegados y, más tarde, por su segundo hijo, Guido. Ingeniero, como su padre, Guido Di Tella obtuvo un Ph.D. en Economía en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) en 1957. Vuelto al país, fue el principal mentor del ITDT y hasta su muerte, en diciembre de 2001, sería una personalidad fuerte en la historia de las ciencias sociales y de la política en la Argentina.

La creación del ITDT (y en particular de su sección de investigaciones sociales) formaba parte de una estrategia de modernización e intervención sobre la realidad argentina llevada a cabo por los descendientes del fundador de la empresa, Torcuato Di Tella (padre). Esta estrategia se articulaba en tres áreas convergentes: una, definida por la expansión del mercado nacional de bienes de consumo materiales y simbólicos; otra, por la renovación de los saberes sobre la sociedad puesta al servicio de la planificación económica y social; y una tercera, definida por la inserción en una densa red internacional de instituciones académicas y filantrópicas.

El CIE y la modernización del campo de la economía

A mediados de los años 50 coincidían en la Universidad de Columbia, en los EE.UU., un grupo de estudiantes argentinos realizando estudios de posgrado. Entre ellos se encontraban algunos individuos que conformarían el grupo inicial del ITDT: Enrique Oteiza sería durante más de una década director ejecutivo y la figura central de la institución; Federico Herschel, el primer director del Centro de Investigaciones Económicas (CIE), y Javier Villanueva, “economista senior” y, más tarde, director del CIE. Oteiza había estudiado Ingeniería en la UBA, donde había sido compañero de Guido Di Tella. A poco de terminar sus estudios de grado viajó a Nueva York, ayudado por su hermano, que era funcionario de la ONU. Allí conoció a Villanueva, que había hecho su carrera de grado en Economía en los EE.UU. tras abandonar los estudios de Derecho en la Argentina. Ambos estudiaban en el programa de extensión de Columbia y trabajaban en la empresa General Electric. Federico Herschel, nacido en Alemania, era doctor en Ciencias Económicas por la UBA y ya había realizado estudios de posgrado en Inglaterra.

Al mismo tiempo, Guido Di Tella se encontraba estudiando en Boston, desde donde viajaba periódicamente a Nueva York a efectos de participar con los argentinos de Columbia (lo que Villanueva recuerda como “grupo Columbia”) en discusiones con otros estudiantes latinoamericanos sobre la naturaleza de la situación latinoamericana en general, y argentina en particular.[36] La presencia relativamente temprana de estos argentinos preocupados por América Latina estudiando economía en universidades prestigiosas de los Estados Unidos era, en parte, producto de una profunda transformación sufrida por el mundo académico norteamericano tras la Segunda Guerra Mundial. Las universidades norteamericanas, influenciadas por el clima de la Guerra Fría, y más adelante por el de la Alianza para el Progreso, desarrollaron un fuerte interés por Latinoamérica y rápidamente reemplazaron a los círculos culturales europeos como espacios en los cuales jóvenes intelectuales latinoamericanos descubrían los “problemas” de su región de origen. Por otro lado, y vinculado a lo anterior, a partir de la inmediata posguerra las universidades norteamericanas estaban viviendo un proceso de masificación acelerada convirtiéndose rápidamente en verdaderas “fábricas de Ph.D.”. En particular, los departamentos de Economía, en sintonía con las políticas del gobierno de los EE.UU., estaban interesados en admitir un número considerable de estudiantes latinoamericanos, a quienes se entrenaría en “buena economía” a fin de que reemplazaran a los “malos economistas” de tendencia nacionalista que proliferaban en la región. [37] Las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos se convirtieron así en espacios de contacto e internacionalización de las elites latinoamericanas.

Aparentemente fue en el marco de estos encuentros donde se originó la idea de crear un instituto de investigaciones destinado a tratar la problemática argentina y latinoamericana utilizando como modelo el de las universidades y fundaciones norteamericanas que los miembros del grupo originario conocían de primera mano, y que habían sido fuente de inspiración para los planes nunca realizados de Torcuato padre. En un principio, el ITDT consistía en tres secciones bien diferenciadas, incluso con tres sedes geográficamente distantes entre sí. Una, ubicada en una región del centro de la ciudad de Buenos Aires, que el propio Instituto contribuiría a convertir en uno de los polos de la vanguardia cultural de los años sesenta (próximo a la Facultad de Filosofía y Letras, y a la mayor concentración de cafés y librerías), pasó a albergar los centros de artes. En otra sede, ubicada en el barrio residencial de Belgrano, se ubicaban los centros de ciencias sociales. Originalmente, la sede de Belgrano sólo consistía en el Centro de Investigaciones Económicas, dirigido por Herschel primero y más tarde por Guillermo Edelberg, un ingeniero que en los años 50 había trabajado en la industria automotriz en los EE.UU. y que luego obtendría un título de posgrado en Negocios en Harvard. Una tercera sección estaba destinada a las investigaciones neurológicas. Hacia 1968, el ITDT se componía ya de nueve centros, seis en la sección de ciencias sociales y tres en la de arte.

Guido Di Tella ofreció la dirección del ITDT a Oteiza, al tiempo que contrataba a algunos economistas conocidos suyos (Herschel, Villanueva y Eduardo Zalduendo, entre otros) como investigadores del CIE. A partir de allí se conformó un patrón de reclutamiento basado en algunos factores clave. Los nuevos investigadores eran jóvenes graduados, por lo general en Ciencias Económicas, con interés en la investigación y en perfeccionarse en el exterior. Pero tan importante como esto, todos los miembros de la primera generación de investigadores habían establecido un vínculo previo con alguno de los dos hermanos Di Tella (Torcuato hijo y Guido) a través de la militancia política universitaria antiperonista. Durante el régimen de Perón, la oposición universitaria se articulaba básicamente alrededor de dos grupos: el Humanista, de tendencia democristiana, y el Reformista, de tendencia más bien liberal de izquierda. [38] Estos grupos permanecieron aliados en la oposición durante el gobierno peronista. Al caer el Peronismo, esta alianza (como tantas otras) estalló y las disputas entre ambas tendencias se tornaron irreconciliables. Los hermanos Di Tella, ambos egresados de la Facultad de Ingeniería de la UBA, habían tenido una participación activa en estos grupos: Guido en el Humanismo y Torcuato en el Reformismo. La fuerza de las redes de relaciones personales estructuradas en la vida universitaria puede percibirse en la coexistencia en el ITDT de personas de orígenes políticos que poco después serían incompatibles. Cabe destacar, sin embargo, que esta convivencia parece haber sido más fácil entre los economistas del CIE que entre los sociólogos del Centro de Investigaciones Sociales, creado poco después. Esto fue así porque los economistas fueron capaces de generar una identidad de “técnicos” que operaban mas allá de la política. Los sociólogos del Instituto estaban mucho más politizados y esto en parte impidió el diálogo y la realización de proyectos conjuntos entre miembros del CIE y del CIS. [39]

] Entre los primeros reclutados para el CIE había quienes lo fueron mientras estaban ya realizando sus estudios en el exterior, en muchos casos con becas otorgadas por el recientemente creado Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Tal fue el caso, por ejemplo, de Adolfo Canitrot, egresado de la Facultad de Ingeniería, donde había trabado amistad con Guido, a pesar de haber militado en el Reformismo. Aún antes de terminar sus estudios, Canitrot había decidido dedicarse a la economía. Tras realizar el curso de la CEPAL, obtuvo una beca del CONICET para estudiar en la Universidad de Stanford. Después del segundo año del doctorado, cuando se le notificó que su beca no sería renovada, decidió solicitar la ayuda de su ex compañero Guido Di Tella, quien le otorgó una beca del ITDT (con fondos de la Fundación Ford). Al regresar a Buenos Aires, Canitrot se incorporó al CIE. [40] En otros casos, el ITDT enviaba a jóvenes becados con el compromiso de completar el doctorado, caso contrario no serían readmitidos al Instituto.

Aunque teóricamente independiente de la empresa familiar, el ITDT dependía de una Fundación creada al efecto y mantenida bajo el control de los descendientes de Torcuato. Nominalmente estaba presidida por su viuda, pero de hecho funcionaba bajo el control de Guido. Otros miembros del consejo directivo de SIAM, tales como Guido Clutterbuck, Torcuato Sozio y Mario Robiola (además de Torcuato Di Tella hijo) también lo eran de la Fundación. Ésta fue establecida con dos objetivos. Por un lado, se trataba de mantener cierta independencia del ITDT respecto de la empresa familiar, al tiempo que se facilitaba el apoyo financiero que ésta le otorgaba. Pero, por otro lado, dado que la Fundación era la propietaria del paquete accionario de SIAM (acciones que constituían una parte sustancial del patrimonio del ITDT), la existencia de aquella aseguraba que la empresa permanecería en manos de la familia evitando, por medio de la misma operación, posibles problemas sucesorios en el futuro. El apoyo financiero inicial otorgado al ITDT proveniente de la Fundación fue rápidamente complementado por otras fuentes provenientes de organismos nacionales y extranjeros, públicos y privados, al tiempo que el Instituto expandía espectacularmente sus áreas de acción, el número de investigadores y el presupuesto.

La primera “Memoria y Balance” publicada por la institución (1960-62) informaba que el presupuesto total de la misma ascendía a poco más de m$n 71 millones, de los que la Fundación Di Tella había proporcionado aproximadamente el 70%. El resto incluía fondos provenientes de la Fundación Ford (20%) y del CIF (5,6%). Este primer presupuesto reflejaba bien el perfil singular que adquiría la institución, financiada con recursos privados tanto internos como externos, así como con recursos provenientes del gobierno nacional. También cabe destacar la creciente importancia de agencias del gobierno de los EE.UU., como la AID o el National Institute of Health, y de organismos internacionales tales como el BID como fuentes de financiamiento, tanto para proyectos específicos como para inversiones de infraestructura.

En 1963 se habían agregado dos nuevos centros: el Centro de las Artes de Expresión Audiovisual (CAV) en la sección de arte, y el Centro de Sociología Comparada (CSC, posteriormente rebautizado como Centro de Investigaciones Sociológicas, CIS) en la de ciencias sociales, aparte de una Biblioteca, un Departamento de Becas y la Editorial del Instituto. En ese año la Fundación Ford y la Fundación Di Tella habían contribuido con cifras equivalentes (aproximadamente el 30% del total de las contribuciones en ambos casos). Otra fuente importante de fondos provenía de la Fundación Rockefeller (21% del total), destinados al Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales y a la puesta en marcha del CSC. La contribución del CFI y de otras agencias estatales se había reducido a poco menos del 3,5% del total. [41] Respecto de los gastos, el CIE se llevaba casi un 40% del total, seguido por el CAV, que representaba un 21% aproximadamente. Los salarios pagados por el CIE eran sustancialmente más elevados que los de los otros centros de ciencias sociales y probablemente que los de los centros de arte.[42]

El principal objetivo del ITDT era “promover el estudio y la investigación de alto nivel, en cuanto atañe al desarrollo científico como cultural y artístico del país; sin perder de vista el contexto latinoamericano donde está ubicada la Argentina”. Sin embargo, la promoción del arte y la ciencia no eran fines en sí mismos. Lo que se proponía el ITDT era, a través de ellos, contribuir a “recuperar la confianza en las posibilidades creadoras de la comunidad”. [43] Ahora bien, si el desarrollo entendido en sentido amplio era no solamente un objetivo deseable, sino posible, y a relativamente corto plazo, había que generar motores que aceleraran el proceso. Esto implicaba, fundamentalmente, vencer las resistencias que los “usos culturales arcaicos” y la inestabilidad política propia de la región oponían al desarrollo. En efecto, a pesar de que a los ojos de los miembros del ITDT la Argentina contaba con ventajas respecto de otros países de la región en términos de capital humano y modernidad cultural, los obstáculos existentes no eran menores. [44] Según una publicación del Instituto, dentro de la realidad argentina se destacaban los siguientes aspectos: “El daño psicológico por la crisis actual; la falta de confianza en su capacidad creativa que sufre el país desde años atrás; la extrema polarización política, con su correspondiente desconfianza entre las personas; y cierta dificultad por formación y tradición cultural, para el trabajo de equipo”. [45] El ITDT se proponía precisamente superar esos obstáculos constituyéndose a sí mismo como uno de esos motores o polos de modernización que impulsarían el desarrollo por medios racionales, ubicados más allá “de los vaivenes de las crisis políticas”. [46] En la visión de la nueva elite, la política aparece constituida como el espacio de la irracionalidad que debía ser superado por los saberes técnicos.

A efectos de contrarrestar estas cargas atávicas, el ITDT debía ser una institución novedosa “por el espíritu que la anima y la manera de encarar los problemas”. Esto implicaba, en especial, una acción sobre el lenguaje: había que desprenderse “de un lenguaje viejo que no responde a nuestra realidad actual, ni mucho menos a las necesidades de nuestra evolución futura dentro de un mundo en rápido proceso de modernización creativa”. [47] Este nuevo idioma, técnico y políticamente neutro, era el de la economía y el de las ciencias sociales que la institución se proponía divulgar, echando mano de medios también novedosos, como la televisión, los audiovisuales o la publicación de documentos de trabajo. Por otra parte, la labor del ITDT estaba claramente orientada a la “modernización” del Estado. Entre los centros que se crearon a lo largo de la década del 60 estaba el Centro de Investigaciones de Administración Pública (CIAP) que, según Oteiza, constituía una posibilidad “a largo plazo de contribuir y construir un sector público que permita más adelante al país evolucionar hacia otras etapas sólo posibles en países con verdaderos Estados”. [48] O, como sostenía en otra carta, “Necesitamos (acrecentar) en nuestros países elites con capacidad creativa y con aptitudes para guiar a nuestras sociedades a través de procesos acelerados de cambios”. [49] El ITDT intentaba conservar una imagen insular respecto de la convulsionada política del país.

La actividad del ITDT estaba fundaba sobre un diagnóstico respecto de la naturaleza de la crisis argentina. Esta crisis se originaba en una asincronía entre las potencialidades reales del país y ciertos rasgos culturales en los que se manifestaba el subdesarrollo. [50] Frente a este dilema, Oteiza proponía “encarar un nuevo nacionalismo modernizante creativo y tecnocrático”, diferenciándolo del nacionalismo de tinte tradicionalista o populista por un lado, y del liberalismo doctrinario por el otro. [51] Además, el nacionalismo que proponía Oteiza estaba fuertemente teñido de latinoamericanismo. Esta singular síntesis entre nacionalismo y modernización tecnocrática, que encapsulaba los rasgos fundamentales de algunas corrientes dentro del desarrollismo, se ilustra bien en el siguiente fragmento del texto de un audiovisual destinado a publicitar las actividades del Instituto y que, significativamente, sería grabado en inglés:

No hay dificultad mayor, en los países en crecimiento, que la transformación de una estructura mental apegada a la inmovilidad, el statu quo o la pueril certeza de que todo tiempo mejor es el que ha pasado [...] Cuando los países alejados de los centros de poder político y económico mundiales, comienzan a recorrer el duro camino de su propia realización, encuentran en su mismo seno las resistencias más enconadas a un proceso de modernización que debe necesariamente abolir todo lo que haya caducado [...] En este panorama de incontenible dinamismo es necesario señalar la importancia fundamental que como factores de cambio tienen la investigación científica y tecnológica y la creación y experimentación artística, productos mayores de un determinado estadio cultural. [52]

Esta idea de modernidad que el Instituto promovía y proyectaba no estaba exenta de tensiones. La modernidad tecnocrática propuesta por Oteiza no correspondía a ciertas interpretaciones de las actividades promovidas por los centros de artes que eran vistas, por críticos pertenecientes tanto a la derecha como a la izquierda, como ejemplos de frivolidad cuando no, en el caso de los primeros, de subversión ideológica y cultural. [53] Estas tensiones, que se manifestaban también dentro del ITDT mismo entre los centros de ciencias sociales, en particular el CIE, y la sección de arte (y también, aunque en menor medida, entre el CIE y el CIS), tendrían su punto culminante cuando, tras el golpe de estado de 1966, investigadores del CIE pasaron a ocupar posiciones de importancia en la administración económica nacional, mientras el mismo gobierno al cual éstos pertenecían censuraba las actividades promovidas por los centros de artes. [54]

El ITDT también era muy cuidadoso en cuanto a la imagen que proyectaba en el espacio público nacional. Al respecto se organizó una campaña de promoción de imagen que incluía programas de radio emitidos por Radio Municipal sobre temas de actualidad, y entrevistas a investigadores. El ITDT tenía además contactos fluidos con los medios de prensa “modernos”. En 1968 se hacía llegar regularmente material informativo sobre el ITDT a 10 periodistas de Primera Plana, 8 de Confirmado, 7 dePanorama y 5 de Análisis. Por otro lado, había un seguimiento muy cercano de lo que se publicaba sobre el ITDT (particularmente sobre la controvertida sección de arte), cotrarrestándose con notas en los medios cualquier artículo periodístico que proyectara una imagen negativa o al menos no considerada adecuada.

Otra fuente de preocupaciones para los directivos del ITDT estaba relacionada al propio nombre de la institución. El hecho de que el ITDT estuviera asociado al nombre de una familia, y que al menos nominalmente fuera presidido por la viuda de quien le otorgaba el nombre a la institución, remitía a prácticas asociadas a la caridad tradicional que no eran compatibles con la imagen de “modernidad tecnocrática” que se aspiraba proyectar. Prueba de esto es la cantidad de cartas con solicitudes de ayuda recibidas por el ITDT en sus primeros años de vida, enviadas por instituciones tales como escuelas, iglesias e incluso individuos (incluyendo algún poeta ignoto de origen italiano que buscaba ayuda para viajar a Europa apelando a la “italianidad” de “Donna María”, la viuda de Di Tella), y que eran puntualmente rechazadas por Oteiza. Vinculado con lo anterior estaba también la preocupación de evitar cualquier asociación pública de la institución con la existencia de un “clan Di Tella”. [55]

A pesar de que tanto el Instituto como la Fundación estaban bajo control de la familia Di Tella, durante la primera década la figura central en el funcionamiento interno y en la gestión de su imagen externa fue Enrique Oteiza, un individuo singular entre sus colegas de profesión. Al hacerse cargo de la dirección ejecutiva del ITDT contaba con poco más de 30 años y exhibía una rara amplitud de intereses, fundada en una variedad de conocimientos artísticos y culturales. Oteiza contribuyó de manera decisiva para dar al ITDT un perfil definido. Sabía delegar, pero al mismo tiempo conservaba las riendas de la institución, pudiendo entenderse con igual soltura con artistas de vanguardia y con científicos sociales. Por otra parte, buscaba transmitir en la intensidad y en el estilo de su gestión institucional un sistema de ideas y de prácticas consagrado en los EE.UU.: el “management” (al cual se refería constantemente en inglés) construido justamente en la confluencia entre las dos áreas de su propia formación básica: la ingeniería y la economía. [56]

En este sentido, el accionar del ITDT debe ser también entendido en el contexto más amplio de la generación de mecanismos de consagración y legitimación propios del campo de las ciencias sociales internacionalizadas. El primero de estos mecanismos estaba asociado a la exigencia de títulos de posgrado en el exterior, particularmente en el caso de los economistas, de un “Ph.D.” obtenido en una universidad norteamericana, lo cual pasaba a ser requisito indispensable para ser incluido en el plantel de investigadores del ITDT. Como señalaba Oteiza en una carta a Torcuato Di Tella fechada en febrero del 68, para él (Oteiza) el “degree” (sic) “es la única forma de control de performance a distancia.”. [57] Los estudios en el exterior (particularmente en Europa) habían constituido un elemento central en la educación de las elites argentinas desde el siglo XIX. Sin embargo, estos viajes al viejo mundo habían tenido por lo general el sentido de un “baño de cultura” en el que la obtención de un título era vista, en todo caso, como algo secundario. Para las nuevas elites que el ITDT intentaba formar, el doctorado en el exterior (particularmente en los EE.UU.) era un signo de prestigio que iba más allá del contenido de los conocimientos adquiridos; constituía un emblema.

El contenido simbólico de las exigencias de títulos y la mímica de modelos norteamericanos fueron notados de manera crítica en las conclusiones de un informe de consultoría acerca del funcionamiento del CIE encargado por las autoridades del instituto al sociólogo Justino O’ Farrell. Éste decía que uno de los problemas que tenía que confrontar el CIE era el peso excesivo otorgado “al preciosismo administrativo, a la reafirmación de prestigio, el que no es nada más que un recurso, al reclutamiento de técnicos, etc. a costa de una policy (sic) de ‘colaboración’ y de ‘participación’ autodinamizante...” [58] La admiración manifiesta por los modelos americanos de eficiencia académica entraba en contradicción con un claro “antiyanquismo”, también manifiesto en la correspondencia de Oteiza. Constantemente se enfatizaba la necesidad de buscar modelos y redes alternativas en Europa. [59] La tensión entre el modelo de funcionamiento interno y la ideología que, al menos Oteiza, atribuía al ITDT no era privativa del mismo, sino que como hace ya más de dos décadas sañalara Richard Morse, constituía una de las paradojas del proceso de modernización cultural en América Latina que el ITDT parecía encarnar mejor que ninguna otra institución en la Argentina. [60]

Pero el énfasis puesto en la obtención de doctorados en los Estados Unidos tenía una dimensión adicional, ya que la inserción del ITDT en una vasta red de relaciones internacionales fue otro de los objetivos buscados desde el comienzo de manera muy activa. En este sentido, el envío de personal a realizar estudios de posgrado en el exterior servía además como mecanismo de auto-reproducción, ya que permitía afianzar los vínculos que posibilitaban obtener financiamiento para seguir enviando gente a hacer sus doctorados afuera, y para facilitar la venida de investigadores norteamericanos, lo que era ampliamente publicado en los diarios locales más importantes. Un ejemplo de cómo funcionaban estas estrategias en los años iniciales del ITDT puede verse en las instrucciones que Oteiza le enviara en octubre de 1962 a José María Dagnino Pastore, entonces estudiante en Harvard, a quien se intentaba reclutar. Al enterarse que Dagnino Pastore asistiría a una conferencia en Washington, Oteiza le envió una larga lista de personalidades con las que debía entrevistarse en nombre del Instituto a los efectos de establecer contactos, incluyendo funcionarios de diversos organismos internacionales y de fundaciones. Mientras tanto, Oteiza se involucraba fuertemente en desarrollar contactos institucionales con universidades y fundaciones, en particular la Ford Foundation, la Brookings Institution y la Rockefeller Foundation. Esta búsqueda de inserción internacional fue sumamente exitosa, al punto de que el Instituto se convirtió en un referente mayor para cualquier proyecto internacional que involucrara instituciones de América Latina. [61] A medida que la situación del ITDT en los circuitos internacionales se fue consolidando, la dirección del mismo (Oteiza en particular) se volvió más selectiva respecto de las instituciones con las que buscaba vincularse. Así, hacia mediados de los 60, Oteiza decidía que la Organización de Estados Americanos, con la que en años anteriores había intentado relacionar al ITDT, tenía por ese entonces una imagen no demasiado buena entre círculos progresistas, donde se la veía como un apéndice de la política exterior de los EE.UU. y, por lo tanto, constituía una institución de la que convenía mantenerse alejado para no perjudicar la imagen del ITDT.

El CIE y la constitución de elites estatales

Los Ph.D. que volvían de los EE.UU. pasaban a formar parte de una nueva elite no sólo académica, sino además (al menos potencialmente) estatal. Desde el principio, el Di Tella había establecido una relación estrecha con el Estado basada en contratos establecidos entre el Instituto y las nuevas agencias, tales como el CONADE y el CFI. El Estado constituía un interlocutor y al mismo tiempo un cliente del ITDT. La intensidad de esta relación era tal que, por ejemplo, la dirección de la institución consideraba natural que el ITDT se hiciera cargo de todos los proyectos vinculados a la economía, promovidos a nivel estatal y provincial. Oteiza mantenía actualizada una carpeta con la lista de proyectos oficiales en curso, indicando cuáles podían estar a cargo del CIE, y hacía notar su malestar cuando proyectos que él consideraba que debían ser asignados al centro lo eran a otras instituciones. Los Ph.D. del Di Tella constituían una elite disponible para ser incorporados al Estado en cualquier momento, y así se percibían a sí mismos. [62] Esta alianza era promovida además por el tipo de proyectos que interesaban institucionalmente al ITDT. Con muy pocas excepciones, las investigaciones llevadas a cabo en el CIE estaban vinculadas a la economía pública y la política económica.

El reclutamiento de técnicos, y especialmente de economistas, fue una característica del estado desarrollista posterior a 1956. Sin embargo, la presencia de técnicos se ampliaría y consolidaría bajo el gobierno surgido luego del golpe de estado de 1966. A pesar de que aún no ha sido realizada una investigación empírica seria sobre las transformaciones del campo estatal en ese período, parece indudable que hubo un aumento sensible en la demanda de cuadros técnicos. Entre éstos, varios de los que ocuparían posiciones centrales eran miembros del ITDT, iniciándose una dinámica que se mantendría en los años sucesivos: la alternancia de personal del Instituto entre la función pública, la pertenencia a la institución (o a otras semejantes), períodos en el exterior, en la academia o en empresas privadas.

La trayectoria de dos individuos ilustran de manera ejemplar el lugar ocupado por el ITDT en la reconfiguración del campo de los economistas en la Argentina de esos años y, en especial, los vínculos entre la adquisición de capital académico en universidades norteamericanas, la generación de vínculos con organismos internacionales, con empresas y con el Estado, y el lugar del ITDT en la creación de esa nueva elite estatal.

Alieto Guadagni se graduó en la UBA como contador público en los años 50 (antes de la creación de la licenciatura). Sin embargo, desde temprano había mostrado interés por la economía política. Por eso, durante los años 1952 y 1953, paralelamente a sus estudios universitarios, tomó cursos en la Escuela Superior de Economía, organizada por lo que luego sería la Unversidad Católica Argentina. Mientras tanto, militaba en política universitaria en la corriente Humanista, donde conoció a Guido Di Tella. Una vez completados sus estudios universitarios, Guadagni se empleó como contador en la empresa de productos alimenticios SASETRU. Poco después, en 1958, abandonaba el puesto para tomar un curso de posgrado en economía política en Santiago de Chile, a donde viajó becado por la UBA. Al retornar de Chile, Guadagni obtuvo una beca externa del CONICET, lo que le permitió inscribirse en el programa de doctorado en economía de la Universidad de California en Berkeley. Como la beca no incluía pasajes para la familia del beneficiario, acudió a Guido Di Tella, quien financió los pasajes de su esposa e hija. A partir de ese momento, Guadagni fue incorporado al ITDT, a donde ingresó formalmente luego de su retorno de los Estados Unidos en 1964.

A poco de producirse el golpe de estado de 1966, Elías Salimei, el antiguo patrón de Guadagni en SASETRU, fue nombrado ministro de economía. Pronto, el nuevo ministro convocó a Guadagni a formar parte de su equipo en un cargo de jerarquía. Guadagni, a su vez, llevó consigo a varios de sus colegas del ITDT (incluyendo a algunos que habían ocupado cargos técnicos en la administración depuesta). Esta incorporación casi masiva de investigadores del Instituto al Estado para ocupar cargos importantes en momentos en que éste estaba en manos de un gobierno militar de características dictatoriales generó agitados debates dentro de la institución. Tras acaloradas discusiones, se decidió dejar a los miembros del CIE en “libertad de acción”, para que cada cual obrara según su parecer. [63] A partir de ese momento (y hasta el día de hoy), Guadagni y otros estarían alternativamente ocupando funciones públicas de diverso grado de importancia, sin abandonar nunca del todo sus cargos de investigadores en el ITDT, al que retornaban cuando la perenne inestabilidad política argentina los forzaba a abandonar la gestión de gobierno.

Durante los años 70, Guadagni y dos ex colegas del ITDT, quienes también ocuparon cargos públicos de importancia (incluyendo el ministerio de economía), José María Dagnino Pastore y Mario Brodersohn, establecieron una consultora financiera que tenía la característica de que en cualquier momento dado alguno de los tres directores estaba ocupando cargos públicos, o bien tenía buenas posibilidades de acceder a ellos sin importar el color político del gobierno de turno. [64] El caso de Alieto Guadagni representa, pues, un buen ejemplo de cómo el ITDT se constituyó en un articulador de la circulación de los economistas entre la academia, la gestión estatal y el mundo de los negocios.

Otro ejemplo igualmente ilustrativo es el de Juan Carlos De Pablo, aunque su paso por el ITDT fue mas fugaz y periférico. Perteneciente a una generación más joven que la de Guadagni, De Pablo se convertiría a partir de los años 70 en uno de los comentaristas más conocidos sobre temas económicos en los medios. A diferencia de la mayoría de los miembros de la primera generación de investigadores del ITDT, De Pablo no era graduado de la UBA sino de la Universidad Católica Argentina (UCA), donde obtuvo el título de licenciado en economía. Allí había sido alumno de José María Dagnino Pastore, quien acababa de regresar de los Estados Unidos con un Ph.D. de Harvard y que por ese entonces se había incorporado como investigador del ITDT. A través de un compañero de estudios de UCA, De Pablo consiguió un puesto de calculista en el CONADE. Allí conoció a Julio Berlinsky y a Felipe Tami, ambos futuros investigadores del CIE. Por otro lado, su paso por el CONADE le permitió trabar conocimiento con algunos prestigiosos economistas norteamericanos que asesoraban al organismo y que luego lo recomendarían para su ingreso en Harvard.

Dagnino Pastore consiguió para De Pablo un puesto de asistente de investigación en el ITDT con la promesa implícita de que el Instituto le otorgaría una beca para realizar estudios de doctorado en los EE.UU. En 1965, Dagnino Pastore abandonaba el ITDT al ser contratado por la recientemente fundada FIEL. De Pablo acompañó a su jefe y mentor a la nueva institución, que es la que finalmente le financió sus estudios en Harvard. De vuelta al país, nuevamente acompañó a Dagnino Pastore en el Ministerio de Economía de la Provincia de Buenos Aires y luego en el de la Nación, en 1969. Allí se desempeñaba bajo las órdenes directas de otros “ditellianos”: Mario Brodersohn y Héctor Dieguez. Mientras tanto, Eduardo Zalduendo era nombrado director del CONADE. Estos pasos alternativos por la academia (De Pablo sería también docente en IDEA, en la UCA y en la UBA), el periodismo (se desempeñó en El Cronista Comercial y en otros medios periodísticos, y tendría espacios propios en la TV y en la radio), en la gestión estatal y en los negocios (su principal fuente de ingresos ha provenido de una consultora), le ha permitido generar contactos en diversos espacios y mantenerse más o menos a salvo de los vaivenes políticos, amparado en su condición de “técnico”. [65]

Conclusiones

Hacia fines de la década de 1960, el Di Tella entraba en un período de rápida decadencia. La empresa que lo sostenía entró en crisis y fue finalmente nacionalizada. El ITDT, a pesar de un subsidio importante otorgado por la Ford Foundation en 1968, debió reducir drásticamente su nivel de operaciones. Una combinación de factores, que incluía los problemas económicos mencionados, una política cultural cada vez más represiva llevada a cabo por el gobierno militar establecido en 1966 y las tranformaciones que estaba viviendo el campo de las artes en la Argentina, forzó el cierre de los Centros de Arte en 1970, mientras se achicaban los de ciencias sociales. Muchos investigadores fueron dejados cesantes y se limitó la contratación de nuevo personal. Sin embargo, el ITDT logró sobrevivir, aunque perdiendo el lugar central que se había construido en el campo de las ciencias sociales. A principios de la década de 1990, el Instituto fue relegado a una situación de marginalidad aún mayor con la creación de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). Aunque algunos investigadores “viejos” del Instituto fueron incorporados al cuerpo docente de la universidad, la mayoría de ellos fue desplazada por una nueva elite de economistas jóvenes, buena parte de ellos educados en la Universidad de Chicago y portavoces de las ideas neo-liberales. Esta nueva elite ocupaba, sin embargo, un lugar similar entre la academia, los negocios y el Estado al de aquella que venía a reemplazar. Aunque el sistema de creencias que ahora sustentaba a los economistas de la UTDT ciertamente era diferente, la continuidad de la historia del ITDT podría servir de hilo conductor para un estudio de la evolución más reciente de las relaciones entre elites intelectuales y elites estatales en la Argentina. Sin embargo, antes que abundar en estas historias más recientes, que merecerían varios artículos más, creemos mejor concluir este texto volviendo a nuestro tema central: la articulación entre la construcción de un espacio nuevo para los saberes económicos en la Argentina de los años sesenta y la aparición de una elite intelectual-estatal poseedora de conocimientos específicos que, buscando legitimarse en la autonomía de la ciencia, dependía, paradójicamente, de la existencia de pasajes entre los mundos de la gestión estatal, de la academia y de los negocios.

La imagen que tal vez mejor sintetiza la transición al nuevo mundo de la economía y de los economistas de los años sesenta tiene como principal protagonista a Raúl Prebisch y permite evocar un momento clave en la consagración de los nuevos especialistas como figuras públicas capaces de interpretar, en tanto “economistas”, los dilemas nacionales. Esta imagen se sitúa a principios de 1956, poco después de que presentara a las autoridades de la “Revolución Libertadora”, a pedido de éstas, una serie de documentos sobre el estado de la economía nacional que debían pautar la “recuperación” en el post-peronismo.

En medio de los agitados debates públicos que originó la presentación del llamado “Plan Prebisch” (algunos tuvieron lugar en auditorios universitarios, fueron reportados por medios masivos como la radio y la TV), el escritor nacionalista Rodolfo Irazusta, ofendido por unos comentarios de Prebisch desmereciendo sus críticas, lo retó a un duelo de espadas. La primera reacción del viejo profesor fue aceptar el desafío, designando formalmente a sus padrinos. Algunas semanas después, sin embargo, la posibilidad de que Prebisch participara de ese viejo ritual de la política argentina se desvaneció cuando sus padrinos divulgaron una nota en la que declaraban no creer que una disputa sobre números referentes a la balanza comercial de un país debiese ser dirimida en un duelo de espadas. [66]

En ese momento de transformaciones en la sociedad y en la cultura argentinas, la economía y los economistas ocupaban lugares ambiguos. Los avatares del debate invocan, en pequeña escala, algunas de las virtualidades de ese espacio tratadas en extenso a través de la historia del ITDT. Delinean dos momentos en las relaciones entre elites intelectuales y elites estatales en el país: de un lado, diferencias sobre el estado de la economía nacional interpretadas como cuestiones políticas (según una concepción de la política que la relaciona con el honor y con las relaciones personales); de otro lado, la imposición por parte de un grupo de especialistas de un nuevo lenguaje, marcado por la neutralidad de los números y de la ciencia. Sugieren, también, un espacio académico agudamente politizado en el que, paradójicamente, la independencia y la ciencias se tornan valores socialmente apreciados. En fin, revelan un creciente interés público por la opinión de los economistas, que se dirigen, por primera vez como tales, a grandes audiencias.

 

 

NOTAS

El presente artículo constituye el primer avance de una investigación en curso sobre la conformación del campo de las ciencias sociales en la Argentina, llevada a cabo en el marco de un proyecto colectivo dirigido por los autores y titulado “Intelectuales, política y Estado: la constitución de los saberes sobre la sociedad en la Argentina”. Por lo tanto, debe ser leído como un conjunto de hipótesis más que como un texto definitivo. Los autores desean agradecer profundamente a dos árbitros anónimos de EIAL por sus utilísimas sugerencias.

    1
    Para la noción de campo económico, ver Bourdieu, Pierre, “Le Champ Économique”, Actes de la recherche en sciences sociales 119 (1997): 48-66.
    2
    Una visión general sobre la consagración social de la economía como ciencia puede leerse en Dumont, Louis, Homo aequalis. Genèse et épanouissement de l’idéologie économique (Paris: Gallimard, 1997) y en Poovey, Mary, A History of the Modern Fact: Problems of Knowledge in the Sciences of Wealth and Society (Chicago: University of Chicago Press, 1998).
    3
    Una figura paradigmática de estos movimientos de “legitimación múltiple” es el economista estadounidense Jeffrey Sachs. Niño prodigio de la academia norteamericana, profesor de Harvard desde muy joven (ahora en Columbia), al mismo tiempo operó como asesor de gobierno en varios países, sin abandonar nunca las actividades de consultoría y los negocios privados.
    4
    El caso más claro, pero de ninguna manera el único, ha sido el de Domingo Cavallo, egresado de Harvard. Durante la última dictadura militar fue Presidente del Banco Central. Luego fue ministro de Relaciones Exteriores y de Economía durante el gobierno peronista de Carlos Menem y, finalmente, ministro de Economía durante el gobierno radical de Fernando de la Rúa. Luego del fin de su ministerio, fue contratado como profesor visitante para la escuela de negocios de la Universidad de Nueva York.
    5
    King, John, El Di Tella y el desarrollo cultural argentino de la década del sesenta (Buenos Aires: Gaglione, 1985); Longoni, Ana y Mariano Mestman, Del Di Tella a ‘Tucumán Arde’ (Buenos Aires: El Cielo por Asalto, 2000); y Giunta, Andrea, Vanguardia, internacionalismo y política (Buenos Aires: Paidós, 2001).
    6
    Algunos autores que han tratado el tema desde una perspectiva parcial son: Sigal, Silvia, Intelectuales y poder en la década del sesenta (Buenos Aires: Punto Sur, 1991) y Sarlo, Beatriz, La batalla de las ideas, 1943-1973 (Buenos Aires: Ariel, 2001). Para una perspectiva comparativa, ver Liedke Filho, Enno, “Sociology and Society in Brazil and Argentina, 1954-1985” (Tesis de doctorado, Brown University, 1991).
    7
    Ver, entre otros, Mallon, Richard y Juan Sourrouille, La política económica en una sociedad conflictiva. El caso argentino (Buenos Aires: Amorrortu, 1975); Gerchunoff, Pablo y Lucas Llach, El ciclo de la ilusión y el desencanto. Un siglo de políticas económicas argentinas (Buenos Aires: Ariel, 1998); Rapaport, Mario, Historia económica, política y social de la Argentina (Buenos Aires: Ediciones Macchi, 2000); y Escudé, Carlos, Gran Bretaña, los Estados Unidos y la declinación argentina, 1942-1949 (Buenos Aires: Editorial de Belgrano, 1983).
    8
    “National Intelligence Estimates”, en Foreign Relations, 1952-1954, Vol. IV, pp. 455 y ss. Citado en Luna, Félix, Perón y su tiempo, Vol. III, El régimen exhausto, 1953-1955 (Buenos Aires: Sudamericana, 1986), pp.166-167.
    9
    Ver, entre otros, Furtado, Celso, A fantasia organizada (Rio de Janeiro: Paz e Terra, 1984); Loureiro, Maria Rita, Os economistas no governo (Rio de Janeiro: Fundação Getúlio Vargas, 1997) y Campos, Roberto, A Lanterna na popa. Memórias (Rio de Janeiro: Topbooks, 2001).
    10
    Ver, por ejemplo, Montecinos, Verónica, “Economists in political and policy elites in Latin America”, en E.W. Coats (ed.), The post-1945 internationalisation of economics (Durham: Duke University Press, 1997).
    11
    Con el establecimiento, a partir de julio de 1955, de un convenio entre los Departamentos de Economía de la Universidad de Chicago y de la Universidad Católica de Chile, Santiago se transformaría en un escenario privilegiado de lo que entonces comenzaba a perfilarse como el debate central entre teorías y políticas económicas en el continente, oponiendo a los “estructuralistas” de la CEPAL y a los “monetaristas” identificados con Chicago. Ver Harberger, Arnold C., “Good Economics Comes to Latin America, 1955-1995”, en E.W. Coats (ed.), The post-1945, pp. 301-11. Montesinos, Verónica, Economists, Politics and the State: Chile 1958-1994 (Thela Thesis, 1998).
    12
    En realidad, la Revista de Ciencias Económicas surgió en 1913 como el órgano del Centro de Estudiantes de Ciencias Económicas de la UBA. A partir de 1920 la revista pasó a ser el órgano oficial del Centro de Estudiantes, de la Facultad y del Colegio de Contadores Públicos y Doctores en Ciencias Económicas.
    13
    Originalmente la Facultad sólo expedía los títulos de Contador Público y Doctor en Ciencias Económicas. En la década de 1920 se separa la carrera de actuario, y sólo a finales de los años 50 se separan las carreras de licenciado en economía y licenciado en administración.
    14
    Jorge Pantaleón, “La economía y las estadísticas nacionales en la Argentina (1914-1955)” (Rio de Janeiro: Museo Nacional, 2003).
    15
    Ernesto Malaccorto, estrecho colaborador de Prebisch, recordaba décadas después: “Nosotros teníamos nuestras propias ideas, votábamos por ejemplo por el socialismo, y si colaborábamos con Justo y con otros gobiernos lo hicimos a nivel de técnicos, porque creíamos que lo que estábamos haciendo estaba bien hecho. No éramos dueños de la política, pero en la medida que pudimos influirla, lo hemos hecho”. Entrevista al Dr. Ernesto Malaccorto, ITDT, Proyecto de Historia Oral.
    16
    Según Prebisch, en 1944 la Oficina de Investigaciones Económicas del Banco Central contenía más del 10% del personal de la institución. Ver Banco Central de la República Argentina, La creación del Banco Central y la experiencia monetaria argentina entre los años 1935-1943 (Buenos Aires: Banco Central, 1972), Primera Parte, Capítulo 3.
    17
    Ver, entre otros, Sikkink, Kathryn, “The Influence of Raúl Prebisch on Economic Policy-Making in Argentina, 1950-1962,” Latin American Research Review 23 (1988): 91-131.
    18
    Para un primer intento de analizar las “segundas líneas peronistas”, aunque sólo centrado en la figura de algunos ministros, ver Rein, Raanan, Populismo, peronismo y política. Argentina 1943-1955 (Buenos Aires: Editorial de Belgrano, 1998), capítulo 1. Ver también, Plotkin, Mariano, Mañana es San Perón. Propaganda, rituales políticos y educación en el régimen peronista, 1946-1955 (Buenos Aires: Ariel, 1993) y de Imaz, José Luis, Los que mandan (Buenos Aires: Eudeba, 1964), capítulo 10.
    19
    Williams, Daryle, Cultural Wars in Brazil. The First Vargas Regime, 1930-1945 (Durham: Duke University Press, 2001), 264.
    20
    Al respecto, ver Neiburg, Federico, Los intelectuales y la invención del peronismo (Buenos Aires: Alianza, 1998).
    21
    Esta elite estaba definida no tanto por la permanencia de cada uno de sus miembros en los cargos, sino por el hecho que conformaban un grupo que iba alternando en cargos semejantes.
    22
    Ver García Heras, Raúl, “La Argentina y los organismos financieros internacionales (1955-1966)”, El Trimestre Económico, LXVII, n. 268 (Oct.-Dic. 2000) y García Heras, “La Argentina y el Club de París: Comercio y pagos multilaterales con la Europa Occidental (1955-1958)”, El Trimestre Económico, LXIII, n. 252 (Oct.-Dic. 1996).
    23
    Ver Albert Hirschman, “Ideologías de desarrollo económico en América Latina”, en Hirschman (org.), Controversia sobre Latinoamérica, (Buenos Aires: Editorial del Instituto, 1963); Love, Joseph, “Economic Ideas and Ideologies in Latin America since 1930”, en L. Bethell (ed.), Ideas and Ideologies in Twentieth Century Latin America (New York: Cambridge University Press, 1996, pp. 207-234) y Sikkink, Kathryn, Ideas and Institutions. Developmentalism in Brazil and Argentina (Ithaca and London: Cornell University Press, 1991). Para el caso de Argentina, ver también Altamirano, Carlos, Bajo el signo de las masas, 1943-1973 (Buenos Aires: Ariel, 2001).
    24
    En el lapso de pocos años se crearon el CONICET, el Fondo Nacional de las Artes, el Museo de Arte Moderno y el Instituto Nacional de Salud Mental, entre otras instituciones.
    25
    Es precisamente en este contexto de finales de los años 50 cuando se crean las carreras universitarias de Antropología, Psicología, Ciencias de la Educación, Economía y Sociología.
    26
    Ver, por ejemplo: “La reforma agraria”, Discurso del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Oscar Alende, 8/03/1959, en Revista de Desarrollo Económico II (1), 2 (enero-marzo de 1959).
    27
    Revista de Desarrollo Económico I, 1 (octubre-diciembre de 1958), “Introducción”. Con el nombre Desarrollo Económico. Revista de Ciencias Sociales, la revista ha continuado saliendo ininterrumpidamente hasta el día de hoy.
    28
    “Programa de capacitación en problemas de desarrollo económico”, discurso del Dr. Jorge Ahumada el 22/12/1958 en la Facultad de Ciencias Económicas, UBA, en el acto de clausura del curso intensivo de capacitación en problemas de desarrollo económico. Reproducido en Revista de Desarrollo Económico II (1), 2 (enero-marzo 1959).
    29
    Sobre la reforma de los planes de estudio que llevaron a la creación de la carrera independiente de licenciatura en economía, ver Revista de Ciencias Económicas Serie IV, LXVI: 2 (abril-mayo de 1958), y también el número 4 de la misma revista (octubre-diciembre 1958).
    30
    Revista de Ciencias Económicas Serie IV, LI: 20 (julio-diciembre 1963): 163-4.
    31
    Sobre la trayectoria de Torcuato Di Tella y su empresa, ver: Cochrane, Thomas y Rubén Reina, Entrepreneurship in Argentine Culture. Torcuato Di Tella and SIAM (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1962) y Di Tella, Torcuato S., Torcuato Di Tella. Industria y política (Buenos Aires: Tesis, 1993). También, ver las entrevistas a Guido Clutterbuck, Torcuato Sozio y Antonio Sudiero existentes en el Archivo de Historia Oral del ITDT.
    32
    El debate originado por el plan de Di Tella puede ser seguido en las páginas de la Revista de Economía Argentina a lo largo del año 1942.
    33
    De Imaz (Los que mandan, pp. 140-41) muestra que entre los industriales más prestigiosos de la época, sólo el 37% tenía estudios superiores (en los EE.UU. esa cifra ascendía al 67%).
    34
    Curiosamente, sin embargo, Di Tella ocupó muy pocos cargos directivos dentro de la UIA y por poco tiempo.
    35
    Di Tella, Torcuato, 146.
    36
    Esta historia sobre el origen del Instituto está basada en el testimonio de Javier Villanueva. Entrevista Mariano Plotkin y Federico Neiburg, Buenos Aires, 2/11/2001.
    37
    Harberger, Arnold C., “Good Economics”.
    38
    Había también otros grupos relevantes, entre ellos los ligados al Partido Comunista.
    39
    Entrevista a Alberto Petrecolla, Federico Neiburg y Mariano Plotkin, Buenos Aires, 20/10/2001.
    40
    Entrevista a Adolfo Canitrot, Mariano Plotkin, Buenos Aires, 29/11/2001. 
    41
    Instituto Torcuato Di Tella, Memoria y Balance, 1960-62 y 1963. 
    42
    En 1968, el salario de un investigador jefe de CIE era de US$ 720 al mes, más US$ 18 por año de antigüedad. Un asistente de investigación ganaba US$ 200 al mes y la secretaria del director US$ 250. Un becario ganaba US$ 350 al mes.
    43
    Instituto Torcuato Di Tella, Memoria y Balance 1960-1962, p. 2. 
    44
    La imagen de Argentina como país latinoamericano y al mismo tiempo diferente del resto de la región era un componente esencial del “imaginario del Di Tella”. En un documento interno del CIE, se lee: “Argentina como país líder en el plano cultural latinoamericano tiene la obligación de crear standards elevados para la labor intelectual, contribuyendo así a elevar la capacidad pensante de la región”. “Anteproyecto de normas que regirán las relaciones de los centros asociados con el ITDT”, 31 de enero de 1967, Archivo ITDT. Es necesario decir que buena parte de la investigación realizada para este artículo se basa en el examen de las cajas que forman el Archivo ITDT, depositado en la biblioteca de la Universidad Torcuato Di Tella. Esas cajas no tienen número o identificación de ninguna clase.
    45
    Instituto Torcuato Di Tella, Memoria y Balance correspondiente a los años 1960-62, p. 2.
    46
    Ibíd, p. 1. 
    47
    Instituto Torcuato Di Tella, Memoria y Balance correspondiente al año 1963.
    48
    Carta de Oteiza a Torcuato Di Tella, 12/2/1968, subrayado en el original. Archivo ITDT.
    49
    Carta de Oteiza a Aníbal Barreto, 10/12/1965. Archivo ITDT. 
    50
    Este diagnóstico, que tenía como palabra clave “asincronía”, compartía las líneas generales que, desde el Instituto de Sociología de la UBA, proponía Gino Germani. Vale recordar que el propio Germani mantenía una influencia constante en la planificación de las actividades del Centro de Sociología Comparada del ITDT, incorporándose formalmente al mismo durante algún tiempo.
    51
    Decía Oteiza: “Resulta en la práctica casi imposible no entrar en conflicto con el nacionalismo tradicional. Evidentemente, nuestra posición que es en realidad más popular, ya que aceptaríamos con entusiasmo cualquier gobierno salido de mayoría auténtica, molesta a un nacionalismo que en realidad es conservador y aristocratizante…” Carta de Oteiza a Torcuato Di Tella, 11/6/1968. Archivo ITDT.
    52
    Archivo ITDT.
    53
    Para una visión desde la izquierda, véase la película “La Hora de los Hornos” de Fernando “Pino” Solanas. La reacción desde la derecha se materializó en forma de censura a algunas exhibiciones del ITDT. Oteiza fue procesado por el contenido de una de ellas.
    54
    Algunos economistas temían que, a causa de las actividades de los centros de arte, el gobierno cerrara todo el ITDT. Entrevista a Mario Brodersohn, Mariano Plotkin y Federico Neiburg, Buenos Aires, 30/11/2001.
    55
    Cuando en 1963 la revista Todo publicó un artículo sobre el ITDT en el que se hablaba del “Clan Di Tella”, ocupándose de las relaciones entre el ITDT y la empresa familiar, una nota sin firma (probablemente escrita por Guido Di Tella) le llamaba muy seriamente la atención a Oteiza sobre esta cuestión, ordenando que se iniciara una campaña de prensa en revistas como Primera Plana para contrarrestar esa imagen indeseada. Archivo ITDT.
    56
    Una buena ilustración de la forma en que Oteiza buscaba imponer ese estilo institucional puede leerse en un fragmento de una carta dirigida a la secretaria de la Editorial del Instituto, el 23/1/67: “[…] Conceptualmente es útil que dividamos los problemas de la Editorial en problemas de producción, comercialización y económico financieros. El buen desenvolvimiento de estas tres áreas requiere por parte suya fundamentalmente tareas de ‘management’: o sea, supone que lo más importante será que Ud. pueda planear, coordinar, dirigir y controlar las actividades [...] Finalmente, he llegado a la conclusión de que dada la magnitud de la Editorial debo enviarla a algún curso de management, adecuado por su nivel y contenido, a las necesidades de la Editorial [...] Ya no sirven más los métodos intuitivos que antes podían ser suficientes [...]”. Archivo ITDT.
    57
    Carta de Oteiza a Torcuato Di Tella, 20/2/68. Archivo ITDT. 
    58
    O’Farrell, Justino, “Perfil de análisis del Centro de Investigaciones Económicas del Instituto Di Tella”, mimeo s/f, Archivo ITDT. Vale la pena notar que el texto está poblado de anotaciones manuscritas de Oteiza resaltando la importancia de diversos puntos. Por otro lado, el hecho mismo de haber encargado la consultoría puede ser visto como parte del sistema de prestigio con el que los directivos buscaban impregnar a la institución.
    59
    En una carta dirigida al sociólogo e historiador Oscar Cornblit (entonces en Oxford), fechada el 22 de abril de 1968, por ejemplo, Oteiza expresa entre otros conceptos: “Creo que lo que allí está pasando es muy útil, en primer lugar para Estados Unidos mismo, para ayudar a disipar algo del terrible fariseísmo que siempre ha existido allí, y que los hacía negar la existencia de problemas para todos nosotros claros como el sol. En segundo lugar va a ser útil, me parece, para países como el nuestro, ya que al deteriorarse la existencia de la imagen de “heaven” que existía años atrás respecto a USA y al Uruguay, por ejemplo, puede ser que nos dediquemos más a tratar de solucionar nuestros propios problemas sin el fácil escape del ‘raje’”. Archivo ITDT.
    60
    Importa destacar que en 1966, por ejemplo, de 20 publicaciones del CIE, 16 son en inglés.
    61
    Tal como señalaba Oteiza a un funcionario de la Ford en 1968, “ pareciera que las instituciones americanas que solicitan apoyo de las fundaciones consideran un activo el ser capaces de decir que alguna institución latinoamericana está participando en sus proyectos”. Este ambiente favorecía no sólo el envío de investigadores y estudiantes al exterior, sino la recepción de un número considerable de investigadores extranjeros y doctorandos de universidades norteamericanas.
    62
    “El Di Tella recibía una cantidad de proyectos que le enviaban los cuerpos del gobierno. En el gobierno, si uno armaba un proyecto decía: ‘¿Quién lo puede hacer? Llamémoslo al Di Tella’. Era inevitable”. Entrevista Canitrot citada. Otros investigadores del ITDT expusieron opiniones semejantes.
    63
    Enrique Oteiza recuerda que los sociólogos eran los más reacios a la incorporación al Estado de investigadores. Cuando cuestionaron a los economistas por su actitud, éstos respondieron que aceptaban los cargos “porque nosotros conocemos algo que ustedes no conocen, que es la diferencia entre la demanda efectiva y una demanda teórica. Cuando ustedes tengan una demanda efectiva y digan que no, bueno, ahí hablamos”. Entrevista a Enrique Oteiza, Mariano Plotkin, Buenos Aires, 9/11/2001.
    64
    Información obtenida a través de entrevista a Alieto Guadagni, Mariano Plotkin, Buenos Aires, 24/10/2001.
    65
    Ver De Pablo, Juan Carlos, Apuntes a mitad de camino. Economía sin corbata (Buenos Aires: Macchi, 1995).
    66
    Los padrinos designados por Prebisch fueron Eustaquio Méndez Delfino y Julio H. Silva. Ver Delgado, “Historia del Plan Prebisch”, Primera Plana, 253:36.




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